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    En Brasil, atrasos y temores en la recta final al Mundial

    Rio de Janeiro (Gerardo Lissardy, corresponsal para América Latina). El azar quiso que Brasil iniciara el martes 4 la cuenta regresiva de 100 días hacia el Mundial de fútbol en medio del clima de jolgorio que le impuso el Carnaval tardío de este año. Pero la alegría que se vivió durante los desfiles en el Sambódromo o las celebraciones callejeras en Rio de Janeiro y demás ciudades del país contrasta con la creciente pesadumbre de los brasileños ante la llegada del torneo futbolístico, el estrés que se vive para terminar cuanto antes las obras dilatadas en cuatro estadios, y la zozobra que existe en despachos gubernamentales ante el riesgo de que la violencia y el desorden en las calles empañen la fiesta del balompié. 

    De hecho, Brasil fue elegido sede del Mundial 2014 con la idea de mostrar al planeta que, además de ser el país del samba y el fútbol, también es una nación de progreso y poderío económico. Pero siete años después de aquel momento, y con US$11.000 millones de recursos públicos invertidos para eso, el gigante latinoamericano entró en la recta final hacia la Copa bastante más atrasado que los otros países que organizaron el torneo en los últimos tiempos, incluida Sudáfrica en 2010. 

    En el plano estrictamente futbolístico, la selección brasileña, a fuerza de victorias contundentes como el 5 a 0 que logró en el amistoso de ayer miércoles ante Sudáfrica en Johannesburgo (con tres goles de Neymar), ha conseguido diluir las enormes dudas que generaba tan solo un año atrás sobre sus posibilidades de ganar en casa su sexto Mundial de la historia. 

    Pero el éxito en fútbol está lejos de ser una prioridad para muchos brasileños que han visto cómo los gastos en estadios se multiplicaron mientras se desvanecían las promesas de mejoras en movilidad urbana, con nuevas líneas de metros y tranvías o modernizaciones de aeropuertos. El apoyo de los brasileños al Mundial ha caído en picada desde el 79% que reunía en 2008 hasta el 52% actual, indicó una encuesta de Datafolha. Esto supone un caldo de cultivo para que durante el torneo vuelvan las protestas multitudinarias que sacudieron al país en junio y los enfrentamientos violentos entre grupos radicales y policías que hubo en manifestaciones recientes. 

    A menos de 100 días para el puntapié inicial el 12 de junio, el mayor desafío para Brasil “es garantizar que la Copa transcurra de manera mínimamente organizada, corriendo atrás de la logística, aeropuertos, estadios y traslados de selecciones”, sostuvo Christopher Gaffney, un profesor de la Universidad Federal Fluminense en Rio de Janeiro especializado en urbanismo y mundiales. “Brasil todo tiene que entrar ahora en un gran jeitinho”, dijo usando una palabra que aquí significa buscarle la vuelta a un problema sin solución aparente. “Pero hay cosas que no tienen jeito: debes tener seguridad, traslados, internet, comunicaciones…”, agregó en diálogo con Búsqueda

    Estadios y calles.

    Buena parte de las polémicas entre Brasil y la FIFA se ha centrado en los estadios mundialistas. El ente rector del fútbol había puesto el 31 de diciembre como fecha límite para que fueran entregadas las 12 arenas del torneo, pero las seis que no recibieron juegos de la Copa de las Confederaciones incumplieron ese plazo. Con marzo ya iniciado, continúan las obras en cuatro estadios: São Paulo (donde Uruguay debe enfrentar a Inglaterra), Curitiba, Cuiabá y Manaos. 

    En el caso del estadio paulista de Itaquerao, atrasado por un accidente que causó la muerte de dos obreros en noviembre, la empresa constructora asegura que estará finalizado el 15 de abril, apenas dos meses antes de recibir el primer partido del torneo. Pero el caso mas crítico es el de Curitiba, que estuvo a punto de ser eliminada por la FIFA de la lista de sedes mundialistas: la fecha de entrega de su estadio fue postergada para mediados de mayo. Esto implica que faltará tiempo para realizar todas las pruebas necesarias en el escenario antes de que los ojos del mundo se posen en él. 

    El presidente de la FIFA, Joseph Blatter, indicó en enero que Brasil era “el país con más retraso” en la organización del Mundial desde que él integró ese ente en 1975, pese a que era “el único que tenía tanto tiempo para prepararse”. 

    Los accidentes se han reiterado en las obras multimillonarias de los estadios mundialistas. Seis obreros han muerto en ellos hasta el momento: cuatro desde noviembre, cuando las obras ya corrían a contrarreloj, y tres en la Arena Amazonia de Manaos. Además hubo percances de menor gravedad, como el daño que una tormenta provocó la semana pasada en el techo del estadio de Belo Horizonte, donde placas metálicas salieron volando por el viento y al menos tres de ellas aterrizaron en la cancha vacía, sin causar heridos.

     Pero a los brasileños parece molestar aún mas la situación fuera de los estadios, en ciudades donde el tránsito se ha vuelto un dolor de cabeza cotidiano y los proyectos de mejoras en transporte o infraestructura nunca salieron del papel o todavía están en ejecución. “Las obras inacabadas son peores todavía porque muestran claramente a los visitantes que Brasil no tuvo capacidad de terminarlas y las personas que viven en las ciudades sufren mas con el tránsito todavía”, sostuvo Gaffney. 

    El Mundial también puede verse afectado por otros imprevistos, como lo recordó una huelga de barrenderos municipales de Rio declararon iniciada justo antes de este Carnaval, que dejó las calles de la “Cidade Maravilhosa” repletas de basura con el paso de comparsas y fiesteros. 

    A todo esto se suma la disparada de precios de alojamientos, pasajes de avión y alimentación para el período del Mundial. Un puente aéreo entre Rio y São Paulo, un trayecto que dura poco más de media hora, puede llegar a costar lo mismo que un pasaje de Rio a Nueva York en circunstancias normales. Las autoridades prometieron castigar abusos, pero muchos brasileños son escépticos. Una página creada en Facebook por cariocas para denunciar los precios “surreales” en la ciudad ha reunido más de 200.000 adhesiones en apenas 40 días.

    Conscientes de que el Mundial genera cada vez menos entusiasmo entre los brasileños, algunas ciudades sedes han sugerido que podrían dejar de financiar las estructuras temporarias que se necesitan en torno a los estadios o evitar organizar las Fan Fests o fiestas de hinchas fuera de los estadios, que suelen reunir más público y son un espacio publicitario clave para las empresas patrocinadoras del Mundial. Pero la FIFA ha recordado que estas son obligaciones que han sido preestablecidas por contrato. 

    Riesgo de protestas.

    Con este panorama, a pocos podría sorprender que en el Mundial se reiteren las protestas masivas que hubo en Brasil en junio durante la Copa de las Confederaciones, cuando más de un millón de personas salieron a las calles de diferentes ciudades a pedir menos gastos en estadios y mejores servicios públicos. Desde entonces la intensidad de las manifestaciones ha caído, pero continuaron choques violentos entre manifestantes radicales y policías. En febrero un camarógrafo murió cuando cubría una de esas protestas en Rio y fue golpeado en la cabeza por una bengala lanzada por manifestantes. 

    El gobierno anunció que prepara —también a contrarreloj— una ley para cohibir los actos de vandalismo o violencia en las calles durante el Mundial. Y la presidenta Dilma Rousseff advirtió que está dispuesta a sacar los militares a las calles para contener eventuales desbordes en las protestas. 

    La popularidad de Rousseff se desplomó durante la ola de manifestaciones del año pasado, y aunque ha conseguido recuperarla parcialmente desde entonces, algunos analistas creen que lo que ocurra en el Mundial podría complicar o asegurar su reelección en octubre. La encuesta de Datafolha indicó que 52% de los brasileños apoya las protestas —el menor índice desde junio—pero 63% las rechaza en el período mundialista. Medios locales como el diario “Folha de São Paulo” han advertido que la presidenta ha modificado  su discurso sobre el Mundial, poniendo menos énfasis en el legado que el torneo dejará a la población y más en la pasión por el fútbol, por ejemplo insistiendo en que ésta será la “Copa de las Copas”. 

    También hay quienes creen que el mayor reto de seguridad en el Mundial no estará en las manifestaciones callejeras sino en la violencia que se vive cotidianamente en varias ciudades. En Rio, donde se jugará la final del torneo, las estadísticas apuntan a un aumento de la violencia y los robos en los últimos meses. También han surgido tiroteos en favelas donde la policía había arrebatado el control territorial a bandas de narcos para mejorar la seguridad antes del Mundial y los Juegos Olímpicos de 2016. El temor es que el aumento de las tarifas de hoteles obligue a muchos hinchas extranjeros a alojarse en zonas menos frecuentadas por turistas, con precios más accesibles pero menor seguridad. 

    Las autoridades turísticas brasileñas han lanzado campañas publicitarias en Argentina y otros países de la región llamando a los hinchas a participar en el Mundial, para compensar con su presencia parte del dinero invertido en el torneo. “Para el gobierno y la gente en general sería mucho más efectivo y divertido si vinieran turistas de Europa, porque tendrían más plata, gastarían más, se quedarían más tiempo”, indicó Newton Santos, periodista y autor de un libro sobre la historia de los clásicos futbolísticos entre Argentina y Brasil. “Pero como la expectativa de (que vengan) turistas extranjeros de Europa y otras partes es muy baja, Brasil se volcó a Sudamérica”, agregó. “Y Argentina compensaría en mucho ese número inferior de turistas que supuestamente vendrían de otras partes”.