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Cuando no pasa nada, algo empieza: el aburrimiento como motor de nuevas ideas

Entre reuniones, apps y cursos que prometen ser la cura para todo, olvidamos que a veces la mejor estrategia es cerrar los ojos, perderse un rato en la nada y permitir que la cabeza haga su show

Editor de Galería

De niño, aburrimiento era una palabra prohibida. Bastaba con pronunciarla para que mamá apareciera, ofendida, a recordarme la inmensa fortuna en juguetes que tenía y que, evidentemente, no sabía apreciar. Mi abuelo, en cambio, más sabio y menos pedagógico, sostenía que el mejor antídoto contra el aburrimiento era una buena siesta.

Aburrirse era permiso para inventar: ser rey de un mundo imaginario, construir castillos de almohadas que desafiaban las leyes de la física y fundar reinos donde todo era posible y nadie pedía explicaciones.

En cambio, en la adultez, el aburrimiento es señal de alarma. Porque, claro, ahora tenemos agendas, planes, cursos en línea, suscripciones a plataformas infinitas y una vida social que parece un informe de gestión. Aburrirnos nos hace sentir fracasados.

En una época dominada por tendencias de productividad performáticas —deep work, el club de las 5 a. m., duchas de agua helada—, aburrirse parece haberse convertido en el mayor de los defectos. No optimizar el tiempo es leído casi como una falla de carácter, una señal de pereza o falta de ambición. Si te aburrís, algo estás haciendo mal; si no tenés planes, te falta iniciativa; y si estás quieto, no sos productivo.

La sola idea de no hacer nada causa incomodidad: estar solo en un bar sin celular, viajar sin auriculares o esperar sin mirar una pantalla. Hay una necesidad colectiva de disimular el aburrimiento porque, al parecer, nadie puede permitirse un minuto vacío.

Con la pausa vienen los cuestionamientos. Si me aburro, ¿es porque no soy interesante? ¿O porque nada alcanza? ¿Debería divertirme conmigo mismo? Y en compañía surge un pensamiento aún más aterrador: el miedo a no disfrutar. A no disfrutar en vacaciones, en una fiesta o cuando “debería estar bien”.

Al final, mi abuelo tenía razón: una buena siesta sigue siendo el mejor antídoto contra tanta pregunta.

El aburrimiento como fertilizante creativo

Lo que mi Nono no sabía es que en 2014 la psicóloga Sandi Mann, de la Universidad Central de Lancashire (Reino Unido), decidió someter a un grupo de adultos a una experiencia que hoy sería considerada casi un castigo: hacer tareas deliberadamente aburridas, como copiar números de una guía telefónica. Nada de estímulos, nada de pantallas, nada de propósito inspirador.

Después vino la sorpresa: quienes habían pasado por ese tramo de tedio produjeron ideas más originales y creativas que los participantes que se habían ahorrado el aburrimiento. La explicación es incómoda para la lógica de la hiperproductividad: cuando no hay nada que hacer, la mente empieza a hacer de las suyas. Divaga, conecta cosas improbables, inventa.

Lejos de ser una falla del sistema, el aburrimiento es una suerte de compost mental. No se ve, no suma puntos en LinkedIn y no se puede subir a historias, pero algo germina ahí. Tal vez por eso molesta tanto: porque en ese tiempo inútil, sin metas ni rendimiento, surge una creatividad que no tiene apuro.

Hoy al aburrimiento lo mandarían a terapia o a un curso de liderazgo. Mi abuelo, en cambio, lo mandaba a la cama. Porque, a veces, no hay que optimizar el tiempo, hay que cerrar la persiana y dejar que el cerebro haga lo suyo… o que no haga nada.

A fin de cuentas, cuando no pasa nada afuera, empiezan a pasar cosas dentro.

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