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    La suerte de un teatro

    Columnista de Búsqueda

    N° 1833 - 17 al 23 de Setiembre de 2015

    En el año 1820 encontramos a Talleyrand —mano derecha de Napoleón— como mano derecha de Louis XVIII. Por esa época todavía se sentían los ecos del cruel asesinato del duque D’Enghien perpetrado por Napoleón en 1804, el año que funda el Imperio. Desde que ciñó la corona este Louis, merced a los buenos oficios y oportunas traiciones del eterno ministro-sacerdote, en Francia se revisó con ardor todo el episodio en torno al feroz crimen de Estado que se llevó al último de los Condé; hubo actuaciones judiciales para discernir responsabilidades y también hubo debates.

    Como para mostrar que la historia es porfiada y que nada muere del todo en los universos paralelos de la política y de la locura, la noche del 13 de febrero de 1820, domingo de carnaval, un fanático bonapartista asesinó al duque de Berry, también Borbón, sobrino de Louis XVIII, y por lo tanto legítimo aspirante al trono. El hecho tuvo lugar en la puerta del antiguo teatro Opera, en la calle Richelieu; su asesino, un obrero de nombre Louis Louvel, al decir de Chateaubriand, “era un joven de aspecto malvado y zorruno, como se ven miles en las calles de París. Tenía algo de mequetrefe; un aire arisco y solitario”. Según su aceptable conjetura, no hay que ver en este sujeto una política, sino más bien un tropiezo o más bien la repetición de un error, de una perversión enraizada en ciertas sociedades y personas: “Es probable que Louvel no formara parte de ninguna organización; era miembro de una secta, no participaba de un complot, pertenecía a una de esas conjuras de ideas, cuyos miembros pueden reunirse ocasionalmente, aunque lo más frecuente es que actúen uno a uno, siguiendo su impulso individual. Su cerebro no alimentaba más que un pensamiento, como un corazón se sacia con una pasión. Su acción era consecuencia de sus principios; había querido dar muerte a la estirpe entera de un solo golpe”.

    Louvel fue apresado, debidamente juzgado y debidamente ajusticiado. Su crimen, sin embargo, tuvo, además de sus previsibles efectos políticos y de represión policial a los elementos antimonárquicos, dos consecuencias no buscadas, muy distintas entre sí y hasta el día de hoy asombrosas. El duque de Berry había concurrido con su esposa a la premiére de una moderna versión de El Carnaval de Venecia, la opéra-ballet del André Campra, maestro de música del colegio jesuita Louis le Grand, músico de moda a la sazón porque su arte supo brillar en los momentos más esplendorosos de Versailles. A la salida de la función acompañó a su esposa hasta el carruaje que la llevaría; eran cerca de las 11 de la noche. Al momento de abrir la portezuela del transporte, un hombre apareció por atrás, lo hizo girar y le clavó profundamente su puñal en medio del pecho. Luego de cinco horas de agonía, rodeado de los suyos y habiendo recibido los últimos auxilios, entregó su alma a Dios.

    Se acusó al ministro de Policía de negligencia y se lo hizo renunciar; se orquestó la caza de los elementos recalcitrantes en varios rincones de París y aun en algunas ciudades de provincia, se produjo una gran consternación. Todo eso, repito, era predecible que ocurriera. Lo que no se sabía era que la cólera del rey ante la terrible noticia lo llevó a ordenar contra todo consejo racional que se destruyera al actor más inocente de esta tragedia, el teatro; dijo que se lo demoliera piedra sobre piedra y que en su lugar se construyera una capilla, lo que de hecho nunca llegó a concretarse. Tan impensable resolución quería poner olvido a una sala que había sido fuente de luz para las artes líricas; allí se estrenó para el mundo nada menos que La creación, el gran oratorio de Haydn, en 1800 (con la presencia de Napoleón, el mismo día que escapó al sonado atentado en la calle Saint-Nicaise); se estrenó para Francia La flauta mágica. Pero viendo de cerca se comprende porqué el rey dispuso su aniquilación: ese teatro fue el primero construido por la revolución, con la bendición primero de Danton y luego de Robespierre.

    La otra consecuencia inesperada de este asesinato es el poema que le consagra el joven Víctor Hugo, considerado unas de las más hermosas y perfectas de sus piezas, que comienza así: “Le passage est bien court de la joie aux douleurs; / La mort aime à poser sa main lourde et glacée / Sur des fronts couronnés de fleurs” (es muy corto el paso de la alegría a los dolores place a la muerte posar su mano pesada y fría sobre las frentes coronadas de flores). Encarezco la lectura de este poema.