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    Poderoso caballero

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2081 - 23 al 29 de Julio de 2020

    Jeffrey Epstein, el multimillonario estadounidense acusado de tráfico y abuso sexual de menores, fue encontrado muerto el 10 de agosto de 2019 en su celda del Centro Penitenciario Metropolitano en Manhattan (Nueva York), donde esperaba juicio por tráfico sexual de menores. No están del todo claras las circunstancias de su muerte.

    Poco tiempo después y a 8.500 Km de distancia, el cuerpo de Aldana Bonsignore, una adolescente que era explotada sexualmente y que había desaparecido días antes, fue encontrado flotando en el arroyo Solís Chico. La joven había denunciado a un hombre mayor por explotación sexual, sin resultado ni respuesta de las autoridades. No están del todo claras las circunstancias de su muerte.

    Más allá de compartir un final violento que por el momento se tipifica como suicidio en ambos casos, los dos formaron parte de tramas de explotación sexual de menores, en el caso de Epstein como abusador y proveedor de abusadores, y en el caso de Aldana como abusada. Tramas que, salvando distancias y magnitudes, fueron convenientemente ocultadas, escamoteadas, silenciadas a fuerza de influencias y dinero para evitar la condena penal y social.

    En el 2003 Vicky Ward, una periodista de la revista Vanity Fair, buscaba datos sobre el misterioso señor Epstein para una nota de jet set y, un poco por casualidad, da con el testimonio de dos hermanas abusadas sexualmente en su adolescencia por el millonario, a fines de los 90. No sin esfuerzo convence a las mujeres de hablar, a pesar del miedo logra entrevistarlas y, cuando la nota está lista, Epstein y sus millones y sus métodos mafiosos compran el silencio de la revista con billetes y amenazas. Finalmente, la nota es publicada en un tono casi apologético, sin el menor rastro de aquella desagradable e incómoda historia de pedofilia. Esa forma de torcer la investigación de un medio es solo una muestra, una ínfima prueba de la impunidad que el hombre de negocios compró a lo largo de los años tanto para él como para sus influyentes “invitados” en el festín sexual. Antes de esto, en 1996, las hermanas abusadas habían intentado plantear la denuncia ante la Policía de Nueva York y ante el FBI, sin que el caso prosperara ni volvieran a citarlas.

    Silencio de las autoridades, el mismo silencio que en el caso de Aldana Bonsignore.

    Dos años después de la nota que nunca salió, en el 2005, los padres de una jovencita denunciaron ante la Policía del estado de Florida que un hombre, con el pretexto de recibir un masaje a cambio de 300 dólares, había hecho conducir a su casa a la niña de 14 años e intentado abusar de ella. ¿A qué no imaginan quién era el hombre? Sí, era él, Epstein. Pero esta vez la policía, a pesar de todas las intimidaciones e intentos de soborno, hizo una investigación larga y exhaustiva, plagada de dificultades e infidencias, y consiguió los testimonios de 34 menores de las que había abusado. La mayoría provenía de entornos “vulnerables”, aunque no necesariamente.

    Pero ya sabemos que de dólares está empedrado el camino a la impunidad. Entonces, a espaldas de la policía y de las demandantes, el fiscal federal de Miami llegó a un insólito acuerdo de culpabilidad con el acusado, que ganó su inmunidad penal y la de sus cómplices. Tendrían que pasar todavía 15 años para que el juicio se reactivara y se lo encarcelara, en julio del 2019.

    A casi un año del juicio que llevó a Epstein a prisión, en Uruguay se develó el caso más grande en la historia de abuso sexual de menores: la Operación Océano. Si bien todavía no se conocen demasiados detalles parecería que la madeja empieza a desenrollarse a partir de la muerte de Aldana Bonsignore, de los contactos y conversaciones de WhatsApp encontrados en su celular. Los formalizados por explotación sexual adolescente son empresarios, políticos, exjueces, educadores, hombres que pagaban con dinero, regalos, drogas, paseos, viajes a cambio de explotar sexualmente a niñas y adolescentes en situaciones de vulnerabilidad, aunque no necesariamente.

    Al día de hoy se han identificado 15 víctimas y 21 presuntos victimarios, aunque las cifras son provisorias. Como en el caso de Epstein, ninguno de los imputados admitió el delito y se excusaron diciendo que no sabían la edad de las adolescentes o que les habían mentido diciéndoles que eran mayores. Era de prever que la responsabilidad terminara recayendo sobre las víctimas.

    Muchas coincidencias, ¿no?

    Porque la explotación sexual infantil y adolescente tiene patrones que se repiten en el mundo entero: las denuncias de las víctimas son misteriosamente silenciadas; los victimarios tienen cierto poder social o económico; los delitos quedan impunes porque los procesos son largos y las acusaciones difíciles de probar. Muchas, demasiadas veces, la responsabilidad termina recayendo en las víctimas a las que no se les ofrece protección o se desprecia su testimonio, tal vez porque todavía somos tributarios de un paradigma que carga en las niñas o adolescentes la responsabilidad de lo que han vivido.

    Quiero terminar con el relato de una escena tan real como inverosímil.

    Es el año 2009, es una lujosa gala de la Fundación Clinton, que recauda fondos para luchar contra la trata de personas (sí, lea bien: contra la trata de personas). Un funcionario judicial entra en la fiesta y se dirige a una mujer, la mujer es Ghislaine Maxwell, la novia de Jeffrey Epstein, y la citación que el empleado de la Justicia le entrega es para comparecer en el juicio de su novio por... trata sexual de menores.

    El guionista de Dios nunca se aburre.