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    El “alfabetismo moral”

    Sr. Director:

    Sobre la moral, los valores y las virtudes; cómo transmitirlos. Son muchos los pensadores que han difundido sus ideas y pensamientos al respecto. Por citar algunos, los fundadores de las religiones y la filosofía, Zoroastro, Buda, Abraham, Moisés, Sócrates, Platón, Aristóteles, Jesús, Pitágoras, Tales de Mileto y muchos otros que vendrán a vuestra memoria.

    Todos ellos, implícita o explícitamente, reconocieron que el motor impulsor de nuestras acciones son las emociones, si bien apelaban a la razón para defender sus teorías.

    Hoy día la ciencia viene ocupándose de eso, las emociones, poco a poco y gracias a investigadores como Joseph LeDoux y Daniel Goleman, entre muchos más que han ido levantando el velo que cubría nuestro conocimiento, desarrollando teorías que explican mejor las cosas y sumados a otros investigadores que como Richard Dawkins, Daniel Dennett y Steven Pinker, profundizan el estudio de materias tan escurridizas como la conciencia y la mente, podemos afirmar la falsedad de la creencia de que el humano es un animal racional y sustituirla por la más certera de que el humano es un ser emocional con la capacidad de racionalizar. Agregando que para utilizar esa capacidad es necesario un enorme esfuerzo para controlar nuestros prejuicios y emociones.

    Lo bueno de los avances tecnológicos es la enorme facilidad de poder acceder no solo a los textos de estos científicos, sino que a través de YouTube podemos ver y escuchar sus ponencias.

    Lo que sigue fue elaborado impulsado por la lectura de El libro de las virtudes, de William J. Bennett, Ed. Vergara, 1995.

    Yo creo, saber no sé nada, que la educación moral, la formación del corazón, el alma y la mente, para inclinarlas hacia el bien, supone muchas cosas. Supone normas y preceptos, los derechos y obligaciones de la vida comunitaria, además de instrucciones, exhortaciones y prácticas explícitas. La educación moral debe brindar formación en buenas costumbres. Aristóteles escribió que la educación debe afirmar la importancia central del ejemplo moral. Se ha dicho infinidad de veces que nada es tan influyente ni determinante en la vida del niño como el poder moral de un ejemplo silencioso. Para que los niños se tomen la moralidad en serio deben estar en presencia de adultos que se tomen la moralidad en serio (con sus acciones, no con sus discursos) y deben ver con sus propios ojos que los adultos se toman la moralidad en serio.

    Junto con el precepto, el hábito y el ejemplo, existe también la necesidad de lo que podríamos llamar “alfabetismo moral”. ¿Cómo se adquiere? Las fábulas, poemas, ensayos, cuentos infantiles, libros y otros escritos son de una insustituible necesidad para lograr que los niños adquieran herramientas para que no sean analfabetos morales.

    Si deseamos que nuestros hijos posean los rasgos de carácter que más admiramos, debemos enseñarles cuáles son esos rasgos y por qué los admiramos y merecen nuestro compromiso. Los niños deben aprender a identificar la forma y el contenido de esos rasgos. Deben alcanzar al menos un nivel básico de alfabetismo moral que los capacite para interpretar lo que ven en la vida y les ayude a vivirla bien.

    Ahora bien, pienso que en los últimos años se ha venido desdibujando de nuestra conciencia esta necesidad, no solo en el hogar sino que también en la escuela, debido a que fue sustituida por otras discusiones implantadas consciente o inconscientemente, como la guerra, la ecología, el aborto, la libertad sexual, los derechos humanos e infinidad de otros temas de actualidad. Hablen con sus hijos y podrán hacer vuestra propia lista. Yo no estoy diciendo que esos temas no son importantes, pero muchos coincidirán conmigo en que primero es lo primero.

    Lo cierto es que la formación del carácter de los jóvenes es, educativamente hablando, una tarea anterior al debate de las grandes y arduas controversias de la actualidad. Primero lo primero y lo primero es sembrar en los niños y jóvenes las ideas de virtud y bondad. En la vida moral como en la vida misma, solo podemos dar un paso por vez. Cada campo tiene sus complejidades y diferencias de opinión; lo mismo ocurre con la ética. Y cada campo tiene sus elementos básicos. Y lo mismo ocurre con los valores.

    La moral y los valores de un país son generalmente compartidos por la mayoría de sus habitantes independientemente de a quién voten o qué religión profesen y la continuidad en el tiempo de esos valores depende de su enseñanza a tiempo. Los problemas espinosos o sobre los cuales hay controversias en la sociedad se pueden encarar más tarde, si así lo desean padres y maestros. Creo que no puede haber dudas de que una persona moralmente alfabeta estará infinitamente mejor equipada que un analfabeto moral para llegar a una posición razonada y éticamente defendible en esos difíciles problemas. Pero insisto: la formación del carácter y la enseñanza del alfabetismo moral es lo primero en los años de la infancia; los temas difíciles llegan después, ya en el liceo o más tarde en la universidad. Es lo tantas veces repetido de no poner la carreta delante de los bueyes.

    Pero como hoy sabemos que la moral y los valores no vienen impresos en el código genético, los niños no nacen en posesión de esos conocimientos; necesitan aprender qué son estas virtudes. Podemos ayudarles a comprender y valorar estos rasgos dándoles material de lectura sobre ellos. Podemos invitar a nuestros alumnos a discernir la dimensión moral de las fábulas, los hechos históricos, las vidas ilustres. Existen muchas y maravillosas historias sobre el vicio y la virtud con las cuales nuestros niños deberían estar familiarizados.

    Primero: estas historias, cuentos y leyendas, a diferencia de los cursos sobre “razonamiento moral”, facilitan a los niños puntos de referencia específicos. La literatura y la historia constituyen un rico filón de alfabetismo moral y deberíamos explotarlo. Los niños deberían tener siempre a su alcance ejemplos que ilustren lo que consideramos correcto o incorrecto, bueno o malo, ejemplos que ilustren que en la mayoría de los casos es posible discernir lo moral de lo inmoral.

    Segundo: en mi experiencia de más de 48 años de librero puedo afirmar que estos cuentos son fascinantes para los niños, son insuperables cuando se trata de captar la atención de un niño. En los últimos años ni la televisión ni los otros medios han producido nada que supere a un buen cuento que comience por “Érase una vez…”.

    Tercero y último por ahora: esos cuentos que todos conocemos ayudan a nuestros niños a anclarlos en nuestra cultura, su historia y sus tradiciones. Las amarras y anclas son útiles en la vida y las anclas y amarras morales jamás han sido más necesarias que hoy.

    Guillermo Asi Méndez

    CI.1.064.746-4