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    Glotonería y política

    Columnista de Búsqueda

    N° 1672 - 26 de Julio al 01 de Agosto de 2012

    En la cuestión 83 de la primera parte de la Summa Teológica, Santo Tomás de Aquino pontifica acerca de la naturaleza de la libertad en el hombre. Expresa allí que la libertad es una cualidad del albedrío que es consustancial a la condición humana; se opone tanto a los que sostienen que la libertad es meramente un antojo tiranizado por los sentidos o por los apetitos como a los que, enfrentados en un extremo no menos absurdo, creen que no existe libertad en el albedrío, sino que la Gracia condiciona de manera absoluta y total las decisiones.

    Dice algo más el Doctor Angélico; dice, como Aristóteles, que esa cualidad del albedrío es correlativa y dependiente de la razón: “En el hombre hay libre albedrío. De no ser así, inútiles serían los consejos, las exhortaciones, los preceptos, las prohibiciones, los premios y los castigos. Para demostrarlo, hay que tener presente que hay seres que obran sin juicio previo alguno. Ejemplo: Una piedra que cae de arriba; todos los seres carentes de razón. Otros obran con un juicio previo, pero no libre. Ejemplo: Los animales; la oveja que ve venir al lobo juzga que debe huir de él, pero lo hace con un juicio natural y no libre, ya que no juzga analíticamente, sino con instinto natural. Así son los juicios de todos los animales. En cambio, el hombre obra con juicio, puesto que, por su facultad cognoscitiva, juzga sobre lo que debe evitar o buscar. Como quiera que este juicio no proviene del instinto natural ante un caso concreto sino de un análisis racional, se concluye que obra por un juicio libre, pudiendo decidirse por distintas cosas”.

    Más de mil años antes los estoicos afirmaron que “solos los sabios son libres, y todos los necios servios” (Paradoja V), y Marco Tulio Cicerón, en torno al año 46 a.C., al tratar con ese aforismo, no ocultó que se vio reflejado en todos los horizontes de su pensamiento moral. Según su concepción intelectualista —socrática—, la libertad es una obediencia a los dictados de la razón; ningún acto que no tenga por causa este señorío absoluto merece llamarse libre.

    Sus palabras acompañan el radicalismo estoico y desprecian cualquier acepción del vocablo “libertad” que no incluya la responsabilidad, la voluntad y la razón; entiende, por lo mismo, que libertad es “una facultad de poder vivir el hombre como quiera. ¿Y quién es el que vive como quiere, sino el que sigue lo recto, el que se complace en su obligación, el que tiene fija y considerada manera de vivir, el que obedece a las leyes, no por miedo, sino que las sigue y las respeta porque juzga ser en gran manera saludable; aquel que nada dice, nada hace, y, finalmente, nada piensa sino con su gusto y libertad, cuyos consejos todos y todas sus operaciones de él nacen y a él se refieren, y no hay cosa que más pueda para con él que su misma voluntad y juicio; aquel a quien la misma fortuna, que tanta fuerza se dice que tiene, cede, como dijo el sabio poeta: Cada uno se hace su fortuna por sus costumbres? Pues solo al varón sabio acontece el no hacer cosa alguna contra su voluntad, nada con sentimiento, nada por fuerza”.

    No hay diferencia de base entre la tesis del filósofo romano y la impecable exposición del teólogo de Montecassino; ambos consideran que la propiedad de los actos, lo que vulgarmente conocemos como “responsabilidad”, es un fenómeno que se liga al hombre como el fulgor se liga al fuego: es impensable asumir la condición humana sin asumir que su conducta le pertenece en exclusividad, sin entender que el mandarse a sí mismo, como reclamaba Nietzsche, es lo único que evita que seamos y merezcamos ser esclavos.

    De ahí que Cicerón mire con reproche, con desdén, sin ninguna simpatía, no recociéndole ningún título ni dignidad, como deberíamos hacer nosotros con más de un contemporáneo que afea y ofende la realidad y el sagrado suelo que pisa, a aquellos esclavos de sus propios y modestos límites, de sus pasiones, de su grosera ignorancia, de sus resignaciones sin perdón, de sus negligencias públicas y privadas.

    Al principio del comentario de esta quinta paradoja que hoy presentamos, él acusa a cierto político, tan infame como muchos de los que hoy conocemos, de querer capitanear los acontecimientos de la Nación sin mostrar otro lauro que la indigente silueta de sus baratas incapacidades: “¿A que hombre libre ha de mandar quien no puede mandar y sujetar sus deseos? Refrene primero sus liviandades, menosprecie los deleites, reprima su cólera, contenga su avaricia, eche de sí los demás vicios y manchas del ánimo y comience entonces a mandar a los otros, cuando deje él de obedecer a aquellos tan malvados señores, como son el deshonor y la torpeza; pero mientras a éstos estuviere sujeto, no solo no ha de ser tenido por capitán, mas ni aun por libre”.

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