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¿No les parece que Montevideo a veces tiene un olor a podrido penetrante? Debe ser que las ciudades se pudren en esta época del año. Uno supone que Beijing también desprenderá hedores horribles en verano, el chino es muy de eructarte en la cara y los bebés cagan en las papeleras al trote, ni pañales usan, doy por descontado el mal olor, te la regalo a Beijing con 30º.
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Igual Montevideo está como especialmente podrida, ¿no? De aspecto también, hay algo que remite a la pesadumbre hija del desgaste, sin contarnos a nosotros, quienes transitamos la ciudad con esa humedad verdosa interna provocada por el consumo de litros y litros de mate, y el aspecto para nada festivo que nos identifica. Es como una Habana triste… y del Futuro, por supuesto; ya lo he dicho en esta misma columna: Montevideo debería promocionarse como la Habana futurista, la capital cubana se quedó en la década de los 40, y la nuestra por aspecto, gente, y diálogos que uno puede escuchar en la calle o el bar, no pasa de los años 70. El aire melancólico en Montevideo termina de configurar la metáfora de algo marchito, se nota que hubo una promesa de potencial aunque fuera pequeña, como cuando vemos jugar al Nico Olivera. Si a Lima le llaman “Lima la horrible”, a Montevideo deberían nombrarla “Montevideo la mustia”.
Más allá de que la mugre es una forma de vida para nosotros, y que todavía no hemos conseguido embocar la basura adentro del contenedor, y tampoco cambiaría tanto el panorama porque el contenedor queda casi siempre abierto y otros ni tapa tienen; el problema de la basura no es de fácil solución en ningún lado. A mi juego me llamaron. Tengo una solución no apta para timoratos, una solución mundial que puede empezar acá como experimento: instalar un caño bien grueso, tipo caño colector pero hacia arriba, atravesando la atmósfera, que permita volcar nuestra basura directamente al espacio exterior, para luego desparramarla por el Universo. Total, el Universo es infinito, quiere decir que tiene infinito espacio para tirar basura. ¿Y me van a negar que el tan mentado Universo, a pesar de ya ser infinito, está en permanente expansión? Más a mi favor: la cantidad de basura que puede almacenar no solo es infinita sino que está en permanente expansión. El destino perfecto.
¿Sorprendidos? Mi proyecto no termina ahí. Tengo una solución para los clasificadores desempleados, después de que hagamos el caño y tiremos la basura directo ahí como si fuera un ducto de edificio pero hacia arriba: los transformamos en cuidacoches, un mercado laboral mucho más promisorio gracias al aumento del parque automotor urbano y la falta de garajes. Es casi un ascenso social, durante dos o tres generaciones esa familia no estaría habilitada a quejarse del sistema, que le permitió pasar de hurgador a cuidacoches. Hasta podríamos ufanarnos con alguna ONG de esas que les gustan los avances sociales. Ascendimos socialmente a 1.200 hurgadores, ahora son cuidacoches, ¿qué te parece, eso no es movilidad social acaso? ¿Nos van a hacer una placa en reconocimiento o no? Después cuando salgamos en la tapa de todas las revistas por nuestro progresismo galopante no quiero verlos venir con el caballo cansado —sin el carrito—a pedirnos por favor que aceptemos un premio de parte de su ONG, que nos dio vuelta el rostro cuando empezamos este ascenso meteórico.