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    Vándalos de la lengua

    N° 1849 - 07 al 13 de Enero de 2016

    En algún momento los documentos o artículos periodísticos que archivamos resultan útiles. Esta semana, luego de leer varias notas y actas judiciales, me acordé que tenía un antiguo trabajo de las profesoras Élida Tuana, María Carbonell de Grompone y Elena Lluch sobre ortografía. Pese al tiempo y a la degradación creciente sus razonamientos son válidos.

    Según las docentes existen cuatro mil palabras —las más usadas—, que cubren 97% de cualquier texto, y mil que abarcan el 85%. Para mejorar proponen enseñar a escribir bien las mil más usadas. Equivale a dejar de lado las generalizaciones e ir concretamente a las palabras. Los especialistas podrán o no coincidir, pero cada vez con más frecuencia, en esas mil palabras se repiten errores que, para peor, se justifican o publican sin las aclaraciones que evitarían que el lector los tomara como correctos. No considero lo que arbitrariamente llamo “hablar con faltas de ortografía”: tendríamos que amordazar a varios en radio y TV y hacer un manual de advertencias sobre el mayor depredador: el mujiquismo barriobajero.

    El nivel educativo incide, pero no demasiado. Los horrores se constatan en gobernantes (basta leer algunos proyectos de ley), profesionales universitarios, periodistas y dirigentes gremiales. Hace unos días, César Di Candia —que fue un exigente editor periodístico— me expresaba su preocupación por la ortografía y la sintaxis.

    Hay sentencias, y especialmente actas de audiencias judiciales, que son ejemplos terribles pese al corrector en las computadoras. No las escriben jueces, que también meten la pata, pero al firmarlas, presuntamente luego de leerlas, se hacen responsables. Los culpables son los funcionarios que las redactan y que, presuntamente, tienen educación secundaria aprobada.

    Pregunté por esas omisiones y estalló el corporativismo: “El trabajo es mucho y no hay tiempo; eso no es importante, lo importante es el contenido”. Cuando un acta lastima los ojos algún juez, conmovido, la enmienda a mano. Y así quedan para la historia en los archivos: con tropezones ortográficos y una sintaxis que convierte en abstrusos algunos textos. Aun para especialistas. Una anécdota le atribuye al extinto político y profesor de Derecho Procesal Enrique Tarigo, haber leído una sentencia y al concluir, desconcertado, le preguntó al abogado de la otra parte: “¿Ganaste vos o gané yo?”.

    Me comenta un profesor de Derecho de la Universidad de la República que algunos de sus alumnos escriben hoy parte de sus trabajos sintetizando frases con las medias palabras de los mensajes de texto. Lo combate “pero es una batalla desigual. Lo han incorporado como hábito”, se lamenta. No es el simpático y tierno “Humor en la escuela” del maestro Firpo. Es el horror en la Universidad.

    Entre varios recortes con errores que tengo para archivar voy a citar cuatro.

    A fines de noviembre el primer equipo de Danubio ingresó a la cancha con una pancarta y posó para la foto. El texto decía que la institución “felicita a sus diviciones inferiores por la obtención de la tabla general 2015”. Estaba impresa por profesionales y se presume que lo vieron varios que pudieron corregir el vocablo divisiones : se escribe con “s” y no con “c”.

    ¿Qué ocurrió cuando se hizo público? La directiva de Danubio se disculpó pero —fútbol al fin—, hizo un esquive: dijo que la pancarta la llevaron “allegados” a las divisiones juveniles antes del partido y ellos no tuvieron tiempo para revisarlo. El habitual “yo no fui”.

    Como los “allegados” quedaban pegados, justificaron la mala ortografía en errores “involuntarios” (bueno sería que fueran voluntarios) cometidos por “anónimos que trabajan por los clubes deportivos del país”: casi héroes. Mucha cháchara para quedar bien con Dios y con el diablo. No vaya a ser que la barra brava se enoje.

    La semana pasada una nota de Montevideo Portal referida al pase de Santiago Silva a Banfield de Argentina decía que el jugador tiene una trayectoria que abala su trabajo. No avala la ortografía.

    Hace un tiempo en una nota de “Sábado Show” de “El País” la ¿vedette? Serrana “Chocolate” Sequeira se quejaba de la inseguridad callejera; le robaron de su auto una radio y un par de championes. Decía que por ello tiene ganas de irse del país.

    La nota reproduce sus expresiones en Facebook: “Arta de tanta inseguridad! Arta de los malandras, pastabase, delincuentes!!! Mientras tanto seguimo’ trabajando pa’ mantenerlos! Cada vez mas ganas de dejar este País… Se robaron la radio del auto un par de championes talle 35 que ojalá terminen en piesitos que los necesitan mas que yo, no a cambio de unos pocos pesos que seguro serán mal gastados en cigarros, alcohol o pasta…”.

    Ochenta y dos palabras, tres faltas de ortografía, dos repetidas y algo más barriobajero. También importa —lo destaca la nota— que “Chocolate” sea “maestra jardinera”.

    Si se fuera del país privaría a los uruguayos del placer de mirarla, pero su partida puede beneficiar a los alumnos de jardinera al evitar que se contagien de su ortografía.

    Esta semana en “Sábado Show”, en una disfrutable nota sobre Enrique Yanuzzi, la periodista dice que trabajó en “Pepe Color”. Se refiere al histórico diario “BP Color” y no a uno del multicolor ex presidente. No es ortografía ni sintaxis. Es historia.

    ¿Alerta sanitaria por la basura en las calles? Sí, pero también alerta sanitaria por la degradación de la lengua. Para eso no se le puede pedir ayuda al Ejército.

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