Cuando médico y paciente son un equipo

Gracias a la medicina convencional, vivimos una vida más saludable, ha bajado la mortalidad infantil y se ha extendido la esperanza de vida. La investigación permanente y cada vez más profunda de las enfermedades que aquejan hoy a las personas, que en muchos casos no son las mismas que las del pasado, sumada a la tecnología aplicada, han hecho que la vida en el siglo XXI sea más larga y de mejor calidad.

Sin embargo, existen ciertas áreas o condiciones de salud que la medicina no ha sabido resolver de la mejor manera, y parece que tiene que ver con el factor humano, nada más y nada menos en una ciencia para la que su razón de ser es el cuerpo humano. Hasta parece una paradoja. Precisamente, la medicina se ha enfocado tanto en el cuerpo, en su anatomía, su funcionalidad, que por momentos ha olvidado que todo es parte de una misma figura humana interconectada, que rige su organismo a través de emociones, estados de ánimo, energía. Hay disciplinas que, de hecho, estudian el origen emocional de las enfermedades, aunque haya muchos detractores que no encuentran base científica en esa afirmación. A pesar de esto, sabemos que la depresión conlleva estados más complicados de la salud, el estrés no es un buen compañero para las dolencias intestinales y la ansiedad puede provocar cualquier tipo de alteraciones en el organismo.

Pero sin irnos más allá de los límites de la medicina, en los últimos tiempos los propios médicos en sus consultorios han empezado a notar que probablemente su formación científica, pragmática e hipocrática les haya hecho perder de vista al paciente en su totalidad. Nada más tranquilizador y reconfortante que un médico te escuche cuando sos paciente, te dedique tiempo, pregunte, se interese y empiece a investigar por otros lados, rastreando síntomas que uno como enfermo ni se había imaginado que podían tener alguna conexión. Lamentablemente, en el sistema de salud que tenemos, los tiempos del mutualismo no son los tiempos del paciente. Cuando se necesita prisa (en patologías que no son de vida o muerte, pero que sí afectan fuertemente la vida diaria de la persona) no la hay, y cuando se necesita tiempo de calidad dedicado al estudio de una situación tampoco lo hay.

El punto es que hay una corriente de médicos que se han alineado a una vertiente que busca tener un acercamiento más humano al paciente. Entre ellos están los que practican la naprotecnología o tecnología de procreación natural. Consiste en una ciencia reproductiva que, a diferencia de las técnicas de reproducción asistida, busca cuáles son las causas de la infertilidad de la pareja para intentar solucionarlas con los tratamientos médicos pertinentes. Después, coopera con el ciclo de fertilidad de la mujer para que pueda concebir un hijo de forma natural. Esta metodología fue creada en los años 90 en el Instituto San Pablo VI de Omaha (Nebraska, Estados Unidos) por el ginecólogo y obstetra Thomas Hilgers. Desde hace años se utiliza en países como Polonia, Estados Unidos, Canadá, Irlanda, Reino Unido, Alemania y también en Argentina, a donde van algunas pacientes uruguayas a atenderse.

En este número, la periodista Magdalena Cabrera entrevista a la ginecóloga argentina Gloria Sánchez Zinny sobre la naprotecnología, que viene practicando en la clínica Austral en Buenos Aires desde 2015. A pesar de su nombre, no es un método muy complejo ni sofisticado. Se trata de un programa —con muy buenos resultados— que desarrolla una metodología diagnóstica muy precisa y minuciosa para poder corregir lo que está impidiendo el embarazo. Empieza con un curso de capacitación a la pareja para que aprenda a identificar sus biomarcadores, todas las señales que la naturaleza manifiesta a través del ciclo de la mujer respecto a su fertilidad, como puede ser las características de la menstruación, flujo vaginal, etc. También se hacen estudios en el hombre y se van detectando posibles fallas en el sistema. Así, la pareja va observándose y completando una planilla para configurar un registro en el que la médica se va a basar para el diagnóstico. La pareja ya no es una espectadora confundida, que no entiende mucho lo que le pasa, sino que está involucrada en el proceso. Los hombres empiezan a prestar atención a señales del cuerpo de la mujer y traen información rica para la especialista, que les pide ayuda para pensar juntos. Se establece un vínculo muy fuerte en la pareja que empieza a hablar de cosas que antes no podía ni verbalizar, porque no sabían lo que les estaba pasando o que eran importantes.

Los turnos con la especialista son de una hora para poder evaluar, explicar. Esto tranquiliza a la pareja, lo que a su vez favorece mucho la posibilidad de un embarazo. Pues, como explica la médica en la nota, “la naturaleza está diseñada para que en una situación de estrés no se produzca un embarazo, porque la naturaleza comprende que no es el momento”. Y acá la diferencia. “Entonces, la contención es parte del acto médico. Pero eso necesita un espacio y un tiempo claro y un conocimiento también, tanto de la pareja del médico como del médico de la pareja, y de un vínculo de confianza. Esa dimensión humana de la medicina se resguarda con este programa. No es una intervención meramente técnica, sino que es una mirada a la persona, en realidad, de la pareja”, aclara la especialista.

Llama la atención que recién ahora se esté trabajando en esta línea, cuando debería haber sido el comienzo: sentarse, escuchar al paciente, armar equipo con él, estudiar juntos a fondo cuál es el origen del problema y corregirlo de una manera permanente, natural, menos invasiva y mucho menos costosa, para la pareja y para el sistema de salud.

Afortunadamente, ahora sabemos que existen estos caminos. Sin dudas, un nuevo avance para la medicina.