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Wilson Ferreira Sfeir: “Admiro a mi abuelo y es un motor, pero (antes) sentía que era una carga”

Edad: 33 años • Ocupación: Licenciado en Relaciones Internacionales, funcionario de Cancillería y militante político • Señas particulares: su casa es un museo de su familia; de chico medió en el vínculo entre su padre y sus tíos; para él es religioso acampar con su grupo de amigos en Santa Teresa cada Semana Santa

Redactora de Galería

Vivió en Argentina hasta los seis años porque su padre era embajador en ese país. ¿Qué recuerda de ese período?

Mi primer recuerdo es que me hice hincha de Boca. En mi casa eran todos de River. Incluso los funcionarios de la embajada. Pero desde chico fui un poco contreras. Me revelaba contra lo que estaba establecido.

¿Fue hincha de Boca antes que de Nacional?

No, de chico siempre me identifiqué con Nacional también. Las primeras ropas que me pusieron tenían el escudo de Nacional. Y ahí no hubo rebeldía.

Estudió Relaciones Internacionales, ¿por qué?

Empecé la carrera porque quería ser diplomático. Mientras estudiaba entré a la Cancillería como funcionario administrativo y el primer día me di cuenta de que no era lo mío. La vida diplomática es muy complicada. Tener que salir al exterior y volver todo el tiempo no es para mí.

A usted mismo le pasó de niño…

Sí, y de las cosas que más me acuerdo de niño, de los dolores más grandes que tuve, fue el desarraigo. Tenía mejores amigos y amigas en Buenos Aires. Pero perdí contacto y nunca más los vi. No quería volver porque había hecho amistades recontraprofundas.

Al entrar al ministerio se empezó a dejar el pelo largo. ¿Por qué se lo cortó?

Tenía 21 años. Estaba en la etapa de cuestionarme todo. Fue una manera de rebelarme contra la vida que me había tocado. Además, en el ministerio son muy del protocolo y la formalidad. Ver a varones de pelo largo es muy raro. Quería demostrar que hay cosas preestablecidas que no tienen mucho sentido. La imagen importa, pero lo más importante es lo de adentro. Ahí empecé a hacer terapia. Me hizo muy bien. En ese momento solo me presentaba con mi nombre. Me llamaba Wilson, a secas. Mucha gente en el ministerio no sabía mi historia familiar. No lo conté hasta que en un momento alguien me vio en un homenaje a Wilson. Pero por ese entonces no sabía si estaba haciendo política por el legado o porque realmente me gustaba. Decidí frenar un poco y hacerme esas preguntas. Ese tiempo de parate me hizo reconectar conmigo y darme cuenta de que es una actividad que me gusta y elijo, y que es la mejor manera de contribuir a cambiar la vida de la gente. Decidí volver a la política dos años después. Ahí me corté el pelo y dejé atrás esa etapa.

Una vez dijo que con mucha terapia superó el llamarse Wilson Ferreira como su abuelo. ¿Es cierto?

Es así. Me costó. No es fácil. La gente te encasilla. Mi abuelo murió antes de que cayera el Muro de Berlín. No conoció el internet, apenas vio la tele, escuchaba la radio, no conoció las computadoras. Era otro mundo. Entonces fue pesado. Y la terapia me ayudó mucho a separar mi nombre de la figura de mi abuelo, en quien me inspiro mucho; lo admiro y es un motor. Pero sentía que era una carga. Desde chico me presentaba y decía: “Me llamo Wilson Ferreira, pero Aldunate no, ¿eh?”. Con el tiempo lo empecé a ver como algo lindo, como cuando los corredores de atletismo se pasan la posta. Es un legado que se continúa, salvando las diferencias.

Si tuviera un hijo, ¿le pondría Wilson?

Me inclino más a que no. Mi primo Gonzalo estaba por tener un hijo y cinco días antes de que nazca lo llamé y le dije: “¿Te puedo pedir un favor? No le pongas Wilson”. Me dijo que no, que me quedara tranquilo.

Además, es amigo de Aparicio Saravia (descendiente del caudillo blanco), ¿eso es motivo de bromas?

Sí, total, y a veces la gente nos confunde. Nos pasa con Apa, con Jorgito Larrañaga y con Santi Gutiérrez. En Masoller me dicen: “¿Qué hacés, Aparicio?, ¿cómo andás?”. Yo: “Bien”. ¿Qué les voy a decir? Es como que nos ven e identifican que uno es el nieto de alguno. A ellos (los otros nietos) les pasa lo mismo, somos el meme de Spiderman.

¿Qué tiene de su abuelo?

Mi abuela me decía que tengo los ojos brujos del abuelo. “Los ojos que me embrujaron”, decía. Mi papá y mis tíos a veces me dicen que tengo algunos arranques y algunos chistes muy ácidos; un humor muy incisivo como el de él.

A su abuela (paterna) Susana sí la conoció y hasta vivió con ella.

Sí, me acuerdo de que una vuelta hice una previa en casa, y la abuela estaba en su cuarto. En un momento voy al baño y cuando vuelvo no había nadie. Pensé que se habían ido sin avisarme, y de repente escucho unos ruidos en el cuarto de mi abuela, abro la puerta y estaban los 15 amigos míos charlando con mi abuela a las 12 de la noche. Fue muy lindo.

Es muy deportista, ¿concibe su vida sin el deporte?

No. Jugué al rugby hasta los 20 en el Carrasco Polo, y al fútbol hasta hace un año, que me rompí los ligamentos. Y, sobre todo durante la pandemia, empecé a entrenar más seguido. Me gusta mucho andar en bici, salir a correr, ir al gimnasio, colgarme en una barra y hacer ejercicio. Me ayuda a despejar la cabeza y a ordenar los patitos. Son 40 minutos por día o cada dos días que tengo para mí.

¿Le gustaría ser presidente?

Creo que es la ambición y aspiración máxima de toda persona que se dedica a la actividad política. Ser presidente de la República es el honor más grande que puede tener un uruguayo. El tiempo lo dirá, se hace camino al andar, pero sí me veo ejerciendo la actividad toda la vida.