N° 1678 - 06 al 12 de Setiembre de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPostulaba Walt Whitman que los vencidos también merecen himnos, que tan meritorio como ganar una batalla es perderla. Con los libros ocurre algo análogo; los hay que resplandecen y reclaman con justicia un albergue en nuestra memoria. También están aquellos que nunca debieron haber nacido, hijos de la imprudencia, del oportunismo o de la vanidad que las más de las veces distraen o intoxican la atención del público. A este envilecido linaje pertenece la entretenida novela de Christopher Reich “Fugitivo”, ambientada en Alemania hacia la primavera de 1945.
Se trata de una novela de corte policial en la que el protagonista, un mayor del Ejército de Estados Unidos, persigue los pasos del asesino de su hermano (un sacerdote jesuita norteamericano). El villano, inevitablemente, es un destacado oficial de las Waffen-SS, titular de todas las perversidades que resultan obligatorias en las obras de estas características, cuya secreta misión consiste en perpetrar un atentado en la Conferencia de Potsdam. Participan del complicado juego político-policial el general Patton, el criminal nazi Klaus Barbie, el presidente Harry Truman, varios cartones de cigarrillos Lucky Strike, el boogie boogie, los barones del mercado negro de medicamentos y gasolina y unos horripilantes agentes de la NKVD soviética. No falta, como nunca falta en este tipo de productos infames al cabo de las últimas décadas, alguna mujer deliciosa que tiene cuentas sensuales pendientes con los principales actores de la trama.
No es mi intención defender o atacar este libro; me falta tiempo y convicción para una tarea que considero inútil, pues hay miles de títulos que ostentan iguales o peores notas en lo que creo es una característica irremediable de la narrativa barata contemporánea, y nada de lo que diga aquí o en cualquier otra parte podrá modificar el comercio de mercancías insulsas o directamente idiotas. Lo que quiero hacer es agradecerle a esta obra que me haya llevado a un libro que sí merece mi atención y mi admiración, a saber “Alemania 1945. De la guerra a la paz”, de Richard Bessel, que es una muy buena historia sobre cómo fue la vida cotidiana al otro día de la derrota en una nación que había alcanzado cotas de desarrollo asombrosas y que ahora se encontraba sumida en el dolor, en la miseria, en la vergüenza, en los escombros y en el hambre.
Hacía meses que tenía el libro y confieso que me faltaba entusiasmo para abordarlo; el tema de la II Guerra y su resolución no se encontraban entre mis prioridades de esta época. Pero al tratar con la mala novela enseguida recordé que el obediente libro me estaba esperando y pude así ingresar en uno de los relatos más informados, más certeros, más imparciales y estremecedores de los muchos que he leído sobre la situación de la posguerra en Alemania. Según el autor, “en 1945 los alemanes fueron transformados de protagonistas activos en observadores pasivos de su destino. Personas que se habían acostumbrado a gobernar a otras se veían de súbito impotentes y sometidas al dominio de potencias extranjeras. La ocupación y administración de Alemania por los aliados, que arrebató las decisiones importantes de manos germanas, fueron cruciales para el extraordinario desplazamiento en las mentalidades alemanas que se produjo en 1945. (…) La violencia y la agitación de los últimos meses de la guerra y los primeros de la ocupación dejaron a los alemanes desorientados también en otros aspectos. Los puntos fijos en la vida de millones de personas habían sido arrasados, tanto física como emocionalmente. En total, unos 26 millones de alemanes habían perdido su hogar, fuese por los bombardeos, la huida o la expulsión. Quienes todavía tenían casa a menudo debían soportar un grave hacinamiento y habitar edificios que en muchos casos presentaban daños peligrosos. Eso significaba algo más que la pérdida de un entorno físico, con todos los problemas prácticos que ello conllevaba; también suponía la pérdida de puntos de referencia familiares: comunidad, redes sociales y culturales”.
Al cabo de la lectura no cuesta mucho entender por qué Alemania renació, por qué Europa se repuso del horror y de las innúmeras pérdidas, y por qué, en cambio, otras naciones fenecen todos los días un poco, sin darse cuenta, sin que les duela. Allí el trabajo sobrepujó al dolor; no hubo espacio para los lamentos ni para las quejas; solamente para el esfuerzo, para la dignidad, para la esperanza defendida con las manos. Bessel muestra con un discurso veraz y con cifras incontestables esta verdad que repugna a los demagogos.