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    Una nueva candidatura en el Partido Colorado

    Sr. Director:

    En estos días la prensa ha informado que en la interna del Partido Colorado se está gestando un movimiento para presentar la candidatura del general (R) Pedro Aguerre para las próximas elecciones. Desde tiendas batllistas se ha saludado calurosamente esta nueva incorporación y todo hace pensar que el citado militar devenido en novel político estaría transitando por un carril probablemente de centroizquierda, al menos a juzgar por sus antecedentes.

    El general Aguerre fue comandante en jefe del Ejército en el gobierno de José Mujica. Es un hombre inteligente, con intención y capacidad de promover la reconciliación social que tanto necesita la República. Cuando se hizo cargo de la comandancia del Ejército recordamos que habló de la necesidad de tender puentes en el entramado social. Lamentablemente su llamado no tuvo eco en las altas esferas y hoy ha decidido bajar al ruedo para ofrecer su nombre dentro del Partido Colorado.

    El suyo es un gesto de grandeza republicana que nos enaltece a todos los uruguayos. Porque si lo que este militar estuviera buscando fuera una distinción política para proyectarse personalmente luego de la culminación de su carrera militar, le hubiera resultado mucho más fácil hacerlo dentro del Frente Amplio, fuerza política mayoritaria, donde seguramente hubiera tenido una rápida acogida. Pero optó por el Partido Colorado, porque probablemente reconoció en esa vieja colectividad histórica su potencialidad como factor de restauración de la tradición democrática, republicana y laicista que ha distinguido a nuestra patria a lo largo del tiempo, en el concierto de las naciones de la región y del mundo.

    No decimos nada nuevo si afirmamos que el Partido Colorado y el Batllismo parecían haber agotado su capacidad de renovación y lo único que había acontecido en los últimos 20 años había sido la aparición de Pedro Bordaberry como figura distinta, mientras que en el resto de la colectividad lo que se había dado era un realineamiento de aquellas figuras surgidas luego de la dictadura que se habían ido desgastando en el ejercicio de tres difíciles períodos de gobierno, salpicados por diversas crisis que culminaron con el fatídico período que le tocó presidir al Dr. Batlle, abrumado por la aftosa y la crisis financiera trasladada fundamentalmente desde la Argentina a nuestra tierra.

    Después de 2005 el gobierno le fue confiado al Frente Amplio y el Partido Colorado quedó relegado al tercer lugar, detrás del Partido Nacional. A pesar del inesperado viento de cola, producto de la coyuntura mundial que trajo una bonanza económica como el país no conocía desde la época de posguerra en el siglo XX, la situación social se ha ido degradando de tal modo que cuesta encontrarle remedio.

    Frente a esta nueva candidatura, muchos pensamos que ha surgido una esperanza. Porque el viejo Partido Colorado y el Batllismo pueden, al influjo de esta corriente renovadora, convertirse nuevamente en el vehículo para reencauzar a nuestro querido país por el camino que no debió perder.

    Wilson Ferreira Aldunate decía con cierta ironía, pero con una buena base de acierto, que el verdadero partido político de nuestra tierra era el Partido Nacional porque, según él, el Partido Colorado había estado mimetizado con el gobierno de la República durante la mayor parte de su historia. Y más allá de la picardía política que estas afirmaciones encerraban, entendemos que las mismas reflejaban la realidad. Una realidad que nos mostraba que cada vez que el Uruguay estuvo en problemas, los uruguayos le confiaron el timón del barco al Partido Colorado, y en el siglo XX esa responsabilidad fue mayoritariamente del Batllismo.

    Wilson dijo también, cuantas veces lo quisieron oir, que si algo distinguía a la nación uruguaya era que constituía una comunidad espiritual. Y ese concepto kantiano es una espléndida pincelada para describir a la sociedad uruguaya. Esta “comunidad espiritual” que armoniza espléndidamente, como pilares fundamentales, el republicanismo, el liberalismo y la laicidad, fue consolidando una República excepcional en el continente. Parafraseando a Aron, digamos que nuestra República se inserta en esa “grandeza de Occidente”, de una forma que no lo hace ninguna otra nación latinoamericana.

    Hoy en día nuestra República laica y liberal se encuentra golpeada y maltrecha, y no solo por la acción de quienes ponen en tela de juicio sus fundamentos doctrinarios, desde visiones tan ultramontanas de la realidad religiosa como las del siglo XIX, aunque con ropajes más modernos, sino también por la acción disruptiva de quienes desde el campo político y muchas veces con posturas materialistas y opuestas a lo religioso o espiritual, so pretexto de defenderla, la socavan con actitudes tan fanáticas y fundamentalistas como las de base religiosa.

    Esa suerte de parálisis, o de pérdida de los reflejos que supo tener el Uruguay republicano hasta por lo menos mediados del siglo XX, que lo mantuvo al margen de aquella corriente populista que llevó a muchos países de América Latina al autoritarismo y la dictadura, explica en parte el descaecimiento de la educación y el deterioro de los valores y de la convivencia ciudadana. Lo que ha llevado a que distintas áreas de la capital y de algunos departamentos aledaños se hayan convertido en las llamadas zonas rojas, adonde la Policía encuentra enormes dificultades para ejercer su función y a los ciudadanos honestos y trabajadores, que viven en ellas, les resulta cada vez más difícil sobrevivir. Ya que no se puede llamar de otro modo a la peripecia vital cotidiana en la que se encuentran inmersos esos ciudadanos, mientras buena parte de la sociedad mira distraídamente para otro lado.

    Se ha difundido que el general Aguerre hará conocer su propuesta el 19 de junio, fecha en la que los uruguayos homenajeamos a José Artigas. Hacemos votos para que el espíritu artiguista ilumine a este nuevo combatiente que se suma a la lucha de las ideas y que viene al rescate de la República.

    Gastón Pioli