Nº 2075 - Nº 2075 - 11 al 17 de Junio de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUno de los desgastes más evidentes a los que hemos asistido en tiempos recientes es el desgaste de la posibilidad política de distinguir lo real de lo simbólico. Quizá porque ya está bien asentada la idea de que combatir los símbolos de algo (una injusticia, una desigualdad) equivale a combatir materialmente ese algo. Quizá porque se consolida la idea de que derribar la estatua de un esclavista equivale a transformar las relaciones salariales que, a lo largo del planeta, convierten a cientos de millones de personas en auténticos esclavos modernos. Y que todo eso es, ingenuidad absoluta, parte de un mismo proceso.
Lo que sí es cierto es que es infinitamente más sencillo, económico, menos riesgoso y, sobre todo, llamativo, tirar una estatua al agua frente a las cámaras globales que trabajar, sin visibilidad alguna, para que esas relaciones de neoesclavitud dejen de existir en medio planeta. Y es así porque vivimos, desde hace ya un buen rato, en una gomosa sociedad del espectáculo, en donde socialmente “rinde” más ofenderse, indignarse y darse golpes de puño en el pecho mientras nos filman que hacer algo poco estridente en el mundo real, en el mundo de las cosas.
¿Qué quiero decir con “rinde”? Que esa gesticulación funciona muy bien como elemento aglutinador con los otros. Con los otros que piensan exactamente lo mismo respecto a ese tema. Como señal de probidad ante la tribu propia. En un mundo en donde crece la convicción de que la indignación y la “visibilización” son la manera más adecuada de hacer política, no es raro que esa faceta emocional y marcadamente gestual se considere mejor que intentar entender cómo y por qué, a pesar de todos los puños en alto y los golpes de indignación en el pecho, las cosas materiales no han cambiando tanto como nos gustaría para más de media humanidad.
Claro, esa estrategia puede ser usada como herramienta política por cualquiera. Por quienes se consideran “buenos” y por quienes los “buenos” consideran “malos”. Yo creo que no califica como ninguna de las dos cosas: no es una herramienta porque no construye nada y no es política porque no busca consensos ni intenta construirlos. Creo que muchas veces el subidón emocional que proporciona la ofensa, el dolor o lo que funcione como disparador del gesto camina en dirección opuesta a la política: reafirma las identidades tribales en el combate con otras tribus. Cuando se entiende la política como un choque entre tribus irreconciliables, es natural que el disenso se perciba como un ataque. Y las diferencias como taras que tienen los de la tribu de al lado.
Ese martillo emocional y moralizante fue utilizado durante décadas por conservadores de todo tipo: las mujeres eran unas atrevidas por querer votar, los obreros unos descarados por querer trabajar solo ocho horas y tener un día de descanso. Mujeres y obreros eran unos inmorales por reclamar eso. En Uruguay, durante los últimos 15 años ese mecanismo de ofensa/indignación/moralización en torno a un tema fue usado de manera discrecional por los sucesivos gobiernos progresistas. Y tengo la impresión de que esa forma de encarar los problemas políticos o la charla pública termina cerrando el debate y obturando las alternativas: casi cualquier cosa puede ser señalada como escandalosa o inmoral y, según esa lógica, descartada del espacio público.
Y es justo ahí que este asunto conecta con el affaire Rafa Cotelo y los dichos de un personaje suyo. Si hay quien considera razonable llevar a la justicia los dichos de un personaje de ficción, algo tendrá que ver la política que se ha empujado en las últimas décadas, la que le dice al ciudadano todo es, antes que nada, un combate entre símbolos. Un mantra repetido hasta el punto de no poder distinguir los dichos de una persona de los dichos de un personaje. Que es más o menos como creer que Robert de Niro debe ser terrible mafioso. Y que si el hombre se ha pasado media vida haciendo de gánster, debería pedir disculpas por todos los muertos que lleva acumulados.
El problema agregado que tiene esta erosión de la idea republicana de la política como espacio común en construcción (la emocionalidad identitaria como único vector político es la voladura del espacio común) es que a la indignación y exigencia de disculpas públicas le sigue casi siempre la exigencia de control: las autoridades deberían prohibir tales o cuales expresiones, controlar lo que se dice y a quién, eliminar del espacio común aquellas cosas que hieren nuestra sensibilidad. Es un juego que todos pueden jugar y que, de hecho, lo vemos, todos juegan.
Una política centrada en los símbolos tiene ventajas innegables para el statu quo, sea este el de hoy o el de hace seis meses: mantiene practicamente intactas las relaciones de poder que existen en el mundo material, mientras la ciudadanía se enrosca en debates sobre estatuas, chistes, límites de los chistes y destinos de las estatuas. Si yo fuera un político (Dios me libre) pondría todo mi esfuerzo en convencer a mis votantes de que la solución que me reclaman para los asuntos públicos es pegarles patadas a los símbolos que representan esos asuntos. Y en hacer declaraciones rimbombantes sobre lo malos que son los de la tribu que sostiene esos símbolos, mientras en el mundo real todo sigue más o menos igual.
Uno supondría que en este momento esa forma de entender la política debería retroceder. Después de todo, un virus invisible pero muy material mató a cientos de miles en todo el mundo, nos mandó a casa durante meses y dejó las economías patas para arriba. Sin embargo, la inercia acumulada tras décadas de adjudicarles centralidad a los símbolos está resultando más poderosa que la materialidad del virus. Y entonces le reclamamos penalmente a De Niro por aquellos que mató en las películas que hizo.
De yapa y como corolario, asistimos a la implacable moralización de cada aspecto de nuestras vidas y nuestras acciones. Una moralización que cada vez más toma la forma del escarnio público: el que se mueve del rebaño, cualquier rebaño, es señalado como inmoral y debe arrepentirse ante todos, como hacen los corderos culpables. No deja de ser un avance, hace no tantos años el díscolo era desmembrado en la plaza del pueblo.
Quizá esa vía, moralizante e indignada, que no muestra demasiado interés por la construcción de zonas comunes y se contenta con patear símbolos mientras identifica chivos expiatorios, no sea el mejor camino. A menos, claro, que el plan sea viajar de vuelta hasta el siglo XVIII, década más, década menos, hasta ese instante del que hemos venido intentando escapar durante toda una modernidad.