En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
La posibilidad de que Orsi le pidiera la renuncia a Castillo recorrió las principales oficinas del gobierno; algunos de los jerarcas más allegados al presidente consideraban que había que “marcar la cancha” y que para eso era necesario cambiar al ministro de Trabajo
Poder y autoridad van de la mano. Funcionan como dos caras de una misma moneda, como ideas que se retroalimentan. El poder es el concepto abstracto y la autoridad es la forma de ponerlo en práctica. Quien tiene el poder debe recurrir a su autoridad para ejercerlo. O, dicho de otra forma, el ejercicio de la autoridad es el que da un poder determinado a una persona sobre las demás.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Hay excepciones en las que estos dos conceptos no van juntos, aunque muy raras. Son tan pocas que no logran romper con la lógica que necesariamente los asocia. Ocurren en lugares donde los que ejercen el poder lo hacen por la fuerza pero sin una autoridad verdadera, como en las dictaduras, o directamente donde no lo ejercen y otros ocupan su lugar por la espada.
No parece ser el caso de Uruguay, por más que eso sea justamente lo que está en discusión en algunos ámbitos políticos. Porque lo que ha ido creciendo desde que Yamandú Orsi asumió la presidencia el 1 de marzo de 2025 es la idea, fomentada principalmente desde la oposición, de que tiene el poder pero no ejerce la autoridad. No se había terminado de instalar en su despacho del piso 11 de la Torre Ejecutiva y algunos de los referentes políticos blancos y colorados ya estaban diciendo en público que Orsi no era el que mandaba.
Esa idea fue creciendo, con la ayuda de algunos errores cometidos por el propio Orsi y por jerarcas de su entorno. Cada vez fueron más los que asumieron como un hecho que Orsi no manda lo suficiente y que los que manejan el poder en las sombras son el secretario de la Presidencia, Alejando Sánchez, y el prosecretario, Jorge Díaz. A Díaz le pusieron todo tipo de apodos: Rasputin, Monje Negro, Ajedrecista, entre otros. De Sánchez se empezó a decir que era quien realmente mandaba a los ministros y establecía la agenda gubernativa.
Esa idea quedó instalada en una parte importante de la población. Quizás sea uno de los motivos que explican la caída en la popularidad tanto del gobierno como de la figura de Orsi. Muchos uruguayos incorporaron el concepto de una administración débil, dividida y de un presidente que no lidera lo suficiente, que no ejerce la autoridad como debería.
Seguramente por eso el expresidente Luis Lacalle Pou, líder de la oposición, recurrió a los conceptos de autoridad y poder durante su discurso en la celebración de los 190 años del Partido Nacional, aunque sin mencionar a Orsi. Fue un crítica lanzada al viento, sin nombre ni apellido, con la sutileza de un orador político inteligente. “No se puede ejercer el poder si antes no se tiene autoridad“, dijo, motivando un cerrado aplauso de su auditorio.
La interpretación de todos los analistas fue inmediata. No hubo fisuras ni distintos puntos de vista. Era una crítica destinada a Orsi. Lacalle Pou estaba sugiriendo que Orsi no está ejerciendo el poder de la forma indicada porque no tiene autoridad entre sus correligionarios. No manda quien quiere sino quien puede fue el concepto con el que se quedaron los que lo escucharon.
Orsi respondió que no se sintió por aludido. Al otro día del acto de Lacalle Pou le preguntaron expresamente si tenía algo para replicar y dijo que no le parecía que la referencia hubiera sido para él. Se desmarcó de la crítica con rapidez e inteligencia, aunque el solo hecho de que haya tenido que referirse al tema lo ubica en el centro del debate.
El poder lo tiene. Eso a nadie le queda ningún tipo de duda. Obtenido legítimamente, mediante las urnas, y con una diferencia cercana a los 100.000 votos, más abultada que la que cinco años antes había conseguido Lacalle Pou para transformarse en presidente. Nada menor.
La autoridad es un capítulo aparte, aunque la ha ido construyendo. Es cierto que no llegó al lugar en el que está por ser el líder del Frente Amplio. Tampoco hay otra persona que lo sea en este momento. Los tres principales líderes de la izquierda uruguaya, Tabaré Vázquez, José Mujica y Danilo Astori, ya no están y tras ellos hay varios en camino a ocupar sus lugares.
Pero Orsi manda. Tiene que hacerlo desde el lugar en el que está. Desde allí, cuenta además con la oportunidad de construir una autoridad sólida y respetada, de mostrar que puede ser el primero de la fila y llevar a todos por un buen camino. El tema es que tiene que dar las señales indicadas en el momento justo y hacerse respetar, por más que eso le cause algún dolor de cabeza.
El ejemplo más claro de las últimas semanas es el episodio ocurrido con el ministro de Trabajo y Seguridad Social, Juan Castillo, como protagonista. Castillo es un dirigente del Partido Comunista, que ha tenido varias diferencias con el presidente. En concreto, criticó a Orsi al menos en dos oportunidades en público en lo que va del año. La primera fue cuando el presidente visitó un portaviones de guerra norteamericano y la segunda cuando anunció que tanques militares patrullarían las calles de los barrios más inseguros. En los últimos días, Castillo también pareció quedar enfrentado a la cúpula del Poder Ejecutivo en referencia a la posibilidad de decretar la esencialidad de la actividad en el Puerto de Montevideo, aunque esas diferencias quedaron aclaradas.
Orsi había marcado la cancha en un Consejo de Ministros. Les dijo a todos sus secretarios de Estado que está a favor de que cada uno opine libremente pero que, cuando el presidente toma una posición, hay que respetarla. “Si el presidente dice que esto es una copa, es una copa”, enfatizó señalando una copa de agua que había sobre la mesa.
La posibilidad de que Orsi le pidiera la renuncia a Castillo recorrió las principales oficinas del gobierno. Algunos de los jerarcas más allegados al presidente consideraban que había que “marcar la cancha” y que para eso era necesario cambiar al ministro de Trabajo. No pelearse con los comunistas, aliados muy importantes del gobierno, sino ofrecerles un enroque y quitarlos de la cartera de Trabajo, ese lugar tan sensible a las cuestiones empresariales y sindicales.
Orsi eligió el diálogo. Trató de acercar a todas las partes y de no hacer cambios. Al menos por ahora. Pero es probable que los esté preparando. Este o algún otro. Sería una buena manera de mostrar autoridad. Esto no quiere decir que no la tenga pero, ante la duda, siempre es mejor tratar de confirmarla.
El próximo debería ser un año muy distinto para el gobierno de Orsi. Entrará en la segunda etapa, que tendría que ser la de las concreciones y la de los resultados verdaderos. Esa es la única forma que tiene de revertir la situación actual.
Y, para eso, lo que nunca puede estar en duda es la autoridad del presidente, que es quien tiene legítimamente el mayor poder político. Que sea él quien ponga a cada uno en el lugar que le parezca más conveniente, dadas las actuales circunstancias. Debería derrumbar esos castillos que quedaron en el aire. Solo de él depende.