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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa comparación entre el proyectado aeropuerto de Rocha, ubicado entre dos áreas protegidas —Laguna Garzón y Laguna de Rocha—, y el aeropuerto de Galápagos resulta, cuanto menos, apresurada. El aeropuerto Seymour se encuentra en la isla Baltra, una pequeña isla deshabitada, donde una de las especies emblemáticas es la iguana terrestre. La propia empresa realiza controles periódicos para retirar y reubicar ejemplares que se acercan a la pista.
La situación entre las lagunas de Rocha y Garzón es muy diferente. Según un informe del Centro Universitario Regional del Este (CURE), solo la laguna de Rocha alberga al menos 200.000 aves y constituye uno de los principales sitios de concentración de aves del país. El mismo informe señala que numerosas especies utilizan las lagunas costeras de manera integrada y se desplazan regularmente entre Garzón y Rocha.
Que Corporación América administre exitosamente un aeropuerto en Galápagos acredita experiencia y capacidad de gestión ambiental. Nadie tiene por qué desconocerlo. Pero una cosa es la capacidad del operador y otra, muy distinta, la aptitud de un emplazamiento. Para comparar seriamente ambos casos habría que conocer especies, abundancia, tamaño de bandadas, movimientos, alturas de vuelo, rutas de alimentación y descanso, orientación de las pistas y trayectorias de aproximación y despegue.
Tampoco parece suficiente argumentar que actualmente ya existen vuelos sobre las lagunas. Que haya vuelos puede justificar un mejor ordenamiento y control del espacio aéreo; no demuestra que sea conveniente instalar allí una nueva pista que, por definición, concentrará nuevas aproximaciones y despegues a baja altura. Ordenar los aviones que ya vuelan y construir un aeropuerto son dos decisiones diferentes.
Hay, además, una paradoja difícil de soslayar. El propio argumento oficial parte de reconocer que hoy existen vuelos sobre las lagunas que no están adecuadamente controlados. Si eso es así, la primera obligación del Estado debería ser ordenar y fiscalizar ese espacio aéreo. Resulta contradictorio presentar esa falta de control como argumento para justificar una nueva infraestructura aeroportuaria en el mismo corredor. La ausencia de control actual no convierte al emplazamiento en adecuado; evidencia, antes que nada, una falencia que debería corregirse.
La discusión, por tanto, no debería reducirse a si es posible hacer funcionar ambientalmente bien un aeropuerto. La pregunta pendiente es otra: ¿se ha demostrado que los padrones elegidos, precisamente entre dos áreas protegidas de Uruguay y en un corredor de extraordinario valor ambiental, son el mejor lugar para construirlo?
Luis Castelli
Fundación Lagunas Costeras