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    Columnista de Búsqueda

    Nº 2076 - 18 al 24 de Junio de 2020

    Hace un par de años, cuando comenzaron a hacerse evidentes los nuevos acentos en Montevideo, escribí una columna comentando las ventajas que trae consigo la inmigración. Especialmente, decía, una como la que estaba llegando a Uruguay, que comparte una misma matriz cultural y religiosa, un mismo idioma y hasta un puñado de tradiciones comunes. Recordaba también el peligro de que creciera la xenofobia, esa que empieza hablando de que los inmigrantes reciben ayudas exclusivas para ellos (falso) y termina exigiendo que se los deporte porque… porque sí, porque el país es mío y me lo llevo.

    Parte de la gente que comentó entonces esa columna rechazó de plano esta última posibilidad: somos un país de inmigrantes, no somos racistas ni xenófobos, Uruguay is different. Pero pasan los años, capaz que alguna vez un inmigrante que labura contigo te habló mal, capaz que tenés a otro de vecino y escucha la música demasiado alta. Y justo en eso te cae una pandemia: crisis, desempleo, miedo, incertidumbre. Y entonces, en un raro y caluroso día de invierno, el principal informativo televisivo del país publica un tuit que dice: “Peruano de 34 años a prisión por intentar violar a una anciana”. Y ahí es cuando te das cuenta de que la xenofobia no solo está acá y ahora, sino que estuvo siempre ahí. Es solo que durante un tiempo largo no tuvo con quién ejercer.

    Ahora la ejercen los loquitos de las redes y de los comentarios de los diarios digitales. Y lo hacen porque, entre otras razones, se sienten habilitados por el espanto de la noticia (un intento de violación) y por el tuit del principal noticiero del país. Y entonces el peruano ya no es solo un peruano, ahora es el representante de los eventuales violadores que, nos dice a los gritos el xenófobo local, son todos los inmigrantes. No es extraño (aunque sí ridículo) que el que se levanta, cocorito de redes, a insultar a todos los inmigrantes por la atrocidad cometida por un solo hombre, sea el mismo cocorito que se indigna si alguien dice “todos los hombres son violadores” cuando un uruguayo de bien viola a una mujer. Cuando la lógica se encuentra con las fobias, siempre pierde.

    Habría que preguntarse qué pasa por la cabeza de un periodista con responsabilidades (y formación) para titular de esa manera. Preguntarse qué pasa por la cabeza de la majuga es más sencillo: nada, odio y después otra vez nada. Me preocupa el periodista, porque es quien comunica, quien decide si contribuye a apuntalar ese odio o a informar de manera adecuada, aunque eso no aumente los clicks. Es verdad, errores cometemos todos y los cometemos todos los días. Pero cuando uno puede comenzar a percibir un patrón, se hace difícil pensar en errores. Y, ojalá me equivoque, creo que ese patrón ya está instalado entre nosotros.

    Hace unos años, trabajando en una ONG en Barcelona, llegó a mis manos una suerte de decálogo de comunicación para temas de adicciones. En él se planteaba que, si un adicto se veía involucrado en una noticia negativa, solo se mencionara la adicción si esta aportaba información necesaria para entender la noticia. El decálogo era solo un puñado de recomendaciones para los medios, que no tenían la menor obligación de seguirlas. No tengo idea de si finalmente se implementó y sirvió para algo. Pero en todo caso el material le habría venido bien al tuitero del noticiero, aunque solo fuera para identificar la fobia presente en su titular.

    Lo cierto es que ese tuit obtuvo de inmediato más de 60 comentarios, la mayoría de ellos abiertamente xenófobos. Justo es decirlo, algunos señalaron el disparate del tuit y otros apuntaron (como el decálogo) que la nacionalidad del hombre encarcelado no aportaba nada a la información. Pero esas pocas voces fueron sepultadas por la catarata de odio. “Twitter es así”, suele decir la gente que se dedica a insultar en Twitter. El problema es que Twitter no es solo un antro de gente que, con mucho tiempo libre y desde el anonimato (y a veces hasta con nombre), se dedica a repartir agresiones. Desde hace rato Twitter (y más en general las redes morales) es uno de los espacios en donde se procesa la charla pública. Lo que explota en las redes incide no solo en nuestra percepción de las cosas, también en la agenda de políticas públicas.

    Un comentario sobre el anonimato y la ciudadanía: esta última solo puede ejercerse con nombre y apellido. El ciudadano solo puede ser tal en tanto su identidad es clara. Tan clara como cuando uno se inscribe en un club, va a la mutualista o tiene una cuenta bancaria. La charla pública no es tal si no es entre personas que se plantan en una identidad real y visible. Si la identidad nos parece clave para votar, comprar a crédito o cualquier otra cosa que habitualmente hacemos, ¿cómo no va a serlo en la charla colectiva sobre qué clase de país queremos? Dado que el anonimato es casi la norma en Twitter, ese antro no puede ser otra cosa que el simulacro de charla que es. El asunto es que a los políticos eso del anonimato no les importa demasiado: si es tendencia en Twitter, hay que ponerle un ojo.

    Volviendo al ejercicio de la xenofobia en este país de inmigrantes, parece claro que es al mismo tiempo un clasismo. Nadie parece tener el menor problema con el origen de un extranjero si este es un rico criminal de guante blanco (o gris, me viene a la cabeza cierto sindicalista de la vecina orilla) y a nadie se le ocurre extender a todos sus compatriotas la responsabilidad por sus actos delictivos. Otra cosa es cuando el inmigrante es pobre. Ahí, a la aporofobia habitual se le suma la xenofobia y se arma el combo explosivo que leemos en redes y diarios digitales.

    No es solo el absurdo de que un puñado de tipos (y tipas, había de todo en la majuga) que se bajaron del barco hace dos días se envuelva en el poncho patrio y salga a correr a ponchazos a los que se bajaron del barco hoy de mañana. A correrlos en nombre de lo que hizo un solo tipo, ese que el prestigioso informativo se encargó de señalar por su origen. A eso se suma el delirio de que el mismo flaco que te traía el delivery mientras vos te encanutabas en casita en plena pandemia, porque podías hacerlo y él no, ahora es un indeseable que hay que expulsar del país. Y con él, todos los que están trabajando pacíficamente en este pedazo de tierra, como cualquier hijo de vecino. Como mi madre, llegada de España en los 50 del siglo pasado. Como mi bisabuelo, llegado de Italia bastantes años antes. Y no, no era otro país, era el mismo. Y era la misma xenofobia que los llamaba “gallegos pata sucia” y otras lindezas.

    Pero por suerte este es un país con ley y los intentos de violación son sancionados, seas peruano, croata o uruguayo. Esa misma ley le reconoce a esos inmigrantes, una vez cumplidos los trámites pertinentes, los mismos derechos que al más rancio uruguayo del más rancio abolengo. Así que, si lo que te jode es la ley de tu país, quizá seas vos el que tiene problemas de adaptación. Hacete un favor: go home.