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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLe escribo en relación con la reciente nota sobre el informe presentado por la Dinacia y las declaraciones del brigadier general Alejandro Trujillo. Considerar que la construcción de un aeropuerto entre las lagunas Garzón y de Rocha beneficiará a las áreas protegidas adyacentes resulta una premisa simplista y contradictoria.
En primer lugar, argumentar que la infraestructura es necesaria porque hoy existen decenas de vuelos no controlados sobre la zona es trasladar la responsabilidad institucional. Si existen aeronaves y principalmente helicópteros realizando sobrevuelos sobre áreas de alta sensibilidad ecológica y localidades como José Ignacio o las lagunas, esto no responde a la falta de un aeropuerto en ese predio específico, sino a deficiencias en la fiscalización, vigilancia y aplicación de la normativa por parte de la propia Dinacia.
En segundo lugar, carece de sustento técnico y lógico afirmar que la presencia de una terminal aérea a 30 kilómetros de la zona garantice un control eficaz, mientras que la fiscalización desplegada desde infraestructuras existentes a 50 kilómetros —como el Aeropuerto Internacional de Laguna del Sauce— resulta insuficiente. La capacidad de monitoreo del espacio aéreo depende de la tecnología de vigilancia, los protocolos operacionales y la voluntad fiscalizadora de la autoridad aeronáutica, no de erigir una obra de gran impacto ambiental e infraestructura en la franja costera entre dos ecosistemas protegidos.
Asimismo, resulta desacertado recurrir al ejemplo del aeropuerto de las islas Galápagos para justificar esta ubicación. En contextos insulares y geográficamente aislados, dicha infraestructura responde a una necesidad estricta de conectividad física básica, con alternativas terrestres inexistentes, y opera bajo severísimas restricciones de bioseguridad.
En la costa de Rocha, por el contrario, existe una red vial consolidada y hectáreas técnicamente disponibles para implantar un aeropuerto fuera de zonas frágiles, lo que vuelve la comparación forzada e insostenible.
Pretender resolver la falta de control aeronáutico instalando una fuente permanente de perturbación sonora, impacto paisajístico y riesgo para la avifauna entre dos lagunas protegidas es un contrasentido. La protección de nuestras áreas naturales requiere una fiscalización rigurosa del espacio aéreo existente y una planificación territorial responsable que aleje la infraestructura aeroportuaria de los ecosistemas más vulnerables del país.
Como uruguayos, tenemos la obligación de proteger este patrimonio único de Rocha.
Sin otro particular, saluda atentamente.
Juan E. Notaro