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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace treinta y cinco años. “En su casa de la calle Gabriel Otero fue velado Fernando Oliú. En el dormitorio principal de la casa y en su propia cama fue velado Fernando Oliú. Como se hacía antes, cuando a la muerte se le reconocía su carácter familiar. Como se hace en campaña, como yo vi velar a mi abuela en su cama y en su cuarto, en la quinta.
Los hijos de Oliú le envolvieron el cuello con un pañuelo de seda blanco, con dos nudos y sobre el hombro. Allí estaba aquella noche, en el piso de arriba de su casa, en su cuarto y en su cama, de golilla blanca, el servidor del partido que se había ido en la noche. En todos nosotros, el dolor atragantado y el no poder creer.
No se había estado sintiendo mal, ni le aquejaba ninguna enfermedad seria. Hasta el día anterior había sido el mismo de siempre… y, de golpe, se lo llevó la noche, en su propia casa, cuando más lo necesitábamos.
Wilson contaba con encontrarse con él en Buenos Aires, a donde viajaría para la transmisión de mando de Alfonsín. Con ese supuesto, con ese “nos vemos antes de fin de año”, se habían despedido en la pista del viejo aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra unos meses antes. Necesitaban encontrarse, pero, por unos pocos días…, no habrían ya de encontrarse más.
Se hacía necesario tender, una vez más, a través del océano, una llamada telefónica: había que transmitirle a Wilson, casi en la víspera de su viaje a Buenos Aires, el mandoble de aquella noticia. Y fue Luis, el hijo mayor de Oliú, quien quiso hacerlo, quien tomó sobre sí comunicarle a Wilson la muerte de su padre, la muerte de aquel colaborador inteligente y entregado, indispensable como tal, pero mucho más indispensable como amigo. Le agregó que él mismo iría a Buenos Aires en representación de su padre y terminó la conversación con un adelante con fe, Wilson.
Cuando una persona está imbuida de un ideal y comprometida con una causa, toma sus decisiones y ejecuta sus actos de una forma tal que, espontáneamente, estos se convierten en símbolos: les imprime, sin necesidad de muchas cavilaciones, esa elocuencia y esa expresividad que solo los símbolos tienen. Pues bien, los hijos de Oliú decidieron envolver el cajón de su padre con aquella bandera uruguaya que había flameado en el primer acto político del Movimiento Por la Patria y pusieron en un altoparlante los sones de la Marcha de Tres Árboles cuando salía el cortejo de la casa rumbo a Salto, en la madrugada aún oscura del sábado 3 de diciembre de 1983.
Un grupito de amigos y correligionarios acompañábamos en dos ómnibus a la familia rumbo al panteón de los Oliú en el cementerio salteño. Era una noche cálida de verano, había gente en las calles que saludaba con sus pañuelos o con la mano en alto, los dedos en V, como habíamos hecho unos días antes, él incluido, bajo el sol junto al Obelisco. Todo a lo largo de la salida de Montevideo había pequeños grupitos ¿Cómo estaban ahí a esas horas? ¿Cómo se habían enterado? No sé.
En el departamento de San José se agregaron varios autos a la caravana: también en Trinidad y Young. En la intersección de la Ruta 26 incorporamos el último contingente: los amigos de Tacuarembó. Al llegar, la Avenida Harriague estaba repleta; las últimas cuadras fueron recorridas a pie.
Bajo un sol estridente de chicharras como es el sol de Salto en el verano, después de escuchar de pie el último discurso, el de don Juan Pivel, presidente del Directorio del partido y antiguo ministro de Educación cuyo subsecretario había sido brillantemente el Dr. Oliú, lo pusimos a descansar con sus mayores en aquella tierra de azahares que le vio nacer.
Lo que ese salteño hizo por su partido fue mucho: lo que llegó a hacer por su país al final de su vida fue mucho más. Se ha dicho que el Partido Nacional es un partido de querencia. Verdad grande como una casa. Querencia viene de querer. El Partido Nacional es un partido de grandes quereres…”.
(Extractado de mi libro Memorias del Regreso. La vuelta de Wilson Ferreira al Uruguay,
Editorial Fin de Siglo, Montevideo, 1993)
Juan Martín Posadas