N° 1944 - 16 al 22 de Noviembre de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáBajo el lema “Seas como seas, vamos a la feria” se desarrolla la trigésimo séptima Feria Internacional del Libro de Santiago. El lugar elegido es el Centro Cultural Estación Mapocho, una antigua terminal de trenes construida a principios del siglo XX como parte de las celebraciones por el centenario del inicio del proceso independentista chileno. El edificio fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1976 y un año más tarde dejó de cumplir la función para la que había sido creado.
Tras una cuidadosa remodelación, reabrió sus puertas en 1994. Desde entonces ofrece una generosa planta y cuatro pisos de salas donde se llevan a cabo exposiciones, ferias y todo tipo de manifestaciones culturales que convocan cada año a más de un millón de personas. La belleza del edificio recuperado y su estupenda funcionalidad propensa a la democratización del acceso a la cultura, vuelven inevitable la referencia a nuestra no menos bella Estación Central General Artigas que sufre a la vista de todos una dolorosa decadencia.Como cada vez que visito una feria, siento alegría y desazón. En ningún otro ámbito estoy más segura que entre libros. Con ellos trabajo y en sus páginas es donde mejor me desenvuelvo. Una feria es una dosis concentrada de literatura y cualquiera diría que debería estar a gusto en ese medio. Sin embargo, a pesar del entusiasmo que me produce este aluvión de lectores y textos, hay momentos en que me envuelve el agobio de los excesos y tengo el impulso de salir corriendo. Tanto título publicado me confronta con mis carencias como lectora y con la eterna pregunta: ¿para qué seguir escribiendo?
Por eso, aunque es gratísimo recibir estas invitaciones y la experiencia en todo sentido enriquece, no es menos cierto que la leve angustia que me provocan las ferias es un recordatorio de la relatividad de cualquier supuesto éxito. En estas ferias, el autor se siente a la vez grande y pequeño, toma real dimensión de su obra como una gotita en la vastedad del océano. Incluso a los vanidosos insufribles —de los que viven enamorados de cuanto escriben y se besan cada mañana en el espejo— la feria también les pone coto a su delirio y acomoda en su lugar los desmanes de grandeza.
Ayer asistí a dos gloriosas bajadas de jopo, como me gusta llamar a esas instancias en que la realidad ubica en su lugar a un necio o a un vanidoso. La primera fue a la entrada, donde un autor intentó pasar con bastante prepotencia, aunque no había llevado la acreditación correspondiente. El guardia de seguridad le prohibió el ingreso. El autor dijo en voz alta su nombre. El guardia movió la cabeza, reiteró la negativa y le indicó dónde podía obtener su entrada. El autor se impacientó y cometió el peor de los errores: preguntó al guardia si su nombre no le decía nada. “No, señor”, obtuvo por respuesta.
La segunda instancia fue unas horas más tarde. Estaba tomando un cafecito en el recinto de la feria. A mi lado había una mujer joven, una treintañera que, a la luz de la conversación que ahora narro, resultó ser también una escritora invitada. Conversaba con un hombre, joven como ella. Una periodista con la que habíamos compartido una amable charla un rato antes se acercó. Iba acompañada por un camarógrafo. Preguntó a la escritora joven si podía hacerle una entrevista. “¿Ahora?”, dijo la aludida con displicencia. “Si es posible”, insistió la periodista. “Ay, no”, respondió la escritora, “Más tarde. Ahora estoy cansada”. Sin dispensar más atención que un suspiro volvió a su charla. “Qué pena”, dijo la periodista, “Más tarde no podemos”. Y antes de que la escritora reaccionara, había pegado la vuelta, quizá en busca de otro que estuviera menos cansado y sí quisiera hablar de sus textos.
El escritor no siempre es un buen promotor de su trabajo. A veces por timidez, por natural torpeza o por ese prurito que implica no contaminar el arte con las ventas, hay quienes se sienten descolocados ante un micrófono y dejan la tarea a sus editores o agentes. Y también están los antipáticos, maleducados o engreídos que se creen genios, subestiman a los lectores y tienen hacia ellos desplantes de divos. Están equivocados. Un texto existe porque un autor lo ha creado, sí. Pero solo cuando los ojos del lector se posan en él se produce el milagro de la literatura. Ningún texto sobrevive sin ese ida y vuelta.
En estos días he visto a colegas más o menos renombrados, sentados a una mesita junto al estand de su editorial, a la espera de que alguien comprara su último libro y les pidiera un autógrafo. Es una actividad agradable cuando los lectores abundan, pero se vuelve cruel si pasan minutos y nadie se acerca. No siempre las colas más largas guardan relación con la calidad literaria del autor y sus textos. El público lector puede volcarse hacia propuestas más ligeras, escritas sin oficio ni técnica, vinculadas a fenómenos con amplia difusión en los medios o relatos biográficos de personajes cuya vida genera curiosidad y morbo. Esto es legítimo y aceptarlo es comprender las reglas del juego. No es raro que uno de estos éxitos de ventas dé algo de oxígeno a la editorial y acabe por financiar otros títulos de mayor calidad, aunque menos masivos en su complejidad conceptual o estética.
Pensaba, al despedirme de la hermosa Estación Mapocho, que la invitación a los autores bien pudo haber sido bajo el lema “Seas quien seas, vamos a la feria”.