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    Las víctimas del pasado (II)

    Sr. Director:

    Harto ya de estar harto ya me cansé... Así me siento hoy frente a este permanente tinglado que un día tras otro arma la izquierda para seguir lucrando con la desgracia. ¿Hasta cuándo?

    Es sabido el manejo que la izquierda siempre hizo de los medios de prensa. Son expertos. No es nada nuevo. Pero montar operativos mediáticos cada vez que aparecen restos de alguna víctima de la dictadura y usarlos al servicio de una causa partidaria, roza con la inmoralidad.

    Siento que por ahí no va la tan mentada reconciliación nacional. Y me da mucho fastidio.

    Reconciliación significa, entre otras cosas, que todos, y recalco, todos, asuman responsabilidad por las muertes y desapariciones. No sirve hacerlo solo en nombre del Estado. Reconciliación significa reconocer que no hay víctimas de primera ni víctimas de segunda. Ni hay víctimas nuestras ni víctimas de los otros. Todos fueron víctimas por igual. La diferencia es que ahora unas víctimas tienen más prensa y son las “oficiales”. De las otras nadie se acuerda. Mejor dicho, hay que ocultarlas, porque esas son responsabilidad de los que hoy nos gobiernan.

    Quiero compartir algunos párrafos de un discurso que dio hace unos años en Argentina el hijo de una víctima de los Montoneros, quizás también cansado de escuchar que los muertos que vale la pena recordar son solamente los de un solo bando y que los otros bien muertos están.

    Dice en su parte medular: “En el documento ‘Unidos contra el Terrorismo’, Kofi Annan, ex secretario de Naciones Unidas, afirma que una de las maneras más elocuentes de expresar que el terrorismo es inaceptable es dirigir nuestra atención hacia sus víctimas asegurando que sus voces sean oídas. El terrorismo niega la humanidad de sus víctimas, a quienes presenta como seres infrahumanos que merecen la extinción” (el subrayado es mio).

    Expresó Pilar Rahola: “En Argentina existen víctimas distintas de las víctimas oficiales, víctimas que no tienen su lugar en la memoria, ni reciben el aplauso oficial, ni salen en las lágrimas públicas. Víctimas que aún se esconden por los rincones de la clandestinidad, como si fueran responsables de su propio asesinato, como si, por haber sido escogidas para morir, tuvieran culpa. Víctimas convertidas en victimarias. Esas víctimas reclaman, desde la oscuridad del olvido, su hueco en la historia de la Argentina. Y, sin embargo, aún no lo tienen. Hay víctimas, pues, en esta Argentina que tanto habla de víctimas, que no tienen quién les escriba. Pero están ahí, sin ojos, sin manos, sin recuerdos, sin palabras. Están ahí, y sus silencios pesan como si fueran gritos”.

    Cambiemos la palabra Argentina por Uruguay y la situación es exactamente la misma.

    ¡Qué falta nos hace un Wilson Ferreira para que nos haga elevar la mira y “embarcarnos a todos en una ola de esperanza compartida”!

    Ing. Gualberto M. Mato

    CI 1.199.021-4