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Karausz, el
reconocido anticuario de Ciudad
Vieja, reabrió sus puertas renovado. Siendo uno de los primeros anticuarios del
país, hoy es uno de los pocos existentes. Su historia se remonta a más de ocho
décadas atrás, cuando Daniel Karausz, un joven aprendiz de carpintero, llegó a
Montevideo desde el Imperio austro-húngaro.
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El local,
ubicado en Bartolomé Mitre 1417, es un verdadero santuario para los amantes del
arte y la decoración. Allí se puede encontrar un selecto catálogo de muebles
clásicos y piezas finas , como un escritorio con alzada italiano del siglo
XVIII y un bureau secretaire en
madera de caoba y marqueterie del siglo XIX. Otros destacados son una
cómoda lusobrasileña en jacarandá de 1720 y una mesa tilt-top inglesa en
caoba de forma ovalada.
Lo que
distingue al anticuario es su nivel de calidad y la autenticidad. “A diferencia
de una casa de remates, todas las piezas están meticulosamente restauradas y en
perfecto estado, lo que garantiza una experiencia de compra única. Además, el
conocimiento de más de 80 años asegura un asesoramiento personalizado para cada
cliente, incluso en la búsqueda de piezas específicas que no están en
exhibición”, asegura Jorge Karausz, director del local e hijo del fundador.
El actual director heredó el negocio de su padre, quien poseía un expertise
tan profundo que podía identificar los tipos de madera con solo tocarlas. Con
la pandemia, el local se vio obligado a cerrar y permaneció así hasta que recientemente fue adquirido por uno
de sus principales clientes, el empresario argentino Federico Buker y su
esposa, Valeria Britos.
Buker, director de la agencia de turismo South American Tours, compró el
anticuario por su pasión por las antigüedades, equipándolo con artículos de su
colección y adquiriendo nuevas piezas. “El objetivo no es solo económico, sino
también ofrecer una experiencia única en Uruguay, tanto para coleccionistas
como amantes del arte y la cultura. Gracias a la estabilidad económica podemos
adquirir y conservar piezas que, si bien puede llevar años vender, son
verdaderos tesoros,” explica.
Un ejemplo
fascinante es el tapiz de Flandes, de más de dos metros de altura, una pieza
digna de museo, resultado de un proceso de más de dos años de trabajo y 15
millones de puntadas. Además, el catálogo incluye artículos como esculturas de
Mañe y Gaudart, cuadros de Ciocchini y Larravide, relojes de caja con
marqueterie, alfombras persas bukhara y cristalería Lalique y Gallé.
Contraste y
personalidad. Aunque en Karausz predomina el
estilo clásico, el objetivo es integrar estas piezas a las nuevas tendencias en
decoración de interiores. “El concepto de anticuario sigue siendo el mismo, lo
que cambió es el público. Antes las familias tenían casas enormes con muebles
de calidad que traían desde Europa en barco. Hoy las generaciones más jóvenes
valoran más el espacio, pero siguen interesadas en este tipo de piezas para integrarlas a su decoración”,
asegura Karausz.
Según Buker,
una antigüedad es sinónimo de estatus y elegancia, una llave que abre la
oportunidad de combinar lo tradicional con lo contemporáneo. Uno de los efectos
más habituales es el contraste, como el que puede generar una mesa clásica de
madera con sillas modernas; un oxímoron que permite crear espacios únicos y
llenos de personalidad.
“Si bien es cierto que las modas y las tendencias en diseño evolucionan
constantemente, el valor de una antigüedad sigue siendo innegable. Un lindo
cuadro o una linda cómoda bien iluminada puede hacer la diferencia. Siempre
decimos que una sola pieza puede levantar todo un espacio, incluso en las casas
más modernas”, concluye.