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Por qué los chismes son necesarios y tan seductores, y dónde están sus límites
Existen desde que el ser humano vive en sociedad y cumplen funciones de regulación emocional, cohesión grupal y control social. ¿Dónde están sus límites y por qué son tan seductores?
La persona en cuestión tenía que interrumpir el barullo de un viernes a la tarde en la oficina para comunicar algo importante a sus compañeros. Por suerte, se le prendió la lamparita y probó con una frase que de aquí en más será su caballito de batalla: “Tengo un chisme”, dijo, y las cabezas de todos giraron hacia ella en una sincronía casi perfecta.
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No importa si es en el trabajo o en una reunión de amigos. Tampoco si lo que se dice o recibe es algo de lo más banal y sin importancia o información decisiva. En todos los casos el chisme tiene el mismo poder de seducción. Por increíble que suene, un simple cuchicheo logra activar el circuito de recompensa del cerebro para que libere dopamina y oxitocina, las hormonas asociadas al placer, el amor y la amistad.
Los chismes son prisioneros de una dualidad: son irresistibles y, al mismo tiempo, considerados inmorales, pecaminosos —“sin leña se apaga el fuego; sin chismes se acaba el pleito”, dice la Biblia—. Se tilda de poco confiable a quien tiene fama de chismoso, pero guardar un secreto se sigue considerando un acto de la más pura lealtad y compromiso, como si lo más esperable y natural fuera salir corriendo a compartirlo con otros.
“No se lo cuentes a nadie”, hay que aclarar cada tanto, no por ausencia de confianza, sino en el entendido inconsciente de que en esencia todos los seres humanos —en mayor o menos medida— somos chismosos.
Según un estudio de la Universidad de California, una persona promedio dedica 52 minutos diarios al chisme, o sea, a hablar de alguien que no está presente o a compartir información que no es ampliamente conocida. Y chismear no es únicamente cosa de adultos: tras analizar a un grupo de niños de diferentes edades en una institución educativa, la Sociedad Británica de Psicología concluyó que se empieza a recurrir al chisme alrededor de los cinco años, ni más ni menos que para protegerse de otros niños y forjar una identidad dentro de un grupo.
Una cuestión evolutiva
Aunque tiene mala fama, el chisme no es bueno ni malo per se. Hay chismes positivos y otros maliciosos, pero ni siquiera estos últimos son considerados del todo negativos, al menos, desde un enfoque psicológico o antropológico. “Cuando se lo mira desde una perspectiva integradora y académica, el chisme tiene su razón de existir, su propósito”, plantea la psicóloga Mariana Álvez Guerra, especialista en psicología positiva.
Básicamente, el chisme existe desde que el ser humano vive en sociedad, y ha cumplido funciones “esenciales en el desarrollo de sociedades históricas”, explica Juan Fernández Romar, psicólogo social y profesor titular grado 5 del Instituto de Psicología Social (Udelar). En la antigua Grecia, por ejemplo, el chisme llegó a ser sinónimo de poder: al no tener jueces profesionales, los tribunales de Atenas se basaban en la evaluación del carácter de los implicados, y los chismosos actuaban con el fin de desacreditar a sus oponentes. Un chisme bien expresado, entonces, podía condenar o salvar a una persona.
En las últimas décadas, el investigador Robin Dunbar se dedicó a mejorar la reputación del chisme; para él, un acto esencialmente humano. Ha dicho que el chisme es una de las maneras en que formamos vínculos en las comunidades, y que aún cuando tiene fines maliciosos “puede ser útil porque permite que la comunidad se vigile a sí misma”, expresó al diario The New York Times.
Históricamente, a medida que los grupos humanos empezaron a crecer en cantidad y a evolucionar, el chisme permitió que los humanos mantuvieran la cohesión del grupo, “incluso cuando había mucha gente”, señala Álvez Guerra. Nada distinto de lo que ocurre hoy en día. Según la psicóloga, cuando dos personas comparten información sobre alguien más, muchas veces se crea una sensación de confianza o complicidad. “Puede fortalecer y profundizar vínculos entre las personas. No necesariamente porque quieran hacer daño, sino porque compartir información genera cercanía”.
CHISME 3
Parte del sentido social y antropológico del chisme radica justamente en eso: su capacidad para mejorar algunas relaciones y establecer vínculos más estrechos, agrega Fernández Romar. Al mismo tiempo, el acto de chismear es una forma de hacerse un lugar, de “preservar un estatus dentro de un pequeño grupo”.
Entre sus tantas funciones, el chisme también ha sido y sigue siendo una herramienta clave para establecer cierto orden en las sociedades, o una forma de aprender cómo funciona el mundo social, dice Álvez Guerra. “Cuando escuchamos historias sobre otras personas, entendemos mejor qué comportamientos están bien vistos y cuáles no. De alguna manera, el chisme transmite información sobre las normas del grupo informalmente”, dice.
Cuando uno sabe que sus acciones podrían terminar siendo expuestas por otros, es probable que sea “más cuidadoso a la hora de comportarse”. En esa línea, Fernández Romar añade que es una forma de control social inmediato que permite mantener el orden grupal, o lo propicia sin mediación de castigo o violencia: “Hay una necesidad continua, intensa, de procesar mucha información para orientarnos en la vida, para orientarnos frente a los demás, establecer consensos, qué está bien y qué está mal, porque las leyes, si las prácticas no las confirman, caen en el desuso”.
Si bien se usan como sinónimos, el psicólogo social subraya que el chisme tiende a tener una connotación negativa, mientras que el cotilleo es un fenómeno más cotidiano, más amplio y puede tener un carácter “prosocial”, en forma de advertencias, consejos o hasta destaques de cualidades positivas de otras personas. En ambos casos, no obstante, se establece “la ilusión de la existencia de un nosotros y ellos” que “fortalece la confianza y aumenta el sentido de pertenencia”, sostiene.
Regulador emocional
Como es obvio, los chismes por estos días ya no pasan solo por el cara a cara. De hecho, gran parte del cotilleo tiene lugar en redes sociales, WhatsApp y otros medios digitales. Para Fernández Romar, existe una relación muy estrecha entre la complejización del mundo, las herramientas digitales y la expansión del chisme. Entre guerras y contextos convulsos en varias partes del mundo, aumenta la dependencia y necesidad de información para procesar realidades más complejas y globales, al mismo tiempo que todo parece ser efímero e inabarcable. Entonces, ¿cómo se maneja esa ansiedad? Hablando, especulando y chismeando con otros. “Cuando uno consigue simbolizar un problema y lo expresa o comunica, eso alivia, porque compartís el problema, vas desarrollando aliados para tu causa, personas que resuenan con tu misma sensibilidad”, apunta.
Más allá del mundo digital, cuando se recibe información que abruma emocionalmente, desde un problema mundial hasta una situación dramática o dolorosa que alguien está atravesando, la persona en general necesita descargarla con alguien “para aliviar y liberar esas emociones fuertes”. En ese sentido, el chisme también funciona como regulador emocional; para el depositario de esta información, compartirla tiene un efecto catártico, ya que libera el estrés y la tensión acumulados.
“No se lo cuentes a nadie”, hay que aclarar cada tanto, no por ausencia de confianza, sino en el entendido inconsciente de que en esencia todos los seres humanos —en mayor o menos medida— somos chismosos.
Pero todo tiene su límite. Por más seductores que sean los chismes, son una herramienta que, mal utilizada, puede ser muy perjudicial. Un falso rumor en perjuicio de una persona —o grupo de personas— o un secreto compartido son apenas dos de las posibles maneras de traspasar los límites del chisme, que pasan de ser una práctica trivial y de cohesión a dañinos y destructivos.
Las fronteras suelen estar naturalmente marcadas por el respeto y la intencionalidad, señala Álvez Guerra. “Considero que el chisme es negativo cuando se trata de esparcir información falsa sobre una persona; si se busca desacreditar a alguien; cuando no se respeta el pedido de confidencialidad de una amistad; cuando se utiliza como una manera de compararse con otros o cuando busca generar división y conflicto en un grupo”.
Pero la práctica hace al maestro, y el mundo del chisme está lleno de expertos. A veces, tan solo un poco de sentido común alcanza para notar si un chisme llega con intenciones maliciosas, con el fin de dañar o excluir a alguien; otras, el tiempo termina hablando por sí solo. La práctica frecuente permite a las personas detectar en quién confiar y a quién evitar cuando de información sensible se trata, apunta Fernández Romar: “Con el tiempo se verá si ese chisme que nos transmitieron se confirma o no se confirma. Si no se confirma, se ve que la intención de quien transmitió la información era maliciosa y aprendemos en quién confiar. Al final tiene una función social, porque reduce los costos sociales de nuestros errores”.
Ellas, ¿más chismosas?
La primera novela de la historia fue escrita por una mujer alrededor del año 1000. La historia de Genji, de la escritora japonesa Murasaki Shikibu, narra la vida y las intrigas amorosas y políticas del príncipe Genji durante la edad de oro de la cultura japonesa.
A lo largo de los siglos, con mucho respaldo del mundo artístico, las sociedades se han encargado de extender el preconcepto de que las mujeres son más chismosas que los hombres. Pero lo cierto es que no hay nada de cierto en esa creencia.
Es verdad que, en comparación con los hombres, las mujeres siempre hablaron mucho más sobre todo lo relativo a las emociones y la vida privada, desde sus relaciones hasta la reputación de personas conocidas, los problemas del vecino o el mal momento que atraviesa una amiga. Sin embargo, numerosos estudios han demostrado que hombres y mujeres chismean por igual. Álvez Guerra cita uno publicado por la revista científica Journal of Gender Studies, que analizó a más de 2.200 personas para ver cuánto chismearon hombres y mujeres en su vida cotidiana. Los resultados mostraron que no hubo diferencia en cantidad entre géneros. “Los hombres también chismean bastante, aunque no lo puedan creer, más o menos al mismo nivel que las mujeres. La diferencia la podemos encontrar en las temáticas”, indica Álvez Guerra. No solo en los temas, sino también en los motivos o contextos de fondo.
A lo largo de los siglos, con mucho respaldo del mundo artístico, las sociedades se han encargado de extender el preconcepto de que las mujeres son más chismosas que los hombres. Pero lo cierto es que no hay nada de cierto en esa creencia.
Para las mujeres, históricamente —y en varios casos, todavía actualmente— el chisme ha sido una herramienta de protección. A esto se refiere Fernández Romar: “Derivado de las diferencias de género, digamos que es una ubicación mucho más vulnerable que la del hombre, y ese cotilleo le ha permitido desarrollar alianzas de protección mutua dentro de su género; establecer alianzas más cercanas con otras mujeres y decidir bandos”.
Al operar por tanto tiempo fuera de los espacios de poder dominados por hombres, este intercambio les permitía crear alertas sobre hombres violentos, fortalecer lazos, establecer redes de apoyo o preventivas y, también, compartir conocimientos de salud, curación y experiencias de vida a través de la tradición oral. Mucho de ese intercambio entre mujeres, que entra bajo el paraguas del cotilleo, ha sido señalado por la sociedad —sobre todo, por los varones— de manera despectiva.
Pero en ambos géneros hay una inversión “muy grande de tiempo en discutir, compartir información sobre temas sociales”, dice el psicólogo social. Mientras que las mujeres tienden a hablar más sobre la vida privada e intimidad, los hombres, en lucha y competencia por la jerarquía, orientan esta práctica hacia todo aquello que pone en juego el estatus y la posición social. Los chismes se centran en quién ascendió, quién perdió mucho dinero en una inversión, qué se compró fulano, cuánto tiempo pasó zutano en el gimnasio, cómo mengano siempre se queda debiendo dinero, etcétera. “Los hombres centran su atención en el comportamiento o la reputación de otros”, coincide Álvez Guerra.
En cualquier caso, todos hemos sido víctimas o victimarios de un chisme, y nos disponemos —a veces, con sumo placer— a estos intercambios tan humanos como inevitables que pueden estrechar lazos y dividir otros, jugarnos a favor o en contra. Culposos, seductores y necesarios, los chismes seguirán existiendo, y de cada chismoso dependerán sus consecuencias.