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    Violencia en el fútbol

    Sr. director:

    Aquellos que comenzamos a concurrir al fútbol ya bien entrada la mitad del pasado siglo paulatinamente hemos sido impotentes observadores de un lamentable proceso de insidiosa violencia que se fue instaurando en las tribunas, una deleznable situación que hoy alcanza ribetes de enorme gravedad, tanto es así que ya se contabilizan unos cuantos fallecidos. Las barras bravas, conducidas en muchos casos bajo espurios intereses donde impera la drogadicción y el patoterismo, se han apropiado de los espacios que otrora eran ocupados por las familias o los hinchas amantes del buen fútbol y hoy campan por sus respetos.

    Sobre estos casos existen abundantes estudios donde se han derramado ríos de tinta, en los que sobresalen expresas culpabilidades no siempre definidas con claridad dada la profunda incriminación que supone el mayor de los deportes con sus extraordinarios y espectaculares nexos sociales, culturales y ciertamente políticos. A ellos debemos remitirnos deshaciendo una madeja donde ese ejercicio de violencia que intentamos desglosar, buscando alguna expresa culpabilidad, nos muestra que ningún sector vinculado al fútbol posee el don de hallarse siquiera lejano a desafiliarse de poseer sus responsabilidades puntuales o alejar sus partes de la jeringa.

    Dentro de las cúpulas de los clubes algunos connotados dirigentes desde siempre han intentado pasar la pelota hacia otros factores alegando la imposibilidad de contener a estos grupos, sin duda, muy bien organizados. Ello es medianamente cierto, pues alegan que ya poco pueden hacer para detener algo que está lamentablemente instaurado en el folklore partidario atento primero a que las medidas internas no han logrado desembarazarse de los violentos y que, por tanto, poco pueden hacer de cara a intentar algún control sobre las barras.

    Históricamente, ha habido grandes esfuerzos que recuerdan capítulos donde notables figuras como la del benemérito contador José Pedro Damiani, aunado con los presidentes tricolores Ceferino Rodríguez y Dante Iocco, en sus momentos lograron cierto acercamiento con sectores más potables de las barras bravas en busca de morigerar su accionar al otorgarles determinados elementos que a la larga resultarían fallidos por imperio de los cambios de valores que sufren las sociedades a una escala global. Empero, en todo caso subsisten polémicas circunstancias en la vida política de los clubes donde la presencia del dirigente hincha es inevitable y se viene imponiendo con hechos bastante comprobables, pues esa frontera que separa los sentimientos partidarios de lo que significa la responsabilidad institucional, en determinadas circunstancias, se ha obviado, decantando situaciones que denotan por dónde discurre el pensamiento de aquellos que deberían poner freno a enojosas circunstancias.

    Hay algún ejemplo no muy lejano y quizás representativo de cómo se cometen ciertos errores que abonan más este tipo de problemas. Fue cuando un dirigente de uno de los grandes propuso contratar a Felipe Melo, un controversial y mediocre jugador brasileño, de oscuro historial protagonista de hechos de violencia ante el rival de todas las horas. Un “aporte” que poco iba a traer en el tema juego y sí demasiado en lo conductual.

    En suma, resumiendo esta problemática, las dirigencias deben sanear sus clubes afrontando sus responsabilidades puntuales, pues concretamente no existen los Poncio Pilatos dentro del mundo del fútbol.

    Alejandro Nelson Bertocchi