Nº 2080 - 16 al 22 de Julio de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTodavía recuerdo claras las imágenes del tsunami de Japón en 2011: las casitas siendo arrasadas, los barcos flotando entre los edificios hasta empotrarse debajo de un puente, los pocos que lograban darse cuenta de lo que se venía encima dando la vuelta en sus coches, intentando escapar de la gigantesca ola de agua negra que se llevaba todo a su paso. Esa sensación de que todo viene siendo arrasado por una especie de fenómeno natural fuera de control, barroso, sin conciencia ni identidad, me viene cada dos por tres cuando veo la ola que se expande, irracional y ahistórica, por todo Occidente. Esa ola que propone la vuelta a la tribu como unidad de medida de todo, que se alimenta de las peores fobias y filias que se exhiben en las redes sociales, una ola neopuritana e identitaria que es un ataque frontal a la razón, como lo fueron los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX. Y todo en nombre del bien, faltaría más.
En su carta de renuncia al New York Times, la periodista y editora Bari Weiss, firmante junto con otros 150 intelectuales del manifiesto publicado en la revista Harper`s en pro del debate abierto, señala algo que es evidente pero que nos cuesta asumir: aunque Twitter no tiene ninguna competencia en la estructura de decisiones del New York Times (ni de ningún medio), es el editor de facto de ese diario (y de buena parte de la opinión pública de Occidente). Twitter es el lugar por excelencia en donde se exhibe, sin el menor pudor, orgullosa de su ira bestial, de su músculo ofendido, la ola irracional que viene cargándose varios de nuestros mejores logros como colectivo: las garantías, la libertad y los derechos ciudadanos.
Es una ola sin identidad justamente porque esa violencia simbólica se ejerce muchas veces desde el anonimato o desde el peso bruto de la masa. Sin reflexión ni meditación, sin tiempo ni distancia. Lo irónico es que desde esa “no identidad” lo que se empuja es un discurso radicalmente identitario que, doble ironía, a pesar de jugar todas sus cartas en el universo simbólico, ya no es capaz de reconocer la diferencia que existe entre realidad y representación. Y entonces pasan cosas como la renuncia de la actriz estadounidense Halle Berry a interpretar a un hombre transexual en un filme que le fue ofrecido, aterrada por el eco de violencia simbólica que despertó cuando comunicó su intención de hacerlo. Con el correspondiente pedido de disculpas que se exige ahora, como se reclamaban las confesiones de culpa en los siniestros Procesos de Moscú. Todo para que una horda de indocumentados que no entiende la idea de “actuar” o “interpretar”, aplauda su genuflexión, satisfecha de haber puesto las cosas en el lugar en que deben estar según su estrechísima visión de esas cosas. Una visión (un balde) que no entiende que actuar es, precisamente, interpretar aquello que no se es.
¿Qué fue lo que cambió en estos últimos años y que ha llevado, entre otras barbaridades, al gesto aterrado de Berry o la renuncia de Weiss? La ya exeditora del New York Times ofrece una explicación: la “verdad ya no es un proceso de descubrimiento colectivo, sino una ortodoxia conocida por unos pocos iluminados, que tienen como tarea informar a todos los demás”. Y agrega: “Siempre me enseñaron que los periodistas eran los responsables de escribir el primer borrador de la historia. Ahora la historia es una cosa efímera, modelada para ajustarse a las necesidades de una narración predeterminada”. Una narración que es escrita precisamente por aquellos iluminados que traen la buena nueva al resto. Una narración que hace buches con la palabra “inclusión”, pero que reclama la “cancelación” de todo aquel que no acepte su mandato de bondad y se anime a pensar algo distinto. Inclusivos pero excluyendo y destruyendo todo aquello que no nos gusta, de manera violenta, arruinando vidas y trayectorias, como si no fuera el año 2020 sino Salem en 1692.
Cualquiera que haya pasado por una clase de lógica (o tenga dos dedos de frente) se podría dar cuenta de la contradicción absurda que implica esa clase de rodillo irracional que coloca lo uno y su opuesto en la misma frase, mientras caza la antorcha de quemar distintos en nombre de la inclusión. Pero no se percibe porque así es como funciona el doblepensar, proceso mental que George Orwell imaginó en su novela 1984 y que se ha reeditado en clave feng shui en nuestros días. Novela que escribió, por cierto, tras experimentar en primera persona la brutalidad psicopática del fascismo y el estalinsimo.
“Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente… Este proceso ha de ser consciente, pues, si no, no se verificaría con la suficiente precisión, pero también tiene que ser inconsciente para que no deje un sentimiento de falsedad y, por tanto, de culpabilidad… Decir mentiras a la vez que se cree sinceramente en ellas, olvidar todo hecho que no convenga recordar y luego, cuando vuelva a ser necesario, sacarlo del olvido solo por el tiempo que convenga, negar la existencia de la realidad objetiva sin dejar ni por un momento de saber que existe esa realidad que se niega”, escribe Orwell en su libro.
La cita es larga, pero vale la pena porque así como resume los mecanismos mentales del IngSoc (acrónimo en inglés de Socialismo Inglés, la ideología del partido gobernante en la novela) y que eran una aproximación bastante exacta de los métodos del estalinismo, sirve como descripción más que adecuada para esa delirante capacidad de incinerar carreras y vidas personales en nombre de la “inclusión”. Y quedarse encantado con uno mismo después de hacerlo, convencido de que quien fue aplastado por el rodillo irracional se lo merecía por ir provocando. Se sabe, con los guardianes de la inclusión no se juega.
Cuando el filosofo húngaro Georg Lukács escribió en 1954 su libro El asalto a la razón, quiso hacer una genealogía de las ideas irracionales que terminaron llevando a Alemania al nazismo. Por supuesto, Lukács no creía que las ideas filosóficas propagadas por una parte de la academia alcanzaran para explicar la barbarie. Pero de alguna parte se había nutrido ideológicamente esa barbarie. Cuando se haga la genealogía de las ideas que llevaron al fin de las democracias liberales, nadie podrá decir que estas cayeron porque millones de brutos y anónimos se dedicaron a destruir carreras y libertades en las redes sociales. Pero que esa ola irracional, narcisista hasta el paroxismo, fue alimentada desde cierta academia y contribuyó a su caída, también será cierto. Una ola sin rostro en donde cualquiera puede proclamarse defensor de todo lo bueno que tiene el mundo y destruir al mismo tiempo buena parte de lo bueno que tiene el mundo, sin siquiera percibir la contradicción. Ventajas del doblepensar.