Es nieto de sobrevivientes del genocidio armenio. ¿Se carga con algo de ese miedo de los antepasados en el ADN?
Edad: 53 • Ocupación: Periodista y empresario • Señas particulares: Su segundo nombre, Kevork, significa Jorge en armenio; siempre lleva galletitas en el auto por si le piden ayuda en la calle; tiene en el debe aprender a soldar
Es nieto de sobrevivientes del genocidio armenio. ¿Se carga con algo de ese miedo de los antepasados en el ADN?
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNos quedan cosas de los sobrevivientes que son características de los armenios, o de los descendientes de armenios. Nos queda el esfuerzo, salir de un genocidio es mucho esfuerzo. Nos queda entender que te vas a caer y que tenés que levantarte, no hay opción. Mis abuelos nunca me transmitieron miedo. Eso fue lo que el Imperio turco-otomano, o el Estado turco, quiso imponer: el miedo. El objetivo del Partido de los Jóvenes Turcos, que es el que organiza el genocidio en nombre del Imperio turco-otomano, era imponer el terror. No lo lograron, por eso no me queda miedo del genocidio. Sí me queda aprovechar las oportunidades. Cuando yo era chico una comida típica armenia era el dolma. Dolma es zucchini relleno con carne, arroz y condimentos. Como a todo niño, la parte de afuera no me gustaba, me gustaba lo de adentro. Mis abuelos me enseñaron lo que es un plato de comida: no se elige lo de adentro o lo de afuera, se come todo. Y también me enseñaron a no dejar nada, porque hoy hay, pero no sabés si mañana va a haber. Me hablaban de su propia historia. Hoy es la oportunidad de decirle a alguien “te quiero”, mañana no sabés si la vas a poder tener. Un genocidio deja eso, el aprovechar la oportunidad. Mis abuelos aprovecharon la oportunidad. Nos queda también la sensación de querer proteger. Mi abuelo lo intentó con su familia, pero lamentablemente no lo logró. Le pusieron a toda su familia adelante, la mataron de la forma más bárbara, para que él viera. Y cuando terminaron, que él no pudo hacer nada, le dijeron: “Ahora te podés ir”. Yo heredé ese sentimiento de ayudar de mi padre. A mí me cuesta mucho ver gente que necesite y no darle algo. De hecho, en mi auto llevo siempre galletitas de las que comen mis hijos. Y, cuando en la calle me paran para pedirme, yo siempre saco paquetes enteros. Cuando ayudás, terminás siendo mucho más feliz que cuando solamente querés para vos. La pandemia nos dejó, tristemente, la idea de un egoísmo muy exaltado. Los griegos se debatían sobre la felicidad. Hacían tratados, exposiciones, y siempre la conclusión era que si no hay un bien común feliz, nunca el bien individual va a ser feliz. Y un genocidio te enseña y te recuerda eso.
Su abuelo eligió a su abuela por foto, y la mandó traer a Uruguay. ¿Cómo fue?
Mi abuelo ya estaba en edad de casarse y quería traerse a una armenia, porque era una forma de mantener la identidad. Entonces, elige por foto a Lusanush, mi abuela, y dice: “Me gusta esta mujer”. La mandó traer en barco hasta acá, y mi abuela, escapada del genocidio, cuando le dijeron de irse para casarse con un armenio, pensó: “A donde quieras”. Se llevaron fabuloso; las historias dicen que eran dos tortolitos. Lusanush quiere decir “dulce luz” en armenio. Se ve que el abuelo tenía bastante claro que el nombre simbolizaba algo más en mi abuela. Yo no la llegué a conocer, pero representaba su nombre a un nivel superlativo. Hoy, la hija de mi hermano se llama Lusanush en honor a ella.
¿Qué le enseñó de periodismo su padre, Asadur Vaneskahian?
Todo. Nunca estudié periodismo. Yo aprendí viendo y escuchando a mi padre. Aprendí rigurosidad. Él se levantaba a las seis de la mañana a leer todos los diarios. Y, de paso, escuchaba informativos en AM. Recuerdo que se estaba duchando y tenía la radio hasta adentro del baño. Le llevaba casi cerca de dos horas informarse de todo lo que había pasado. Cuando entrevistaba, siempre buscaba que la noticia fuera la protagonista, nunca él. Otra cosa que me enseñó: no preguntes solo lo que a vos te interesa. Una vez por año, cuando toca la fecha del genocidio, hago un editorial público con todas las letras, totalmente subjetivo. El resto del año no pregunto del genocidio armenio. Ese es mi interés. Y lo otro que me enseñó es que el mejor disco duro para guardar la información lo tenemos abajo del pelo, en el cerebro. Yo no puedo tener papelitos adelante. Sé el orden de preguntas que quiero hacer porque lo estudié, lo preparé y me lo grabo; es un ejercicio. Ahora, si en la pregunta dos que tenía programada, el entrevistado me lleva para otro lugar, yo voy a ir para ahí. Porque de eso se trata también. Otro elemento que mi padre me transmitió fue escuchar al entrevistado.
Es hincha de Peñarol, pero no fanático. ¿Qué cosas que hace en su tiempo libre lo apasionan?
Me gusta reparar cosas, me desestresa. Mi primer trabajo fue vendedor de diarios usados. Había que ayudar en casa como fuera, y yo juntaba los diarios usados que mi padre leía, iba al almacén y los vendía. En aquella época se envolvían cosas con diarios. Mi segundo trabajo fue ayudante de herrero. Tenía 10 años y me pagaron 500 pesos. Estoy contando cosas que hoy son aberraciones. Ahí aprendí manualidad. Hacía de todo, aunque no me dejaba soldar. Hasta hoy no sé soldar. Es un debe que me quedó. Pero sí te manejo taladro, todas esas cosas. Ahora, cuando tengo que reparar algo, es mi momento de desestrés. El otro día se rompió un portón de chapa en casa. Estaba duro, la cerradura no andaba. Me dediqué a pensar cómo hacer para reequilibrarlo, porque era un tema de equilibrio. Me quedó perfecto, es una seda ahora. Y me voy feliz.