N° 1673 - 02 al 08 de Agosto de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos antiguos manuales de retórica, siguiendo consejos de Aristóteles, separaban los bienes de la persona en tres clases, a saber: bienes sociales o exteriores, bienes del cuerpo y bienes del alma. Entre los primeros se encuentra el país, su régimen político, los familiares, la educación recibida, la gloria conquistada, la riqueza adquirida; a la segunda categoría pertenecen lógicamente la salud, la fortaleza, la belleza, la agudeza de la sensibilidad. Finalmente, conforme siempre a lo que los maestros de la segunda sofística y más tarde Quintiliano aconsejaban a sus discípulos en el arte de la oratoria, se entendía, como premisa, como dogma, que es privativo de la noción de bienes del alma la observancia de las virtudes, los sentimientos de grandeza y todas las actitudes derivadas de la buena conducta, tales como las acciones altruistas, las miras puestas en el interés público, la conducta valerosa, el consejo adecuado a cada circunstancia, la medida impecable y eficaz para alcanzar los mejores resultados en toda empresa, la altura de los objetivos.
Para Marco Tulio Cicerón, que se educó en esas admiraciones, es un crimen sin posibilidad de perdón confundir o asimilar esos campos que siempre deberían estar convenientemente diferenciados. Sin embargo, no se engaña el filósofo; creía, como enseñaba entonces la tradición, como bien lo había establecido el estagirita en su Gran Ética, que la vida del hombre ha de ser integral y armónica y por tanto no debe despreciarse ninguno de los bienes; creía que el respeto social y la buena salud y la satisfacción de las necesidades elementales para la vida constituían valores a conservar. Sólo que insistía en el imperativo de ponderar, de jerarquizar, de establecer un orden de importancia; si bien la vida es algo que ocurre indivisible y simultáneamente en los tres mencionados campos, ningún hombre recto puede escapar a la responsabilidad de elegir aquello que es y que quiere ser, aquello que lo define, que radicalmente lo identifica.
La sexta y última de las paradojas que legaron los estoicos y que desvelaron el afán docente de Cicerón afirma casi en las fronteras de la provocación que “sólo el sabio es rico”. Ninguna bandeja cumplió jamás tan buen servicio como este aforismo en el apetito moral del pensador romano; y no es casualidad que dejara para el final de su ensayo esta frase, pues viene a cuento para cerrar, como resumen o conclusión, todo lo que estuvo exponiendo hasta entonces. La búsqueda de la verdad y del bien, el promedio absoluto de la felicidad, el trato racional con las pasiones, el amor hacia lo más alto y lo más lejano, y la afirmación de la vida como un acto moral constituyen, quién lo duda, asuntos importantes. Pero todos ellos terminan por inclinarse sobre el concepto de esta proposición que los maestros del Pórtico pusieron por encima de todas, como para significar qué es lo que marca la frontera entre la existencia auténtica y su desleída sombra, que a menudo nos distrae con tanta o mayor severidad, como si se tratara de lo verdadero, de lo que importa.
El argumento de Cicerón descansa en el sentido preciso que le confiere al eje dialéctico riqueza-menesterosidad. De ahí el sentido de la interrogación retórica con que principia su demostración: “¿A quién entendemos por rico? ¿Quien es aquel a quien se da este nombre?”. Su primera respuesta es genéric y marca el espacio sobre el que habrá de desarrollar el concepto: “Creo que a aquel que tiene tantas posesiones que se contenta con facilidad para vivir honradamente; que nada busca, nada apetece, nada más desea”. Enseguida pasa a la enumeración de hechos, a esa parte del discurso que sirve para disipar ambigüedades o falsas excepciones y que a la vez –esto me parece importante y también divertido—oficia de excusa para mencionar reproches o acusaciones sin que parezca un enfrentamiento directo. Al igual que muchos de nosotros, el filósofo debió lidiar contra la intolerancia y contra la estupidez reinante, dos especies que, además de suceso, igual que hoy, resultaban altamente populares.
Por eso asegura de modo aparentemente casual o enredado algo que deliberadamente piensa, que es muy directo pero que forzosamente, por el bien de su buena salud corporal, debe hábilmente disimular: “Si todos los días defraudas, engañas, pides, pactas, quitas y robas; si hurtas a los aliados, si despojas el erario (…) pregunto: ¿Estas son señales de abundante o de necesitado?”
Los gobernantes corruptos, los gobernantes incapaces, los gobernantes que no son dignos de su investidura y de la confianza que se ha depositado en ellos en todas las épocas se dan por aludidos cuando se mencionan estas abominaciones. A Cicerón, como era de esperar, finalmente le costó la vida decirlas, pero el sacrificio no fue en vano: la república romana, es cierto, cayó, sus instituciones fueron pisoteadas, sus jueces vendidos y comprados en subasta pública, pero el sacrificio tuvo la virtud de impedir que el menoscabo fuera premiado por el olvido.