Vuelve Buenos Muchachos. La noticia sacudió la escena a fines de 2025. La banda había actuado por última vez en diciembre de 2022 en La Trastienda. No hubo anuncios. Simplemente dejaron de tocar. Pusieron pausa y sus integrantes continuaron cada uno en lo suyo. Este fin de semana, tras un silencio que duró exactamente 40 meses, Buenos Muchachos volverá al escenario. Y lo hará batiendo su marca histórica de convocatoria, con dos conciertos en el Teatro de Verano, para una cifra cercana a los 10.000 espectadores. La primera fecha está agotada desde hace varios meses. Solo quedan entradas en la platea alta para el 25 (en Tickantel, a 1.600 pesos). De un modo similar a lo que ocurrió con Jaime Roos años atrás, el largo período de abstinencia provocó esta alta demanda por volver a ver en vivo al grupo, que se ganó el extraño y contradictorio sitial de ser, quizá y sin quizá, la banda de culto más popular de la historia de la música uruguaya.
Si bien la formación de Buenos Muchachos ha cambiado a lo largo del tiempo, desde su formación allá por 1991 hasta este 2026 hay tres nombres omnipresentes, Alejandro Fernández, más conocido como Pedro Dalton (le decían Pedro por el picapiedra y Dalton por el malo de Lucky Luke), Gustavo Topo Antuña y Marcelo Fernández, la tríada creativa y espiritual de la banda. El cantante y los dos guitarristas son los padres fundadores. También son los principales creadores del grupo, en la música y en las letras. Aunque no son los únicos. El baterista José Nozar, inamovible detrás de los parches y platos desde 2004, también se ha ganado el título de histórico. Y en los últimos años la labor creativa se extendió a los nuevos —ya no tan nuevos— miembros, con los que el conjunto ha pasado de ser una banda de rock alternativo a un verdadero ensamble de música contemporánea. Con el ingreso de Ignacio Echeverría (bajo), Francisco Pancho Coelho (guitarras) e Ignacio Gutiérrez (teclados), Buenos Muchachos ensanchó de manera considerable su espectro sonoro. El rock sigue siendo uno de los colores principales de los Buenos, sí, pero transformados en un septeto han incorporado una dimensión musical bastante más abarcativa, que llega incluso a sonoridades orquestales. Así, en los últimos años antes de la gran pausa, Buenos Muchachos se transformó en una banda de rock de cámara que consolidó una experiencia en vivo bastante más contemplativa, sin perder su intensidad emotiva ni su potencia rockera.
El relato del origen de Buenos Muchachos en Malvín hace rato que forma parte de la mitología de la música montevideana. De hecho, la recorrida por ese barrio de Montevideo Sonoro, el formato de caminatas musicales conducido por Carlos Dopico, menciona la cercanía de la casa de Antuña, cuyo garaje fue durante años el cuartel general de la banda, con la casa donde se juntaban a tocar los hermanos Ibarburu, también en los tempranos años 90. No menos mitológico es el debut, en 1992, en Juntacadáveres, el legendario boliche del Cordón donde se cocinó gran parte del under rockero y teatral montevideano de aquella década. La Factoría, Amarillo, El Perro Azul y Perdidos en la Noche fueron algunas de las tablas donde se fogueó esta historia.
Junto con bandas hermanas como Trotsky Vengarán, Chicos Eléctricos, La Hermana Menor, Cadáveres Ilustres y Neanderthal, en 1994 Buenos Muchachos publicó sus dos primeras canciones en Criaturas del pantano, el disco colectivo publicado en casete por el sello Perro Andaluz, en el que los Buenos aportaron Jodidos heladeros y Bamma Lamma. En 1995 grabaron el EP Bajo tu piel, con cinco temas, y en 1996 el álbum debut, Nunca fui yo. Todo en casete, y con una pequeña repercusión, acorde a la propuesta sonora inicial de la banda, que proponía un rock radicalmente guitarrero, muy influido por tendencias alternativas del rock anglosajón como Sonic Youth y Pavement, nada fáciles de digerir en términos pop, es decir, muy poco radiables en un tiempo donde la difusión era sobre todo por radio. En el firmamento sonoro de Buenos Muchachos brillaban muy fuerte astros como Pixies, Nick Cave, Tom Waits y David Byrne, junto con algunos exponentes clásicos del punk y del entonces novedoso grunge. Esos son, grosso modo, los cimientos sonoros de la banda.
En 1999 se despacharon con Aire rico (publicado por Ayuí), el primer título de su obra en CD (también salió en casete), que amplió de forma considerable la propuesta musical, con la canción como centro de gravedad. Hay rock, hay noise, sí, por supuesto, pero también hay melodía, hay un importante desarrollo de arreglos instrumentales, y aparece también la figura luminosa de Laura Gutman, la baterista y cantante que aportó un color sensiblemente diferente en esta historia. El sonido no es el mejor, pero el carácter melódico y la versatilidad guitarrera dan forma a muchas buenas canciones. A este disco pertenecen varios de los primeros clásicos de la banda, que siguen presentes en su repertorio y que seguro sonarán en este regreso: Cecilia, De a 2 mejor, Venteveo, Vamos todavía uruguayo, Desestrés, Rocanrolaso y Sin hogar.
La voz de Dalton, imperfecta y visceral, atípica para los cánones vocales habituales pero desbordante de personalidad interpretativa, se transformó en este disco en uno de los principales rasgos distintivos del grupo. Puede ser cálida e íntima, casi susurrada, y explotar en un grito desgarrador que conmueve hasta el tuétano, todo en una misma canción. La amalgama guitarrera del Topo y Marcelo es el otro gran signo de la identidad sonora de este grupo. En gran medida son una sola guitarra tocada a cuatro manos. Nunca tocan lo mismo. Alternan base armónica y rítmica, arpegios y punteos melódicos. Alternan los solos y en muchas ocasiones los contraponen, cada uno con su sonido característico, generando un abrazo guitarrero alucinante.
Buenos Muchachos
Buenos Muchachos en Pilsen Rock, en 2010.
Ricardo Antúnez/adhocFOTOS
En 2001 publicaron, por el sello argentino Ultrapop, Dendritas contra el bicho feo, un disco interesantísimo en lo sonoro, en el que la vocación experimental y la ambición artística los llevó a grabar en Buenos Aires con un productor porteño (Sergio Álvarez). Tiene joyas como Brother Day y Como un feto e incluso un himno como El faro, que sigue estremeciendo hasta hoy cuando Dalton canta ese largo “hay que veeeeeer”. Sin embargo, ese disco para ellos resultó un mal trago y, cada vez que se refieren a él, una mueca de contrariedad se les instala en el rostro, sin ahondar en detalles. La repercusión fue escasa, bastante menor a la de su predecesor. El gran salto ocurriría tres años más tarde.
Camisa lila, corbata verde, saco marrón oscuro, plumas marrón claro, pico grisáceo, ojos amarillos, mirada apática, distante, entre somnolienta y escéptica. La resaca matinal quedó estampada en forma inmejorable en el icónico retrato aviar pintado por Martín Verges Rilla para la portada de Amanecer búho. Es el símbolo visual de un disco que se transformó con rapidez en un clásico de la música uruguaya. Ese bicho que amanece sin dormir ilustra un disco bisagra en la carrera de esta insular banda de rock montevideana. Hay un antes y un después de este álbum publicado cuando empezaba el otoño de 2004.
La gran novedad de ese disco fue He Never Wants to See You (Once Again), el primer gran hit pop de Buenos Muchachos, con su icónico videoclip de aires cinematográficos grabado en la escalinata de la calle Blanes y con los vibrantes alaridos de Gutman rindiendo tributo a P.J. Harvey cuando canta leave my brain, i’m on fire.
Amanecer búho es un disco conceptual, con muchas canciones unidas como movimientos de una misma sinfonía. Es el primer disco del grupo en el que participó ese enorme músico llamado Gastón Ackermann como productor artístico. Su sensibilidad jazzera, coral, orquestal y también rockera, por supuesto, se aprecia en cada compás. Ackermann produjo buena parte de la obra posterior del grupo y es el ingeniero de sonido estable de la banda, tanto en estudios como en vivo.
Buenos Muchachos- Pedro Dalton
Pedro Dalton en La Trastienda, en 2016.
Santiago Mazzarovich/adhocFOTOS
Es un disco desbordante de grandes temas: Ahí voy con sus coros, Partes del campo (parte 2) con su electrizante epílogo punteado por el Topo, Under the Tilo’s Tree, Coral#5 con su hermosa coda coral, Ja Ja Je Je, Iris de morfina, La hermosa langosta aplastada en la vereda, para no seguir mencionando cada una de las 16 canciones. Y por supuesto esas dos poderosas demostraciones de rock llamadas Temperamento y Pavimento del buen muchacho (homenaje a Pavement).
La épica presentación de Amanecer búho en El Galpón, el 18 de mayo de 2004 ante 600 personas que llenaron la sala, significó un gran salto en la convocatoria de la banda. La puesta en escena incluyó un coro de cinco integrantes que acompañó en vivo y todos los músicos maquillados como búhos, con los pelos parados en punta, como el animalito que encarnó conceptualmente el disco. En cada butaca había una máscara de papel con el ave nocturna dibujada en blanco y negro, con los ojos coloreados a mano de amarillo. Una artesanía que fue toda una declaración de amor al público, que por supuesto fue correspondida. Y fue una verdadera presentación: en el primer acto tocaron el disco entero, y en el segundo, tras el intervalo, tocaron temas de su entonces aún breve obra anterior. Fue un concierto memorable, cuyo recuerdo permanece indeleble en la memoria de quienes tuvimos la suerte de ocupar una de esas 600 butacas.
En 2006 llegó Uno con uno y así sucesivamente, que junto con Amanecer búho conforma la cumbre creativa y otro de los mayores logros de Buenos Muchachos. Otra colección de temazos y emociones intensas: En la nada, Y la nave va, ¿Qué hacés João?, Vos más que vos, Villete de oro, y ese notable rock de Orlando Fernández (el hermano mayor de Pedro y Marcelo, líder de Cadáveres Ilustres) llamado Milagros. Mención aparte merece la que para quien esto escribe es la canción de Buenos Muchachos: La isla era un camalote.
Luego de una primera pausa de algunas temporadas la banda volvió al disco y los escenarios en 2011 con el también excelente Se pule la colmena. En los siguientes 10 años publicaron tres discos más: Nidal (2015), #8 (2017) y Vendrás a verte morir (2020). En ese tiempo Buenos Muchachos consolidó una convocatoria que, sin ser masiva, les permitió tocar varias veces en grandes auditorios como el Adela Reta y el Teatro de Verano, donde ahora se produce esta esperada reunión. Pero lo más trascendente es el vínculo que han logrado con una buena porción de su público que asiste una y otra vez a verlos, como un verdadero ritual musical del que es imposible estar ausente. Ese logro, hijo del tiempo, de la coherencia artística, de la honestidad y de la perseverancia, es un valioso patrimonio del que este grupo y su legión de seguidores pueden presumir. Esta historia continúa.