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Nombre: Mariana López Brito, alias Marian, la que cocina • Edad: 47 Ocupación: pastelera y tallerista • Señas particulares: trabajó como seguridad de aeropuerto para American Airlines después del ataque a las Torres Gemelas; tiene tres perras salchicha que inspiraron el branding de su tienda de cookies; de cada viaje vuelve pensando qué receta que probó quiere recrear
Era bastante tranquila de niña. Muy. Siempre me encantó leer, muchísimo. También era muy de hacer manualidades. Cosía ropa para muñecas, hacía cerámica, almohadones, cualquier cosa. Me podía pasar horas sola en mi cuarto entretenida con eso. Y ahora, de grande, me doy cuenta de que sigo siendo igual. Me meto en mi mundo y puedo estar horas haciendo algo.
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¿Qué lugar ocupaba en la familia? Soy la más chica de cuatro hermanos. Tres mujeres y un varón. Hubo dos tandas: mis dos hermanos más grandes y después mi hermana y yo, que nos llevamos dos años. Mi madre se casó muy joven, muy de otra época. Y llegué bastante al final.
A los 17 años se fue sola a Estados Unidos de intercambio. Me fui con un programa de intercambio y terminé viviendo un año. Arranqué en Ohio con una familia mormona muy radical y fue una experiencia durísima. Lloraba todos los días. Estaba sola y no existía esto de hablar por videollamada con tu familia. Me sentía fuera de lugar. Después por suerte me cambiaron de familia y terminé en Míchigan, con la misma familia que había alojado a mi hermana años antes. Hasta hoy seguimos teniendo relación.
¿Volvió distinta? Totalmente. Me hizo crecer muchísimo. Volví hablando inglés perfecto, pero más allá de eso, me había cambiado la cabeza. Me acuerdo de sentir que había madurado un montón.
Se muestra muy extrovertida en redes sociales, ¿lo es? Soy bastante tímida. Si llego a un lugar donde no conozco a nadie, me cuesta muchísimo entrar. Pero si estoy hablando de cocina, puedo hablar 10 horas seguidas sin problema.
¿Es obsesiva? No me gusta que me cambien nada de lugar. Las espátulas van donde van. Si me movés algo, ya me desordena la cabeza. En la cocina soy recontraestructurada y organizada. En el resto de mi vida no tanto.
¿Y es tan casera como parece? Más. Amo estar en mi casa. Hay gente que no puede quedarse quieta o necesita salir todo el tiempo y a mí me pasa al revés. Me encanta estar en casa cocinando, leyendo, haciendo cosas. Redisfruto mi tiempo sola.
¿Cuándo empezó a cocinar? Muy chica. Mamá cocinaba muchísimo. Tengo recuerdos de ella haciendo cenas enormes, tomando clases de cocina francesa cuando nadie hacía eso acá. Y mi hermana mayor también cocinaba un montón. Yo crecí viendo eso. Arranqué haciendo brownies, galletitas, tortas infantiles decoradas. Tendría 13 o 14 años. En casa había revistas de decoración de tortas y yo me pasaba horas mirando fotos y practicando.
¿Lo veía como una posible profesión? Ni ahí. Era un hobby. En esa época ser cocinera no era algo que vos pensaras como un futuro posible. Era otra cabeza. Mi padre creía que después de terminar el liceo había que estudiar una carrera seria.
La cocina aparece en su vida como un lugar muy feliz, pero también muy ligado a lo emocional. ¿Sintió en algún momento que cocinar también le hizo bien a usted personalmente? Sí, totalmente. Y es algo de lo que capaz no hablo mucho, pero cuando era adolescente tuve varios problemas con mi relación con el cuerpo y con la comida. Fueron años bastante difíciles, de mucha inseguridad y mucho sufrimiento conmigo misma. Lo pasé bastante sola, además, no lo conté. Y siempre pienso que es increíble cómo la vida me terminó llevando justamente a dedicarme a la cocina. Pero cocinar me sanó muchísimo. Empecé a relacionarme con la comida desde otro lugar, desde el disfrute, desde compartir, desde el cariño que uno le pone a cocinar para otros.
¿Cómo apareció Marian la que cocina? Abrí un blog como una salida creativa. Empecé a publicar recetas y explotó. En esa época Facebook era una bola de nieve y la gente compartía muchísimo.
¿Y cuándo se dio cuenta de que el blog y las redes podían transformarse en trabajo? Cuando empecé a dar clases. Me invitaron a hacer una demostración para 50 mujeres y yo estaba aterrada. Nunca había dado una clase en mi vida. Pero terminé y dije: “esto es lo que quiero hacer”. Me encantaba enseñar.
¿Qué cambió con la maternidad? El tiempo. Tus horas dejan de ser tuyas. Pero con mi marido siempre intentamos mantener nuestra vida como pareja, seguir viajando, que es algo que amamos hacer.
La Navidad parece ocupar un lugar especial en su vida. Me fascina. Navidad, Halloween, Pascua, todo. Me encanta decorar, festejar, cocinar para esas fechas. Siempre digo en chiste que en otra vida fui estadounidense. Pero creo que tiene más que ver con que me encanta celebrar.
¿Tiene hobbies fuera de la cocina? No muchos. Me gusta leer y viajar, pero todo termina conectado con la cocina. Viajo y estoy pensando qué voy a cocinar cuando vuelva.
¿Qué lugar ocupa hoy su tienda de cookies? Estoy recopada. Era exactamente lo que quería hacer. Algo simple, lindo, cuidado, muy mío. Todo el diseño, el packaging con los perros, todo eso lo pensé muchísimo.
¿Tenía miedo de que la criticaran? Aprendí a escuchar menos el ruido externo. Todo el mundo opina: que tenés que vender otra cosa, que tenés que agregar almuerzos, que esto o lo otro. Y esta vez tuve clarísimo lo que quería.
¿Ganó en seguridad con la edad? Sí, totalmente. Antes era mucho más influenciable. Ahora estoy en una etapa en la que sé más lo que quiero y me paro más firme.
¿Qué la hace feliz? Mi casa, mi familia, cocinar, mis perros, viajar. Las cosas simples.