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El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLlegó a la vida un sábado 15 de setiembre, como el también sábado pasado 15 de setiembre, hace 91 años.
Vino a cumplir cometidos notables a lo largo de sus días, que casualmente también culminaron un sábado; pero uno de esos días lo catapultó a los anales históricos de su país.
En el devenir de su existencia, iba a ser elegido para ocupar un sitio encumbrado entre los héroes civiles de la República.
Seguramente, Quique sintió orgullo al saber que había nacido en el país campeón del mundo que había alcanzado una, dos, tres veces el mayor galardón.
Brincaba junto a los demás chiquilines del barrio como uno más que era.
Estallaban en su garganta sonoros alaridos, cada vez que festejaba los goles de la camiseta blanca que tanto quiso.
Desde su niñez estudió, estudió sin pausa siempre.
Luego enseñó, enseñó casi hasta el final de sus días, fue esa su más arraigada vocación.
Desde muy temprana edad, llevado por convicciones muy hondas, abrazó el ideario batllista.
A partir de siempre, trabajó; pareciera que eternamente trabajó.
Nunca se calló. Opinar era, quizá, lo que le salía mejor.
Cuando creyó que era su deber como ciudadano opinar en voz más alta, no midió los riesgos —que sin duda eran muchos— y lanzó, con extraordinario coraje, sus verdades a los cuatro vientos.
Durante aquella noche inacabable, seguramente sintió miedo alguna vez; era también de carne y hueso, pero no parecía.
Miraba siempre hacia adelante; y como un nuevo Moisés, cierta vez, se vio guiando al pueblo, a su pueblo hasta entonces errante.
Muchos mares rojos debió vadear en su travesía.
Si acaso volvió su vista atrás, seguro se sonrojó al descubrir la semejanza de su rol con el de Artigas o el de Rivera: en tanto, lo seguían cien, lo seguían miles, los seguían cientos de miles.
Como si no hubiera sido la primera figura de aquella escena victoriosa, al día siguiente, escribió con llaneza en sus páginas:
¡El pueblo dijo NO!
¡Comenzaban a abrirse aquel día grandes bulevares hacia la libertad!
Le siguieron días de gloria, en los que no paró de brindarse generoso, al servicio de las grandes causas de la República; pero es ese instante de mayor esplendor que queríamos recordar hoy.
Aunque para don Enrique E. Tarigo solo haya sido una jornada más, vivida intensamente, con arreglo a su lema más amado.
“El deber no se pesa ni se cuenta ni se mide; el deber no se analiza en argumentos en pro y argumentos en contra; el deber se cumple sencillamente”.
Jorge E. Leiranes