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Clo Dimet, chef: “Me construí a través de la cocina, la meditación y el servicio”

Edad: 55 años • Ocupación: chef, propietaria de Vitaminas Casa de Playa y Café, en Punta del Este • Señas particulares: Se lava la cara antes de entrar a la ducha; es obsesiva con que todos los platos que salen de la cocina sean exactamente iguales; era malísima practicando kitesurf

Redactora de Galería

Dimet es chef, está al frente de Vitaminas Casa de Playa y Café y cocina para clientes internacionales. Heredó el don de la cocina de sus abuelas y asegura que cuando cuando algo le interesa, le gusta “llevarlo hasta el fondo”. Practica métodos como la meditación y la inmersión en agua helada, buscando siempre profundizar en las experiencias. Además, es dueña de un optimismo que la lleva a mirar lo que tiene y agradecerlo.

¿Qué recuerdos guarda de sus abuelas?

Mis dos abuelas eran grandes cocineras, y mi madre también. Mi abuela paterna nos cuidó muchísimo. Siempre había soñado con tener un restaurante; cocinaba como los dioses y su casa estaba llena de gente, risas y platos humeantes. Recibir, cocinar y compartir eran su manera de dar amor. Servía una porción más, acercaba el pan y se aseguraba de que nadie se quedara con hambre. Creo que, sin saberlo, me transmitió esa pasión por la cocina y por todo lo que sucede alrededor de una mesa.

Trabaja en gastronomía desde los 15 años y vivió en distintos países. ¿Siempre tuvo ese espíritu aventurero?

Soy una buscadora. Sentía que el sentido de la vida tenía que ser algo más que casarme, tener hijos, una familia tradicional y un negocio en Montevideo. Quería conocer ciudades europeas, diferentes lenguajes culinarios. Tengo un lado recontra aventurero y otro en el que me convierto en la persona más clásica del mundo. Me gusta que mi empresa esté ordenada, que mis empleados estén cómodos, que todo funcione.

Estuvo al frente de una cocina muy grande en San Pablo. ¿Fue una etapa exigente?

Muy. Soy totalmente workaholic. Es algo que quiero modificar en mi vida, pero no me es sencillo. Me gusta desarrollar conceptos de gastronomía, inventar proyectos nuevos. Para mí, ser chef de cocina no es una ocupación, es mi pasión. Es un privilegio poder vivir de lo que a uno le apasiona, formar gente y construir desde el placer.

Además de estar al frente de Vitaminas Casa de Playa y Café, en El Emir, que ahora tiene un nuevo local en calle Roosevelt, trabaja como chef privada para clientes internacionales. ¿Cómo es esa faceta de su carrera?

Tengo algunos clientes internacionales, hindúes, rusos, argentinos, europeos. En este momento puedo elegir para quién cocino. Por ejemplo, ahora estuve un mes cocinando en Australia. A mí me gusta cocinar desde ese lugar, una cosa muy cuidada. Acá, en el día a día, me gusta más ocuparme de la operación en general.

¿Cuál fue una de las experiencias más insólitas que vivió gracias a la cocina?

Una vez estuve cocinando en Marruecos con tres ayudantes que no hablaban inglés y yo no hablaba marroquí. Nos conectábamos a través de dibujitos, hasta para las compras. Tenía una libretita y dibujaba una cebollita. En Cuba también fue muy desafiante conseguir ingredientes. No había dónde comprar verduras y los vecinos me decían adónde ir. Era toda una cacería de ingredientes.

¿Cómo llegó a la meditación y qué cambios produjo en su forma de vivir?

Tengo un maestro de meditación, Prem Rawat, desde que tengo 23 años. Llegué a él a través de un amigo cocinero que era su devoto. También tenía un tío que lo seguía. La meditación ha sido la herramienta de mayor impacto en mi vida, en los planos emocional, físico, mental y espiritual. Es un lugar adentro tuyo en el que te conectás con vos mismo, donde no interfiere el mundo. No dejás de pensar, pero no estás enfocado en tus pensamientos. Es el lugar al que vuelvo todos los días. Medito siempre de mañana.

También probó prácticas como el método Wim Hof y la inmersión en agua helada. ¿Qué le atrae de esas experiencias?

Tengo una personalidad bastante extrema. Cuando algo me interesa, me gusta llevarlo hasta el fondo. Durante cinco años estuve metiéndome en el mar helado, practico el ayuno intermitente y he incursionado en el vegetarianismo amazónico. Necesito profundizar en los procesos para comprobar, desde la práctica y no solo desde la idea, si los resultados son buenos para mí.

Sus amigas dicen que es una gran anfitriona y que hasta prepara comidas para que sus invitados se lleven. ¿De dónde viene esa forma de cuidar?

Vivo desde un lugar de abundancia y me siento profundamente agradecida. Me gusta estar disponible para mi familia, mis amigos y los equipos con los que trabajo. Al mismo tiempo, elijo con cuidado a quienes permito entrar en mi círculo más íntimo. Creo que la energía merece ser protegida y cultivada, porque no todo en este mundo es paz y amor.

También la definen como alguien con un “optimismo peligroso”. ¿Se reconoce?

Sí. A veces puedo ser un poco negadora, porque adorno mucho las circunstancias y las personas. Siempre miro el vaso medio lleno. El otro día salí a caminar y estaba lloviendo. Por un segundo pensé: “Ay, dejé el auto en casa”. Y enseguida: “¡Qué divino, voy a caminar un poquito bajo la lluvia!”. Me encanta practicar la metacognición, observar lo que estoy pensando. Desde chica estoy entrenada para mirar lo que tengo y agradecerlo.

¿Hay algo que todavía no haya hecho y que tenga ganas de experimentar?

Ir a caminar por Japón. Me encanta el trekking. Hice el camino de Santiago, más de mil interminables kilómetros, y mi próxima caminata espero que sea el Kumano Kod.

¿Hoy está cómoda en Punta del Este o extraña José Ignacio?

Vivo muy en el presente. Cuando tomo una decisión no miro atrás. Tuve 10 años una posada en José Ignacio y, cuando se terminó esa etapa, nunca más volví. Cuando termina un ciclo en mi vida, sea profesional o un vínculo, bajo la cortina. Soy una persona muy desapegada y eso a veces se puede malinterpretar como abandono, pero no es real.