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    La Institución de Derechos Humanos

    Son muy acertados los corrosivos (es el calificativo preciso) análisis jurídicos del Dr. Juan Andrés Ramírez en referencia a ese deplorable engendro que denominamos Institución de Derechos Humanos (creo que hay otros profesores de Derecho que apuntan en la misma dirección). Llenan eficazmente su función de demostrar que sus actuaciones suelen ser completamente antijurídicas. Lo que no es de extrañar en un organismo que fue creado y concebido como un comité de base adicional (aparte de su evidente función de servir de salvavidas financiero a compañeros desocupados).

    Lamentablemente, el Dr. Juan Andrés Ramírez, seguramente autocensurado por consideraciones de corrección política, no osa llegar a la conclusión que, inevitablemente, se desprende de sus acertados cuestionamientos.

    Que no es otra que la cabal conveniencia de poner fin a ese circo. Tan ridículo como innecesario. La función que se le atribuye formalmente es útil y conveniente. Pero bien puede ser cumplida en forma eficaz por el Parlamento y el Poder Judicial. Sin necesidad de crear y mantener un comité de base de tipo institucional para el Frente Amplio. O también, y eso podría ser bueno y útil, por un comisionado personal al tipo del que se tiene para los establecimientos carcelarios. Una sola persona puede ser tan eficaz —en cuanto a su función — como el quinteto de la muerte que creó el Frente Amplio con funciones de propaganda compañera (referencia al quinteto con Alec Guiness a la cabeza, y en solamente la primera mitad de la película). Y será difícil que caiga en la deformación de la propaganda de tipo gramsciano.

    Se dirá, seguramente, que su creación fue un gran progreso. Pero lo cierto es que, aparte de la innegable utilidad propagandística, el único progreso que se le puede adjudicar es el meramente verbal (o, más bien, verborrágico). Y, sobre todo, elevado consumo de papel. Mucho papel. Por suerte, en buena parte sustituido por pantallas electrónicas y dispositivos similares. Tan inútiles, en este caso, como el papel (salvo por la propaganda tipo Antonio Gramsci).

    Afirmación que no veo muy frecuentemente (en realidad, no la veo por ningún lado, pese a ser tan obvia y evidente), en función del temor que generan las redes sociales, las avalanchas de la corrección política, la cultura de la cancelación y otros manejos propios de las hordas de la izquierda (lo que no significa que todo en la izquierda sean hordas, sino que, en su seno, las hay; también hay mucha gente seria y correcta).

    Hordas bastante temibles. Aunque a mí no me infunden temor, no porque sea más valiente que otros, sino porque mi total ausencia de las redes sociales (jamás ingresé en una de ellas, por buenos motivos de higiene intelectual), mi carencia de actividades públicas o profesionales y mi vida retirada en el campo me hacen inmune a las referidas hordas vociferantes, a los escraches o a las cancelaciones. Nadie puede cancelarme, porque no estoy en ningún lado (tampoco creo que nadie vaya a perder su tiempo en tan poca cosa). Ni quiero estarlo. Por lo que puedo desarrollar el lúcido razonamiento de Juan Andrés Ramírez más allá del punto donde él lo deja.

    No hay que temer al coro de chacales de la izquierda (que, repito, no es toda la izquierda, y ni siquiera su mayoría; aunque son los más ruidosos y vocingleros).

    Mi ilustre padre tenía un gran amigo que se dedicaba a la política. El profesor Carlos W. Cigliutti. Quien tenía la muy sana costumbre de recorrer de continuo su departamento (Canelones). En sus correrías políticas solía pasar por nuestra casa en Pocitos (yendo del este de su departamento hacia el oeste, o viceversa), donde compartía algunos ratos de charla con mi padre. Quien me hacía concurrir a ellas (yo era bastante menor en aquellos tiempos) porque decía, con toda razón, que una charla con el profesor Cigliutti era una auténtica clase de política. Lo era (y no solamente de política, porque era un hombre de gran cultura). Y mi padre no quería que yo perdiera tales oportunidades.

    En una de esas ocasiones, Cigliutti interrumpió la conversación de mi padre, que exponía sus ideas sobre algún tema político que no recuerdo. “Estás equivocado, Enrique, le dijo, y lo estás en función de la teoría de las dos puertas”. “Pues ¿qué es eso?”, fue la inmediata respuesta de mi padre.

    “Muy sencillo —respondió el maestro Cigliutti—, en política muchas veces tomas una decisión o asumes una actitud porque percibes, con razón, que por la puerta delantera se te van 100 votos, pero sin percatarte que, por esa misma decisión, te ingresan 200 por la puerta trasera. Y la complicación no termina ahí, porque ambas puertas son de vaivén, y además hay puertas laterales”.

    No soy político ni quiero serlo. Carezco de las habilidades y de la intuición certera que ellos suelen poseer. Pero estoy convencido de que algo de eso que enseñaba el profesor Cigliutti pasa con la Inddhh: tanto ruido hacen con ella —los que, en realidad, son unos pocos — que logran atemorizar e infundir la inacción en quienes pueden tener la capacidad de admitir la total inutilidad de ese engendro propagandístico del Frente Amplio. Y, lamentablemente, también en algunos sectores de la coalición multicolor que no advierten la maniobra de típico corte gramsciano, que es la única razón de ser de esa sucursal frenteamplista.

    Seguramente, mucho mejor que dedicarse a cambiar su integración, sería desprenderse de ese problema y decidirse a terminar con ese monstruito. Y con sus hermanitos menores que pululan por el resto de la organización estatal.

    Nuestro país quedaría algo mejor de lo que está hoy. Y estoy seguro de que ingresarían más votos por la puerta trasera de los que se puedan fugar por la del frente.

    Enrique Sayagués Areco