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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“El segundo síntoma de la muerte de nuestros sueños son nuestras certezas” (Paulo Coelho).
El paraíso cubano está perdiendo sus últimos encantos y, ojalá, encantados. Atrincherados detrás de convocatorias revolucionarias —tan distantes de las convicciones románticas de Sierra Maestra— resiste la cúpula dirigente. Herederos del trono de los Castro, trampean la verdad del hambre y desilusión de los comunes con el infantil reflejo de señalar culpables. En esto no hay originalidad de tipo alguno. El ser del poder siempre supone negarse a ceder. Pero no es esto lo importante. Lo extraño es el eco de la proclama en comunidades distantes y mayoritariamente bien intencionadas que confunden solidaridad con la defensa de un estrepitoso fracaso.
Nací el mismo año en que Fidel entraba triunfal a la Habana y a la conciencia social unos años después. Abracé —como muchos en el continente— los sueños revolucionarios. La utopía socialista tenía en la desconocida isla del Caribe un estandarte irreverente ante la prepotencia del vecino imperial. Pero esa etapa adolescente en que está permitido elegir los datos de la realidad que confirman lo que queremos creer termina de a poco. Viviendo en un país donde siquiera nos planteamos la posibilidad de reelegir al presidente (y mucho menos exhibir su fotografía en las oficinas públicas) Fidel era un dato ruidoso. “Elecciones” con un solo candidato, donde siquiera hay chance de rechazo; gente que se lanza al mar en balsas improvisadas; la opacidad respecto a la cotidianeidad cubana derivada de expresiones públicas muy restringidas; las intrigas respecto al destino de Cienfuegos, Huber Matos y el mismísimo Che; la nepótica sucesión en el poder y la todavía más oscura de Díaz-Canel.
En 1983 sentí miedo al protagonizar una atropellada de milicos a caballo y sable en mano. A principios del año 84 conocí un calabozo del lado de adentro por convocar a una movilización. A consecuencia de esto, perdí el sueldo que recibía del Estado uruguayo. Apenas un año después era reintegrado (hasta con cierto inmerecido honor) a la función pública. Desde ese día estuve o fui testigo de innumerables actos de protesta. Son pocos los casos donde algunos manifestantes o gendarmes del orden traspasaron los límites de la convivencia pacífica. Sin buscarles justificación, reconozco que es un riesgo connatural a la libertad. Hace apenas unos días casi 800.000 voluntades perfectamente individualizadas se expresaron en forma contundente en favor de un mayor debate respecto a una ley promovida por el gobierno. No rescato ninguna voz en el espectro dirigencial que desconozca el mandato derivado. Esta es solamente una parte de nuestra realidad. No omitimos el doloroso presente y futuro de muchos a los que el pan, las letras y la justicia les toca en porciones pequeñas. Pero se trata de la parte que nos asegura que no los podemos esconder. La parte que nos regala las calles y las urnas para expresarnos libremente y encontrar caminos de solución.
Es cierto, fui adolescente y creí en la revolución. Estuve alineado con los códigos de conducta de la mayoría de mi generación. Pero madurar significa no engañarse y leer los datos de la realidad, aunque sea difícil y no nos guste. En Cuba saber de una movilización en las calles es noticia. Tal vez hubo otras de las que no nos enteramos. Tal vez es porque no hubo. Cualquiera de los dos escenarios configura una tragedia.
Juan Pablo Severi
CI 1.387.619-3