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    La Isla de Flores

    Sr.Director:

    El 11/4 pasado, el matutino El País publicó una nota titulada “IMM busca potenciar turismo y crear servicios en Isla de Flores”. Allí se explica que se piensa “sumar servicios básicos que permitan propuestas deportivas…” e incluir a la isla en “un plan estratégico de turismo que la comuna proyecta impulsar en otros puntos de la ciudad. Según el director de Desarrollo Económico de la IMM Oscar Curuchet, “la comuna no cuenta con fondos para mejorar este lugar, por lo que ya se iniciaron conversaciones con articuladores privados interesados… las cámaras de comercio y gastronomía”.

    No pretendo abundar en datos de la historia de la Isla de Flores, tan amenamente escrita por Langghut y Varese, y tan desconocida para la mayoría de los uruguayos en obra que recomiendo especialmente. También recomiendo el enlace http://www.enlacesuruguayos.com/Isla.htm. Solo recordar que la isla ocupa un lugar destacadísimo en muy importantes episodios de la historia nacional. Sus alrededores son la tumba de centenares de hombres, mujeres y niños que se acercaron al Río de la Plata con el fin de conquistar o de poblar nuestras tierras buscando un futuro venturoso. Sus cadáveres se han deshecho en el fondo del río luego de aterradores naufragios de barcos que navegaban a ciegas por las aguas y los bajofondos de uno de los lugares más peligrosos del mundo para navegar, que son nuestras costas del Río de la Plata. Durante siglos el puerto de Montevideo reclamó, a España primero y a Argentina después, que se le otorgara un permiso para erigir un faro en la isla como aviso a los navegantes. Pero los celos y los temores económicos de las autoridades argentinas, sabiendo que un faro otorgaría una ventaja definitiva a Montevideo sobre el fangoso Buenos Aires, frenaron la iniciativa. Salvo en algunos períodos en los cuales se colocaron algunas luminarias provisorias, el faro se construyó en una de las circunstancias más ignominiosas de nuestra historia, acicateada por la desesperación de un puerto hermosísimo pero inútil sin el faro. Nos costó 4.000 leguas cuadradas del norte de nuestro territorio (del cual luego pudimos recuperar lo que hoy es el Dpto. de Artigas, pero perdimos las Misiones Orientales y Río Grande).

    Reconocido como “el faro más caro del mundo”, su luz comenzó a brillar recién en 1828. En Montevideo había habitantes que lo necesitaban con desesperación desde 1724

    Desde 1888 funcionó en la isla un lazareto modelo con todas las instalaciones requeridas en el cual los inmigrantes pasaban su tiempo reglamentario antes de ingresar al país. Allí se alojaron miles y miles de nuestros antepasados, desde los más humildes hasta los más famosos. Dicen que hasta Carlos Gardel pasó por allí. No faltaban las visitas ilustres, las revistas militares y hasta los banquetes (hasta presidentes han ido allá)

    Una vez desaparecida la necesidad del lazareto, la isla comenzó su atroz decadencia, hasta convertirse en lo que es hoy: una vieja dama indigna. En un inconcebible, atroz y despiadado proceso de abandono muy típico de nuestras costumbres, sus instalaciones fueron abandonadas incluso con mobiliario y enseres, sus construcciones fueron depredadas, desaparecieron sus aberturas de maderas nobles, sus tejas europeas, sus azulejos. Me han contado que sus construcciones hasta fueron blanco de práctica de artillería aérea, aunque nunca pude comprobarlo. Su indignidad llegó al extremo cuando, en dos oportunidades oscuras de nuestra historia, se la eligió para alojar presos políticos. Ya no podía caer más bajo.

    En realidad la isla es un conglomerado de tres pequeñas isletas que se unen cuando la marea lo permite, las cuales se denominan “la primera”, “la segunda” y “la tercera”; cubierta de vegetación rala, es refugio de miles de gaviotas y otras aves marinas, y una población de conejos hoy desaparecida. La isla no tiene agua potable. Actualmente está cubierta de ruinas, salvo en “la primera” con el faro y sus construcciones anexas —vivienda de la guardia y cuarto del grupo electrógeno— que se destacan por su prolijidad y blancura. “La segunda” es un pedregal cubierto de guano de gaviota y en “la tercera” apenas caben los lúgubres restos del horno de cremación de cadáveres y material séptico del lazareto. Está habitada por un pequeño contingente naval que es recambiado periódicamente. Y es visitada asiduamente por algunas embarcaciones deportivas y empresas de excursiones de pescadores. Lamento no poseer dotes poéticas para describir la extraña sensación que invade al visitante de la isla cuando mira la costa en el horizonte desde las ruinosas terrazas.

    Actualmente es difícil acceder a la isla. Más allá de las dificultades de un viaje por mar, la Marina impone ciertos mecanismos de control (solicitar permiso de visita 48 horas antes personalmente y en una dependencia de Prefectura).

    Es una isla pequeña, azotada por los elementos, cuya misión fundamental —la luz del faro— se vio menguada con los medios de navegación electrónicos. La cantidad de gente que yace en los arrecifes que la rodean hace de ella un santuario. Es preciso que las propuestas sobre su futuro sean atinadas, respetuosas del entorno, permitiendo un libre pero controlado flujo de personas y de la contaminación y no modificando la geografía. En mi opinión, su condición de reserva natural acompañada de un museo histórico con facilidades de transporte marítimo la convertirían en un buen paseo de un día, tal como sucede en otras islas en el mundo. Acerca de proyectos gastronómicos, me parece difícil. En personas no acostumbradas, los viajes por mar no son propicios para la comida (parte de ella se verá ofrendada al mar al retornar con una virazón fuerte de verano), y además parece difícil instalar en la isla restaurantes y una usina de aguas servidas sin alterar negativamente su estética. Finalizo diciendo que no he mencionado la Isla de Lobos, otro hermoso lugar del territorio uruguayo insólitamente vedado para todo aquel que no tenga una autorización muy especial. No estaría mal considerar ofrecer ambas islas al aprovechamiento por la ciudadanía en un solo proyecto.

    Álvaro García

    CI 1.546.574-2