N° 1808 - 19 al 25 de Marzo de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUno de los cursos que tengo previsto dictar este año tiene como objeto estudiar la perspectiva literaria de Virginia Woolf a través de algunos de sus cuentos más significativos (el de las alfileres de Slatter, el del vestido nuevo, el de la mujer que va a comprar flores aquella fresca mañana en Bond Street porque esa noche tendrá una cena, el que medita acerca de la oblicua caligrafía de la felicidad) y en especial centrarme en la lectura de Las Olas, la novela que por todo asunto dramático recoge el repertorio de monólogos de sensaciones de cinco o seis personajes que participaron de una infancia cercana y ahora de tanto en tanto se cruzan y se identifican. Mientras preparaba las clases me asaltó una verdad que siempre tuve delante de mis ojos y que nunca había logrado encuadrar debidamente, a saber: las grandes novelas de la tradición occidental son menos tributarias de la tiranía del nudo central o dilema, esto es, del tratamiento de una cuestión dramática absoluta, que abiertamente inclinadas a errar por varios estímulos y demorarse con soltura en temas o suertes o destinos que no parecen dependientes de una ilación determinada.
Mi proceso mental fue moderadamente veloz; lo primero que hice fue descartar a Homero, que opera con un par de desencadenantes para levantar sus dos grandes relatos (la ira de Aquiles, la fatal desviación de Ulises) y por lógica extensión también quedaron fuera Virgilio, Dante y Joyce, cuyos personajes son, como Ulises, héroes teológicos, que actúan en exclusivamente mandatados por la crucial misión de alcanzar una meta (respectivamente llegar a Ítaca, fundar en los montes del Lazio una nueva Troya, lograr humildemente la ansiada Beatitud en el canto XXXIII del Paraíso, recuperar el amor y la admiración y el abrazo entrañable de Molly). Eso me dejó el terreno despejado para trazar la lista de las mejores novelas, y ahí también debí discernir, dejando fuera grandes obras maestras caracterizadas por el tratamiento absoluto de un gran tema en base a un argumento con firmes tensores dramáticos: ni Los miserables, ni Rojo y negro, ni Crimen y castigo, ni Midlemarchs, ni En busca del tiempo perdido, ni La metamorfosis, ni Viaje al fin de la noche, ni La muerte de Virgilio, ni Mientras yo agonizo”, ni El revés de la trama podrían, entonces, incluirse entre las buenas novelas caracterizadas por trabajar con episodios huidizos, intermitentes, dispersos. Eso me dejaba apenas un puñado de obras, pero igualmente muy representativas, algunas acaso decisivas en la evolución y excelencia del antiguo arte de narrar.
En mi decantado inventario apenas obtuve seis o siete títulos que participan de esa singularidad, obras que destacan por la irresolución aparente de un tema general pero que se van inmiscuyendo en diversos aspectos particulares con la aparente espontaneidad que es propia de los juegos de azar, de la subconsciencia, de la veleidad. En primer lugar, históricamente al menos, va la novela de Cervantes, que si bien tiene un punto de partida que hace las veces de hilo conductor, dista de ser el álgebra del discurso, dado que poco importa la famosa locura de Quijano como sí las muchas peripecias que sufre a manos de su imaginación y de la piedad y de la maldad de sus vecinos y ocasionales agonistas. En el Quijote propiamente no tenemos más que las salidas del personaje al ancho mundo, pero lo interesante no es que decida salir y por qué, sino lo que le ocurre cuando se somete a la intemperie de sus fantasías. Otra novela donde el deambular define el eje es la alegoría que propone Voltaire con Cándido, que es una suerte de reducción a la máscara de la vasta polémica que liberó el Siglo de las Luces en su pleito con los conocimientos y métodos tradicionales.
Contemporánea de Cándido es la que quizá sea la pieza más interesante de esta familia tan atípica; me refiero a la Vida y Opiniones del Caballero Tristram Shandy, de Lawrence Sterne. De ciertos rasgos de esta novela me ocuparé la semana que viene, y luego también dedicaré alguna columna a la no menos divertida novela que nace de su directa influencia, Los papeles póstumos del Club Picwick. Este texto es treinta años anterior a la concepción de Bouvard y Pecuchet, que culminaría debidamente mi lista si no hubiera sobrevenido el siglo XX y con él un encadenamiento de revisiones y rupturas que darían por resultado cierto capítulo de Ulises aquejado de esta luz de la que estoy hablando hoy, Manhathan Transfer en una medida un tanto menor y con toda efusión y derecho Las Olas.