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    La verdad y la ciencia

    Sr. Director:

    Sobre truismos, que aspiran a constituirse como incontrovertibles verdades y no son sino doxas o meras opiniones, es de utilidad hacer algunas puntualizaciones.

    La verdad no es un elemento de la ciencia, sino que es materia del olvido. La etimología de verdad en griego ayuda en ese sentido. A-letheia. La verdad se caracteriza por ser condición que priva de olvido.

    Si uno se olvida de un tropiezo en el día, una pelea, un disgusto, una rota ilusión, de noche lo puede afectar el insomnio.

    Letheia deriva del Letheo que es el rio del olvido, valioso auxiliar para que el individuo no se torture ante un tropiezo de la vigilia. Letheo se emparenta con estado hipnoide: uno se puede dormir, al cabo de un rato, o la cosa venir espesa, y no dormir tranquilo por más tiempo. Si se duerme, el accidente de la vigilia no fue tan preocupante y en el mejor de los casos el decurso asociativo, las descargas, los desplazamientos, los trabajos y los días, irán desgastando lo que a uno lo perturbó. Y el pequeño trauma transitorio se disipará.

    Si ello cristaliza como la piedra en la perla puede hacerse síntoma, estructura emanente de lo más íntimo del alma. (“La íntima Thule de su alma”, escribía Rodó, nuestro gran escritor, que está bastante olvidado,)

    En el decurso de la vida, caminando por las calles de la vida, si posees el hábito de la curiosidad, al mirar en derredor puedes encontrar carteles, afiches, que preconizan verdades, lo hacen con dedos acusadores que asustan. La fuerza del afiche es emparentable a la fuerza del panfleto y al horror de la letrina. Tanto el afiche como el panfleto pueden ser materia para la letrina, destino de letrina. Un pensador inglés, John Powis Cowper, hacia 1928, reclamó en aras de hallar paz para su alma, que el horror ante el displacer no es obligatorio el soportarlo en aras de un amor al prójimo, o la solidaridad con el semejante o el otro. Powis añadía que tenía derecho a olvidar lo displacentero, y en grado más redoblado, el horror que a él se encadena. Los afiches y panfletos pueden hacer llamados a la solidaridad intimidante y coercitiva, para que se constituya una comunidad totalizante que en forma global reclaman unanimidades, coincidencias forzadas, en verdades varias o en verdades únicas. Elementos que sustentan el conjunto pueden apoyarse en causas, personas, situaciones, dilemas y en identificarse con el otro en una solidaridad que obliga a acompañar el dolor del otro en un ecumenismo evangelizante más. Lo que se presenta como ciencia no es ni verdadero ni científico, aunque presente esas letras de presentación. Esa leva en el amor, la solidaridad y la paz, no solo es una suerte de himno salvacionista, sino ejemplo del horror. Tener la clave del saber, del cómo hacerlo, de contra quién luchar procura alivio a muchos con el recurso falacioso de hiciste lo justo, estás en paz, estás con la causa de la vida.

    Un lote de materias delicadas, confluyen en ese forcejeo de consignas simples y tremendas, tanto que fueron consignas de los dos grandes totalitarismos del siglo XX (nazismo y estalininismo). “Espacio vital”, la raza aria, la paz, la ciencia del materialismo histórico dialéctico científico, marxista leninista, fueron algunos de sus eslóganes.

    El arte de olvidar lo desagradable, por lo que abogaba Powis, se resistía y pugnaba por luchar contra ese envión o empujón que las opiniones dimanadas del afiche, del panfleto, del pantano empujaban a que uno se sumerja de prepotencia en el horror. Que uno dé el aval a eso, que consiente en ser empujado en el abismo de los guardianes negros de las letrinas, sostenía Powis Cowper, le era insoportable. Alternativas: el amor y el trabajo, las encontraba como asideros el pensador.

    Puede haber diapositivos que los maestros de la verdad, desde la Antigüedad han distinguido variantes de verdad que proceden de los magos, de los religiosos, de los guerreros, de los sofistas, de los filósofos, de los filósofos-científicos o de los autoproclamados detentadores de la ciencia. Hay fórmulas sobre la verdad que se han hecho generalizables, religiosas, una es claramente religiosa: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, otra es la que se jura en los estrados de los tribunales sobre una Biblia: “Juro decir la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad”. Hay variantes que pueden arrogar en sus proclamas que sus verdades son científicas, un ejemplo es Hegel, filósofo que sostenía que hacía un enlace con la ciencia y su filosofía-ciencia se enlazaba tanto con Jesús como con Napoleón, estado social y final de la historia.

    El materialismo histórico marxista-leninista-stalinista se autoproclamó ciencia, hasta que el gigantesco experimento social de la Unión Soviética, que comienza en 1917, con la toma del Palacio de Invierno zarista, que traería la dictadura del proletariado y la sociedad sin clases y sin Estado, implosionó y cayó como un castillo de naipes, hacia fines de los años ochenta del pasado siglo, quedando atrás varios estropicios (Hungría, 1956, Checoeslovaqia, 1960) y una dictadura presidida por Stalin, que opinaba sobre opositores, como sobre comedias musicales, que mantuvo a raya a Shostakóvich, como a muchos otros creadores, el gran cineasta Eisensestein, que se apagó en una oscura cátedra, luego de sufrir la censura del régimen.

    Juan C. Capo