Hay una escena que se repite frente al arte contemporáneo: alguien mira una obra, frunce el ceño y dice “no entiendo nada”. Para Mariana Valdés y María José Ambrois, fundadoras de arteYeducación, ahí no hay un problema. Hay un comienzo.
¿Qué pasa cuando dejamos de buscar la respuesta correcta? Para Mariana Valdés y María José Ambrois puede suceder algo bastante más interesante: aprender a mirar, relacionar ideas, tolerar la incertidumbre y pensar de otra manera; desde arteYeducación llevan esa lógica del arte contemporáneo a escuelas, museos y espacios de formación
Hay una escena que se repite frente al arte contemporáneo: alguien mira una obra, frunce el ceño y dice “no entiendo nada”. Para Mariana Valdés y María José Ambrois, fundadoras de arteYeducación, ahí no hay un problema. Hay un comienzo.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSe conocieron trabajando en Artes Visuales, en el Bachillerato Internacional. En 2017 descubrieron que, mientras estudiantes de otras partes del mundo trabajaban con artistas contemporáneos y temas de actualidad, los hispanohablantes volvían una y otra vez a los mismos nombres: Torres García, Van Gogh, Picasso. No porque hubiera que olvidarlos. Faltaban otros.

De ahí nació arteYeducación. Primero fue una página web. Después llegaron las capacitaciones para docentes, educadores de museos, centros culturales y personas curiosas interesadas. Pero el currículum no explica demasiado bien lo que hacen. La pregunta es otra: ¿qué puede aprender la educación del arte contemporáneo?
Tal vez, entre otras cosas, a no tenerle tanto miedo al error. A mirar antes de juzgar. A aceptar que una pregunta puede ser más interesante que una respuesta. Y que no saber, a veces, no es estar perdido.
Eso es lo que Mariana Valdés, profesora de artes visuales, y María José Ambrois, artista plástica y docente, vienen explorando desde arteYeducación, una asociación cuyo objetivo es promover el arte contemporáneo como herramienta educativa. O dicho de otra manera: transformar la educación a través del arte contemporáneo ajustándolo a a las necesidades del siglo XXI. En tiempos en que una máquina puede responder casi cualquier cosa en segundos, aprender a preguntar, sostener la incertidumbre y convivir con el no saber ya no parece una rareza: parece una habilidad necesaria.
¿Qué puede hacer el arte por la educación?
María José Ambrois: Para explicar eso hay que revisar primero qué entendemos por arte. La mayoría tenemos muy incorporada una idea que viene del siglo XIX o antes: la del artista como un genio que trabaja solo en su taller, que tiene todo el conocimiento dentro de sí y después alguien lo descubre. También está la idea de que el arte tiene que ser bello, original, técnicamente bueno, o que es algo inútil, que está ahí simplemente para contemplarlo.
Mariana Valdés: Y ahí hay un paralelismo con la educación. Durante mucho tiempo también tuvimos la idea del maestro que sabía todo y de los alumnos que tenían que estar callados escuchando.
¿Y qué pasó con el arte contemporáneo?
M.J.A.: Cambió ese mapa. Seguimos tratando de mirarlo con las mismas herramientas con las que aprendimos a mirar el arte del pasado, pero ya no funcionan de la misma manera. El arte contemporáneo tiene que ver con lo que nos está pasando ahora. Hace preguntas, trabaja con temas complejos y muchas veces importa más el proceso que el resultado. También cuestiona la idea de que el arte tiene que ser un objeto. Puede ser una experiencia, algo que sucede y después desaparece, una intervención.
Cuando ante una obra de arte contemporáneo alguien reacciona con un “no entiendo nada”, ¿qué le dicen?
M.V.: No te vayas por el “no entiendo”, no te frustres. Quedate. Sostené la incertidumbre.
M.J.A.: Y eso no es tan fácil. Llegás a un museo con todas esas ideas que tenemos incorporadas sobre qué es el arte y, de repente, aparece algo que no sabés cómo leer. Entonces, en vez de decir “no entiendo nada”, podés preguntarte: “Bueno, ¿qué está pasando acá?”. ¿Con qué lo relacionás? ¿Qué te hace pensar? ¿Qué te hace sentir?
M.V.: También podemos entrar por lo emocional. A mí me pasaba con mis estudiantes que primero les preguntaba cuál era la obra que más les había gustado. Después empecé a preguntarles cuál era la que menos les había gustado y por qué. Y aparecían respuestas como: “No entendí”, “esto lo hace mi abuela”, “esto lo puedo hacer yo”. Y desde ahí empezábamos a trabajar.
M.J.A.: Porque ahí aparece algo para trabajar. No se trata de decirle a alguien “no, estás equivocado”. Al contrario: “¿Por qué te genera eso?, ¿qué estás viendo?, ¿con qué lo estás comparando?”. Desde ahí empieza la conversación.
¿Y entonces no hace falta saber qué quiso decir el artista?
M.J.A.: No necesariamente. Puede haber distintas interpretaciones, y está bien. Cada persona llega con su propia historia, y eso importa. Eso no quiere decir que todo dé lo mismo: la obra tiene una intención y un contexto. Pero una obra puede generar distintas interpretaciones y seguir teniendo relación con lo que el artista quiso comunicar. Antes, muchas obras funcionaban como códigos que había que descifrar. En Las meninas, por ejemplo, había una explicación para cada cosa: esto representa esto, aquello representa aquello. Había un código que había que conocer. Hoy la metáfora puede quedar más abierta. Puede generar ideas nuevas, preguntas y otros significados. Y ahí está parte de la riqueza: en lo que pasa entre la obra y quien la mira.
¿Y cuánto importa conocer el contexto?
M.J.A.: Importa. Una cosa no quita la otra. Primero puede aparecer lo que la obra te genera, pero después también está bueno conocer de dónde viene, qué estaba pasando cuando se hizo, qué quería trabajar el artista.
M.V.: A veces la obra te llega antes de que sepas nada. Hay algo que te genera una sensación, aunque no sepas exactamente qué estás viendo. Y después, cuando conocés la historia, se empiezan a sumar otras cosas. Hay una obra sobre los desaparecidos en Colombia que usamos mucho. Son zapatos que pertenecieron a personas desaparecidas y están cubiertos con piel cosida a mano. Al verlos, quizás no sabés qué historia tienen, pero hay algo que te pasa: ves una ausencia, alguien que falta. Después conocés la historia y la obra crece. Pero esa primera sensación también importa.
M.J.A.: La obra también comunica en otros niveles. No necesariamente tenés que saber toda la historia para que algo te llegue.
¿Se puede aprender a mirar de otra manera?
M.J.A.: Sí. Una parte importante de lo que proponemos es aprender a mirar imágenes. Vivimos rodeados de imágenes y, si no aprendemos a leerlas, es muy fácil que nos lleven de las narices.
M.V.: Y también trabajamos mucho sobre la propia mirada. Porque la mirada no es neutral. Vos mirás de una manera y yo de otra, porque cada una llega con su historia, con lo que sabe, con lo que vivió.
M.J.A.: Ahí aparece algo que para nosotras es muy importante: desaprender. No solamente la idea que tenemos de qué es el arte, sino también la forma en que aprendimos a mirar. Miramos llenos de reglas y de ideas que fuimos incorporando sin darnos cuenta. Entonces también se trata de cuestionarlas y aceptar que hay otras maneras de ver.
M.V.: Se puede ejercitar. Es como un músculo. Cuanto más mirás, más posibilidades encontrás.
M.J.A.: Y también es importante aprender a escuchar otras miradas. Porque, si yo veo una cosa y vos ves otra, no necesariamente una está equivocada. Podemos preguntarnos por qué estamos viendo cosas diferentes.
¿Qué tiene que ver todo esto con la educación de hoy?
M.V.: Tiene muchísimo que ver. Hoy el contenido que damos los profesores está al alcance de cualquiera. Entonces la pregunta es qué queremos que aprendan los chicos a hacer. Para nosotras, aprender a hacer preguntas es fundamental.
M.J.A.: Y hoy los docentes necesitamos herramientas para poder trabajar de otra manera.
¿Qué tendría que cambiar?
M.J.A.: No es fácil. Hay un problema de base, que es el sistema. Si tenés clases enormes, poco tiempo y no te pagan las horas de planificación, es muy difícil transformar tu práctica. Tenés que ser muy vocacional para poder dedicarle todo ese tiempo.
M.V.: Y tampoco son cambios que se hacen de un día para el otro. Son formas de enseñar que están muy instaladas. Por eso nosotras pensamos que el cambio puede darse de a poco, por goteo.
M.J.A.: Antes estaba muy instalada la idea de que el docente tenía la respuesta y el alumno tenía que encontrarla. Como si hubiera un código que había que descifrar.
M.V.: Ahora se puede trabajar más desde la pregunta, más horizontalmente. El docente no es el que viene a impartir el conocimiento y se terminó. También puede aprender de lo que trae el grupo. Se trata de no tener que saber todo antes de empezar y de darle lugar a lo que trae cada persona. Porque una clase no es igual en todos lados. Cada grupo tiene su historia, su contexto, sus experiencias.
M.J.A.: Exactamente. No podés llevar una receta y repetirla igual en cualquier lado.
¿Hace falta saber de arte para trabajar de esta manera?
M.J.A.: No necesariamente. Lo que hace falta es animarse a soltar un poco la necesidad de controlar todo y de tener la respuesta antes de empezar.
M.V.: Y darle más importancia al proceso que al resultado.
M.J.A.: Es más pensar como piensa un artista que copiar lo que hace un artista.
¿Se acuerdan de alguna vez en que hayan comprobado que esto funciona?
M.V.: Sí. En nuestra experiencia como docentes hemos visto a grupos de estudiantes cambiar muchísimo su abordaje. Llegan muy acostumbrados a buscar un trabajo final, una respuesta. Les cuesta quedarse en el proceso, en ese momento de no saber. Pero de a poco empiezan a caminar por ahí. Cambian la manera de pensar. Empiezan a traer ideas muy ricas, a abrirse a otras posibilidades.
¿Y qué lugar tiene el error en todo esto?
M.V.: Un lugar primordial. Es derribar ese hábito de “ay, me equivoqué”, hacés un papelito y lo tirás. No. Te equivocaste, no pasa nada. Y eso también lo enseña el arte contemporáneo: probar, equivocarte, cambiar de dirección, seguir una pista sin saber adónde vas a llegar.
M.J.A.: Son destrezas para la vida.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el presente?
M.J.A.: Muchísimo. El arte contemporáneo trabaja justamente con lo que está pasando ahora: la identidad, las migraciones, la crisis ambiental, la inteligencia artificial, las desigualdades. No intenta simplificar ese mundo. Trabaja dentro de esa complejidad. Por eso muchas veces incomoda.
M.V.: Y eso también es lo que viven los estudiantes. Están viviendo un presente que cambió muy rápido y muchas veces la clase todavía no lo nombra.
¿Qué querés decir con eso?
M.V.: Que muchas veces les hablamos de cosas que no tienen nada que ver con las preguntas que ellos se están haciendo afuera del aula. No es que no escuchen o que estén “en otra”. Es que están viviendo otra realidad.
M.J.A.: Y ahí el arte contemporáneo puede ser un puente. Permite llevar esas preguntas que están afuera al aula y trabajar con ellas.
¿Qué tienen en común una escuela y un museo?
M.J.A.: Mucho más de lo que parece. En los dos hay un grupo de personas que se encuentra con algo que no entiende del todo y alguien que acompaña ese encuentro.
M.V.: Y ahí el arte contemporáneo puede aportar lo mismo: sostener la pregunta y conversar sin buscar enseguida una única respuesta.
¿Cómo debería ser hoy un museo?
M.J.A.: Un lugar donde se piensa, no solamente donde se mira.
M.V.: Y donde podés poner en juego tu propia mirada.
M.J.A.: Porque un museo tampoco es neutral. Una colección está hecha de decisiones: qué se muestra, qué no se muestra, cómo se ordena todo eso. Durante mucho tiempo el museo nos dio una interpretación y nosotros la recibíamos como si fuera la correcta.
¿Ustedes trabajaron sobre eso en el Museo Nacional de Artes Visuales?
M.J.A.: Sí. Trabajamos con dos obras importantes para la historia del arte uruguayo, una de Juan Manuel Blanes y otra de Pedro Blanes Viale. Y las miramos desde otros lugares, junto con Patricia Lannes, especialista en educación en museos, con quien venimos trabajando desde el 2023, referentes de la comunidad afrouruguaya y de la comunidad charrúa. Aparecieron cosas que en las obras originales no estaban. O que estaban, pero habían quedado silenciadas. La idea no era decir “esta es la interpretación correcta y ahora la vamos a cambiar por otra”. Era abrir la obra y preguntarnos quiénes construyeron esa historia, quiénes quedaron afuera y qué pasa cuando la miramos desde otro lugar.
M.V.: Y también es interesante que una obra puede seguir diciendo cosas muchos años después de haber sido hecha.
M.J.A.: Una obra no queda congelada en el momento en que fue creada. La podés volver a mirar desde el presente y aparecen otras preguntas.
Ahora tenemos además inteligencia artificial, que nos responde casi todo en segundos. ¿Esto hace más importante aprender a quedarse en la pregunta?
M.J.A.: Sí. Muchísimo. La inteligencia artificial resuelve casi cualquier pregunta en segundos. Pero hay algo que todavía no puede hacer por nosotros: aprender a sostener una pregunta sin apurarnos a encontrar la respuesta.
M.V.: Y eso se vuelve más importante que nunca.
M.J.A.: Vivimos en un mundo donde todo es cada vez más rápido y estamos muy acostumbradas a buscar una respuesta enseguida. Si algo no sabemos, lo googleamos. Si queremos una idea, la pedimos. Entonces necesitamos también aprender a convivir con el no saber.
¿Creen que esto debería enseñarse más allá de las materias artísticas?
M.V.: Sí, totalmente. Nos encantaría que esta forma de pensar estuviera en todas las áreas.
M.J.A.: Porque no se trata de que todos sean artistas. Se trata de poder pensar como piensa un artista: partir de una curiosidad, hacer preguntas, investigar, probar, relacionar cosas y ver adónde te lleva.
M.V.: Eso puede servirle a un científico, a un arquitecto, a un médico, a un docente, a cualquiera.
¿Y a ustedes qué les cambió esta manera de mirar?
M.J.A.: Muchísimo. Empezás a descubrir otros mundos, a pensar desde otro lugar, a no juzgar tan rápido. Y también a revisar cosas que tenés muy instaladas.
M.V.: Es algo que se va construyendo todo el tiempo. No es que un día aprendés a mirar y listo.
M.J.A.: Es como un músculo. Cuanto más mirás, más posibilidades encontrás. Y también tiene que ver con aceptar que el otro puede estar viendo algo que vos no estás viendo, algo fundamental para el mundo tan polarizado en el que vivimos.
¿Qué les gustaría cambiar de la idea que muchas personas tienen sobre el arte contemporáneo?
M.J.A.: Que es inaccesible.
M.V.: Sí. Porque muchas veces produce rechazo. Aparece el “no entiendo” o el “esto lo puedo hacer yo”.
M.J.A.: Y también hay ciertos mitos alrededor del arte, un lenguaje que a veces puede ser muy cerrado. Nosotras tratamos de hacer lo contrario: que sea más accesible.
M.V.: No hace falta saber de arte para empezar. Podés entrar desde lo que te pasa, desde una pregunta, algo que te llama la atención.
¿Qué significa para ustedes aprender a mirar?
M.J.A.: Primero, entender que nuestra mirada cuenta. Que cada uno mira desde un lugar distinto.
M.V.: Y también saber que esa mirada puede cambiar.
M.J.A.: Aprender a mirar es poder preguntarnos por qué vemos lo que vemos, escuchar otras miradas y aceptar que puede haber más de una forma de entender las cosas.
M.V.: Y seguir preguntando. n