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A los cincuentones que la andan llorando por los rincones, les tengo una mala noticia: la jubilación no existe, la jubilación son los jóvenes.¡Ja! Ya lo sabían, sí, claro, pero una cosa es saberlo y otra es experimentarlo en primera persona. Por suerte no integro esa horrenda franja etaria, ni la integré jamás, siempre tuve más de 60 años. Pero volviendo a la ficción a la que solemos llamar jubilación, es una preciosa y redonda mentira que uno al resignar parte de su sueldo en los aportes jubilatorios está ahorrando para cuando sea viejo, cualquiera se da cuenta que la jubilación es un pasamano que —como cualquier pasamano— sucede en el presente, y nosotros, los viejos, dependemos de que los jóvenes sean lo suficientemente productivos como para bancarnos. Aunque como sociedad nos inventamos la fantástica narración de que lo que hoy dejo en manos del Estado o de las AFAP es lo que, de alguna manera mágica y misteriosa, voy a recibir más tarde. Pregúntenles a los jubilados en etapas de crisis por ese relato mágico. Así como los Reyes son los padres, la previsión social son los hijos. Y acá no somos muy de tener hijos.
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Así que cincuentones, yo entiendo que su rebeldía juvenil los empuja a la protesta y al desacuerdo con el orden establecido tanto como a la candidez existencial, pero sería prudente que vayan acostumbrándose a la idea de que la jubilación no va a ser muy generosa. Miren a su alrededor. ¿Ustedes vieron los resultados de las pruebas PISA y ese tipo de cosas que más o menos nos muestran dónde está parada nuestra juventud con respecto al resto del mundo? Entonces ya se imaginarán qué tipo de jubilación van a tener. Hagan cuentas. Y eso que todavía no entramos en la discusión de la edad de jubilación, la vienen pateando p’adelante, nadie quiere agarrar ese fierro. Esto se va a poner cada vez mejor, dentro de 30 años más de la mitad de los uruguayos va a ser jubilado y ese 30 o 40% de gente que quede laburando en el país lo va a hacer 6 horas diarias, así que no sé, los viejos de esa época, que vamos a ser mayoría absoluta (yo espero estar vivo y cerca de los 100), seguramente les vamos a tirar pan a las palomas pero de carnada, como cebo para comerlas.
En el fondo esto encierra algo de sabiduría, responde a un axioma social digno de ser recordado: no hay que darles plata ni a los chiquilines ni a los viejos. Los más chicos se la gastan en golosinas o —mayormente— en drogas, y los viejos en mantitas para perros infraalimentados o en sobornar a sus nietos para que los visiten y les donen un poco de su cariño desinteresado a cambio de la posterior recompensa económica. ¿Y adivinen en qué se gastan los nietos ese dinero recaudado? En drogas. Así, entonces, toda plata que se les de a los chiquilines o a los viejos termina siendo gastada en drogas; algo que como sociedad no podemos permitir.
Deberíamos aprender más de la visita de los Rolling Stones, ¿o sólo fue un acto de consumo más en nuestras vidas? No, hay que aprender de ese tipo de acontecimientos. ¿Y cuál es la enseñanza que nos dejan vinculada a este asunto? Que por algo los Rolling Stones no se jubilaron, siguen cantando, y la canción que dice “I Can Get No Satisfaction” pasó de ser un grito de inconformismo juvenil hedonista, a una queja de viejo que todos los días le duele algo nuevo y no puede orinar sin rogarle a Dios y a la reina que le haga funcionar la próstata. Los Rolling antes hacían un alto en su recital para tomar merca, ahora lo hacen para tomar los comprimidos. Pero siguen trabajando.