N° 1675 - 16 al 22 de Agosto de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn el cuento “La memoria de Shakespeare” hay un personaje —el profesor Soergel, que es un estudioso, un admirador de Shakespeare, como lo es el propio Borges que, ya ciego, dicta la fábula— al que se le hace gravoso saber todo lo que sabe el poeta de Avon; alguien que no puede soportar una memoria tan pletórica de palabras, de ritmos, de melodías infinitas, de corazones extraviados, de duendes, hadas, traidores, doncellas inverosímiles y voluptuosas vacas de taberna, de tiranos sin perdón, de obesos sarcásticos y mal hablados y de enamorados de variado linaje y condición. Todo lo que hay en Shakespeare, en esa mente que es parecida a la mente que produjo las no menores maravillas que se leen en el libro del Génesis, es demasiado para una persona común que pacientemente se resigna a esperar la muerte sin ver más luz que la sospecha del sol detrás de las innúmeras páginas sobre las que su devoción lo ha inclinado.
Considero que la idea, en su simple y descarnado enunciado (a saber: Shakespeare es superior a las fuerzas y medidas de cualquier mortal), expresa el asombro agradecido que toda alma delicada y profunda siente ante la inmensidad de su obra. Lo que el personaje de Borges no resiste en su cerebro finito es que haya tantas cosas valiosas y sagradas y únicas y reveladoras, sustancias con una formidable capacidad para transformar o subvertir la totalidad del mundo con apenas una inflexión, una combinación audaz, un tropo inesperado; y todo ello desplegado en las casi cuarenta piezas con las que hemos sido bendecidos.
Hay en “Troilo y Cressida” un par de intervenciones que a poco de iniciarse el primer acto le dan toda la razón a la criatura de Borges; de tan perfectas, no se aguantan. Una está a cargo de Troilo (escena I) y la otra, de Alejandro (escena II). En el primer ejemplo tenemos a Troilo, de los hijos menores de Príamo, conversando con Pándaro, tío de Cressida, cínico y oportunista.
Desvela al troyano la indiferencia de la joven, que no muestra ningún signo de atención ante los muchos homenajes que le envía con el pariente. Reprochado por este acerca de su compromiso en las circunstancias que vive, con su patria asediada por los temibles griegos, Troilo se reconoce incapaz de otra fuerza que no sea la que le consienta suspirar por su amada. Y así lo dice: “Los griegos son fuertes y añaden la habilidad a su fuerza; la crueldad, a su habilidad, y la valentía, a su crueldad; pero yo soy más débil que una lágrima de mujer, más blando que el sueño, más fácil de engañar que la ignorancia, menos valeroso que la doncella durante la noche, y tan torpe como la infancia sin experiencia”.
La figura que utiliza en la segunda cláusula le permite a Troilo informar el estado menesteroso en que lo deja su herida sentimental. Esas comparaciones, efectivamente, dan cuenta de indigencia, de flojera, de maleabilidad, de desconcierto y general incapacidad. Los elementos utilizados para comparar indican desconsuelo, impericia, dependencia absoluta, indefensión sin remedio. Así se siente alguien que ama y no es correspondido; pero todavía peor: así se siente alguien de la corte de Príamo, que admira en los griegos, sus enemigos, las virtudes que son propias de los varones; ellos son lo que son porque luchan en una causa en la que tienen esperanzas, en cambio él, desfalleciente de amor, queda reducido a la infamia de la vulnerabilidad por cifrar toda su existencia en los esquivos ojos de una dama. La guerra, por extensión, es menos cruel, menos onerosa, exige y toma menos de sus cultores que el amor, que en todo punto resulta despiadado.
El otro ejemplo es una agraciadísima etopeya que el troyano Alejandro, más sentencioso que despectivo, traza del griego Ayax, donde también la correspondencia es el recurso aplicado con felicidad: “(…) ha robado a diversos animales sus rasgos característicos: es valiente como el león, grosero como el oso, lento como el elefante; es un hombre en quien la naturaleza ha almacenado tal variedad de contrasentidos, que su valor se ve exaltado hasta la locura, y su locura está sazonada de prudencia; no hay hombre que tenga una virtud de la que él no posea un átomo; ni quien sienta una locura de la que él no conserve un tinte ligero. Es melancólico sin causa, y alegre contra todo buen sentido; tiene las articulaciones de todas las cosas, pero todas las cosas están en él desarticuladas”.
Tres animales que involucionan en destreza sirven para presentar las notas de un grosero insensato que es puro músculo y nada o casi nada de cerebro; inservible para poner obstáculos a los impulsos, apto para luchar y para morir, pero no para vivir en paz y con paciencia.
Pero lo que fascina de este parlamento es lo que a todas las horas subyuga en su autor: la precisión para dramatizar por mero contacto de las ideas y de las palabras, pues en un par de pinceladas atrapa el paisaje en su conjunto y cada una de las minuciosas partes que lo componen. Sencillamente genial.