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    La epidemia de consumo de opioides

    Sr. Director:

    Casi todos hemos visto las terribles imágenes de seres humanos, deambulando o estáticos, en poses bizarras que han llevado a calificarlos de “zombies”. Por ahora la gran mayoría de tales imágenes provienen de ciudades de EE.UU., de las que puedo decir algo dado que viví en algunas de ellas por más de 16 años. Dichas imágenes corresponden a personas bajo el efecto de poderosos opioides como el fentanilo. En el caso de esta sustancia en particular los médicos tenemos una cuota de responsabilidad no menor. Para comprender cómo es posible que existan estas sustancias que tienen el efecto de producir sensaciones inicialmente muy placenteras, es necesario entender qué moléculas parecidas —en cuanto a la disposición de sus átomos— se producen naturalmente en nuestro organismo. Las típicas son las llamadas endorfinas. La naturaleza a veces produce sustancias de organización molecular parecida, como la morfina, o el ser humano las sintetiza artificialmente y tienen una capacidad de interacción muy superior con los correspondientes receptores nerviosos, como en el caso del citado fentanilo. Lo placentero de las sensaciones así producidas puede ser de una intensidad tal que, en algunas personas, inicie una adicción que termine fuera de control. Al punto que el número de muertes por su sobredosis es ya muy superior al provocado por accidentes automovilísticos.

    Al igual que en ocasiones anteriores cometeríamos un serio error si nos refugiáramos en el pensamiento de que ello nunca llegará a alcanzarnos. También pensábamos que nunca veríamos a semejantes tirados en las aceras de las calles de Montevideo y hoy pasamos a su costado evitando percibir que allí hay seres humanos. Sin duda la epidemia de consumo de opioides y las consecuencias que ello tiene no pueden ser ignoradas más. Si bien la mayoría estamos muy seguros de que jamás nos transformaremos en consumidores de estos, no va a ser suficiente con permanecer ajenos al fenómeno. Es necesario que la sociedad salga al encuentro del problema antes que este nos divida entre aquellos atrapados por él y los demás que resistimos su influencia intentando aislarnos cada vez más.  Y no se trata de una cuestión de inteligencia o de capacidad de resistir. La predominancia de los circuitos neurales del placer y de evasión de las dificultades cotidianas son variables de persona en persona, y aun en la misma persona de acuerdo a su historia vital. Un individuo genial como Sigmund Freud, capaz de bucear en las profundidades del principio de placer, no pudo evitar su adicción al consumo de tabaco, que lo llevó a desarrollar un cáncer maxilar que terminó con su vida en condiciones penosas, al punto de recurrir al suicidio asistido. Hasta ahora las medidas adoptadas atienden casi en exclusividad a la represión de quienes producen y distribuyen las sustancias. Poco o nada se hace por atender las necesidades de los consumidores y, menos aún, por comprender las razones profundas que lleva a estos a tal consumo. Estos consumidores, en su desesperación por acceder a la siguiente dosis, harán —y pagarán— lo que sea por hacerse de ella. Y mientras ellos existan habrá proveedores dispuestos a asumir los riesgos de satisfacer a sus “clientes”. Hay mucho dinero de por medio.

    ¿Por qué cuesta tanto darse cuenta de que la mera represión a los proveedores es una guerra perdida?  ¿Por qué no considerar la posibilidad de destinar los dineros dedicados a tan infructuosa represión a atender a los consumidores y sus requisitorias? Pero… ¿acaso estoy sugiriendo que el aparato sanitario del Estado se transforme en proveedor de drogas? Si, definitivamente sí. Si ese es el precio a pagar por tener un acceso amigable hacia los actuales consumidores, sí, mil veces sí. Muchos de ellos con tal auxilio profesional podrían salir de la necesidad que los mantiene prisioneros. Y los que no, aun si sintieran la continua imperiosa voluntad de consumir, sabrían a quién recurrir sin pensar en la alternativa de asaltar y lesionar a la primera anciana con la que se crucen para robarle 50 pesos. En este cambio los únicos realmente perjudicados serían aquellos que lucran con las miserias de sus semejantes.

    Dr. Roberto B. García (médico)

    CI 1.053.261-3