Nº 2079 - 9 al 15 de Julio de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáGustavo Castro amanece muerto de frío en una vereda del Centro de la capital del país. ¿Qué hacen los políticos? Pasarse el muerto unos a otros, con gesto compungido y cara de circunstancia. Es probable que la mayoría de ellos se sintiera realmente mal de alguna manera u otra, pero de allí a reconocer algo de responsabilidad, siempre media un abismo. En este país no renuncia nadie si no lo viene a buscar la Republicana. Y a veces ni eso alcanza.
¿Qué es lo peor de eso? Que a una parte de esos políticos ni se les ocurre que ese muerto sea un problema de Estado y que seguramente no tengan mucha idea de lo que es una política de Estado ¿Por qué? Porque muchos de ellos 1) no tienen una visión compleja de ese Estado y sus tareas, ya que como miembros de una organización establecida en el tiempo su prioridad es la supervivencia del partido que los llevó hasta ahí; 2) no entienden al Estado como otra cosa que un lugar al que uno llega, se instala y luego usa para mejorar la vida propia y la de aquellos que son cercanos, en el partido o en la familia, tanto tiempo como se pueda; y 3) les resulta mucho más rentable (es decir, mejora sus posibilidades de mantener la poltrona) pasar el fardo a otro, al que estuvo antes o al que vino después.
¿Por qué? Porque la ciudadanía constantemente premia esas actitudes. ¿Cómo lo hace? Asumiendo la lógica de las pedradas entre partidos como propia y colocando la necesidad de igualdad entre ciudadanos atrás en su lista de la compra. ¿Qué compra en vez de eso? Lo que sea que le indiquen los partidos en ese momento. El nivel de alineamiento de los ciudadanos de este país detrás de las consignas partidarias sería un chiste si no fuera porque muchas veces complica la posibilidad de resolver algunos de nuestros problemas más serios. Una política de Estado no es un eslogan en la fachada de un ministerio sino una necesidad asumida colectivamente, gobierne quien gobierne.
¿De qué sirve poner el grito en el cielo e indignarse cuando el sistema falla, si no somos capaces de exigir a aquellos que pusimos a cargo del asunto con nuestro voto? De cada 50 tipos que comentaron la muerte de Gustavo Castro, que tenía 31 años y exactamente el mismo derecho a la vida que vos y que yo, 23 se dedicaron a putear al Frente Amplio, recordando que en cada uno de sus gobiernos también murió gente de frío. Otros 23 se dedicaron a putear al gobierno, recordando que los muertos de frío de este año son más importantes que los de los otros años porque ahora gobiernan los malos. Otros tres hicieron real el sueño de cualquier populista y dijeron: “Todos son iguales”. Y uno dijo: “Si todos los años muere gente de frío en estas fechas y se supone que tenemos un plan para que no mueran, hay algo que falla siempre, no importa quien gobierne. Entonces el problema debe ser resuelto en otro nivel, en el de las políticas de Estado”. Ese último quedó solo.
Mientras seamos pocos los que pensemos que la protección de los más débiles e indefensos debe ser una política de Estado, es probable que los Gustavo Castro de este país sigan muriendo de frío. Mientras la ciudadanía siga escondida detrás de la patética coartada partidaria (“ustedes lo hicieron peor”, “ustedes vienen a matarnos”) los Gustavo Castro seguirán tirados en una esquina helada del Centro, recordándonos qué clase de sociedad estamos eligiendo. Recordándonos que ponemos nuestra fidelidad partidaria por encima de cualquier intento serio y consecuente de afirmar los mínimos dispositivos de supervivencia a quienes están más jodidos.
Un abogado conocido mío siempre habla de la “inflación parlamentaria” que a su juicio sufre el país: cada vez que no se sabe bien qué hacer con un asunto, se promueve una ley, se vota y se la deja ahí, criando telarañas mientras se vuelve reglamento y luego, quizá, si hay suerte en el futuro, un dispositivo real. Convencidos de que si tenemos leyes sociales y un ministerio específico, ya protegimos a los Gustavo Castro. Pero no basta: la red que sostiene a los más frágiles tiene que ser lo último que se rompa, no el elemento que falle y los arroje al vacío. Esa defensa mínima que protege algo tan básico como la vida, no puede depender ni de vaivenes ideológicos ni de la falta de cuadros de un gobierno. Justamente porque no es un problema de partidos ni de gobiernos sino un asunto de Estado.
Un caso es un error; dos, también. Cuando tenés casos cada año, tenés un problema endémico. Es verdad, hace no tantos años no había ni siquiera refugios ni existían los equipos técnicos que bajan al barro y vuelven real esa tarea que indica la ley. Es verdad, desde su creación Uruguay no ha dejado de mejorar (con idas y venidas) su Estado de bienestar, que pese a eso sigue siendo relativamente magro. Muertes como la de Gustavo Castro muestran que hace falta más. Y, sobre todo, mejor.
“Dolor y responsabilidad. Eso es lo que sentimos ante la muerte de una persona a la cual no se le dio contención. Lamentamos profundamente esta situación. Nos comprometimos a no dar un uruguayo por perdido y ese seguirá siendo nuestro esfuerzo y dedicación”, dijo en Twitter el presidente Luis Lacalle Pou. “No cumplimos lo esencial, que era atender a esta persona”, dijo el ministro Pablo Bartol, quien se reconoció preocupado por el “fallo de coordinación” que llevó a esa muerte.
Sin embargo, el comentario de su vice, Armando Castaingdebat, de que el Sistema Nacional de Cuidados “es un muy buen programa de países ricos y hay que adaptarlo a la realidad del país”, no parece ir en la dirección de esa preocupación y apenas logra esconder la intención de recorte. Cuando un gobierno quiere sacar pecho por un buen programa dice: “Tenemos un programa del primer mundo”, algo lindo y deseable. Cuando viene con la podadora, el programa pasa a ser de “países ricos”, inviable para nuestros pobres recursos. Ahora, si de cortar se trata, se me ocurre una docena de lugares en donde si alguien tala un par de ramas del baobab estatal, nadie se muere. En estas zonas del Estado, sí.
En el trato que un país dispensa a sus ciudadanos más débiles se resume la clase de sociedad que se desea y que efectivamente se construye. No la que soñamos, la que realmente hacemos. Si tenés que cortar de algún lado, que no sea ahí donde la gente se queda sin red, cae y muere. Siendo vice de un ministerio al que todos los años se le muere alguien que no debería, es aconsejable dejar de lado los dogmas ideológicos y trabajar a partir de la evidencia. Y hacerlo teniendo muy presente el carácter social del Estado uruguayo, que es nuestra marca país y una de las razones de nuestro buen desempeño en la pandemia. Ser serios, pensar más allá de los próximos cinco años y hacer todo lo que esté al alcance para que no muera nadie más por fallos evitables del sistema. Esa es la definición mínima aceptable de desarrollo y nos sigue quedando lejos.