El español Álvaro de Marichalar da la vuelta al mundo en moto de agua

El empresario, activista y aristócrata realiza esta travesía en conmemoración de los 500 años de la primera circunnavegación conseguida por Elcano

De piloto de avión de combate a navegar en una moto náutica llamada Numancia­, el empresario en telecomunicaciones y aristócrata español Álvaro de Marichalar —hermano de Jaime, exesposo de la infanta Elena de Borbón—, además, se dedica a dictar conferencias motivacionales en universidades, colegios y empresas desde el año 1990. En esos encuentros comparte su experiencia como empresario, expedicionario, deportista y escritor. Habla sobre la necesidad del ser humano de conocerse para poder respetarse, respetar al prójimo y al medioambiente. Su propósito es crear conciencia medioambiental mostrando el problema que representa para los ecosistemas marinos el exceso de sargazo (alga con efectos negativos en el ambiente). Además, denuncia la contaminación que ocasionan los vertidos de plásticos en los ríos, lagos, mares y océanos, promueve soluciones sostenibles para utilizarlo como materia prima en la fabricación de SAF (Sustainable Air Fuel, usado en la aviación comercial) e incentiva la producción de gasolina a partir del destilado de basura plástica. Sus exploraciones comenzaron en 1982 y han generado una sucesión de experiencias y conocimientos que da a conocer en cada puerto.

Desde 2019 viene realizando la expedición a la que llamó Primera Vuelta al Mundo, que hace en solitario en la embarcación más pequeña en la historia, razón por la cual obtuvo el récord Guinness por el único cruce del Atlántico conseguido en una moto acuática.

En su paso por Uruguay, recaló en Punta del Este, y estuvo en los festejos del centenario del Yacht Club, donde dio una charla. Habló sobre la capacidad del ser humano de alcanzar sus retos venciendo al miedo y superando situaciones que impiden cumplir con los objetivos, y comparó el estado del mar Caribe en tres momentos  de las últimas décadas: en 2002, cuando lo recorrió durante su expedición Roma-Nueva York; en 2013, que lo navegó en su embarcación de tres metros de eslora, y 10 años más tarde, en su actual expedición.

De Marichalar promueve su movimiento Guardianes del Mar para que los habitantes del mundo conozcan el problema del sargazo y el plástico en el mar y se comprometan a solucionarlo. Navega en solitario y de pie en la embarcación más pequeña en la historia de la náutica para completar la vuelta al mundo. 

Foto: Mauricio Rodríguez Foto: Mauricio Rodríguez

Llegó a Maldonado con motivo de los festejos por los 100 años del Yacht Club Punta del Este­. ¿En qué etapa está de su viaje alrededor del mundo?

Estoy intentando dar la vuelta al mundo con mi embarcación Numancia­. Con los años la estoy mejorando para darle más autonomía. Ahora está en reparación en Panamá, le puse un motor de cuatro tiempos —porque la moto con la que crucé el Atlántico era de dos tiempos—, y estoy implementando varias mejoras, como un tercer depósito de combustible que ampliará la autonomía hasta las 300 millas náuticas, y así podré continuar con mi viaje que tuve que suspender por la pandemia. 

¿Por qué hace este viaje?

Después de 40 años aprendiendo de la mar, me planteé hacer la travesía más importante, la más larga, la más difícil. Estoy dando la vuelta al mundo en la embarcación de menor eslora en la historia de la navegación, conmemorando el quinto centenario de la primera vuelta al mundo. Ese viaje demostró empíricamente que nuestro planeta es redondo. Mi viaje se divide en varias etapas. La primera fue desde Sevilla hasta el sur de México. Zarpé en la fecha histórica, desde el mismo lugar a la misma hora, 500 años después, como lo hicieron Fernando de Magallanes­, Juan Sebastián Elcano y los 260 marinos zarpando el 10 de agosto de 1519 desde Sevilla. Tres años después, solo quedaron 18 supervivientes­ a bordo del único barco a flote, el Victoria. Fui rumbo a Tenerife para cruzar el Atlántico­ y allí navegué con un barco de apoyo. Dormía lo que podía esperándolo y cuando ya alcanzaba mi posición, en marcha, sin parar, repostaba combustible. Y así seguí 15 días hasta que, por fin, llegué a la isla de Guadalupe (sur del Caribe). De ahí en más navegué otra vez sin embarcación de apoyo, en solitario.

Usted es aviador, ¿cómo empezó su pasión por el mar?

Estando en el Ejército del Aire, un accidente de tráfico me dejó­ secuelas­ en mi mano izquierda, impidiendo proseguir con mi vocación de piloto de combate. Navegar es, de alguna forma, un sucedáneo de volar para mí.

¿Qué lecciones le deja la navegación?

Una de las lecciones que aprendemos los marinos es que hay que hacer las cosas bien, con rigor, con respeto. ¿Con respeto a quién? Con respeto a nosotros mismos para empezar. La exploración ha de ser primero una exploración interior, a uno mismo. Tenemos que saber quiénes somos, para qué estamos, qué talentos nos presta Dios en la vida, que Dios nos presta también el planeta que llamamos Tierra, y que, por cierto, debería llamarse planeta Agua, ya que el 70% de la superficie es agua, igual que nuestros cuerpos. Pero ahí empieza el error, en no saber dónde estamos. En la mar o haces las cosas bien o no vuelves.

Por esa razón es importante respetar a la naturaleza…

Si tú no sabes dónde estás, vas ciego por la vida. Primero es fundamental saber dónde estamos, quiénes somos. El respeto a la madre naturaleza y al ajeno viene del respeto personal primero. Sin esa expedición interior no hay otras expediciones de ningún tipo. Bueno, pues lo que intento hacer en mi pequeña embarcación es explorar la conciencia, explorar la persona y luego intentar conocer otras cosas, otras personas, otros horizontes.

Su viaje tiene además el propósito de concientizar sobre los plásticos en el mar.

Aquí estamos en este templo que es la Madre Tierra y se está demostrando que la sostenibilidad es posible y rentable. Las aguas negras son un problema, pero sabemos que se pueden reciclar y eso se está haciendo. Se debe aprender y hacerlo en todos los sitios. El plástico, el microplástico, la pesca ilegal, todo eso afecta a nuestro planeta, al 70% de su superficie y a nosotros. Con esta expedición quiero enseñar al mundo lo que está sucediendo. El plástico es terrible pero es fácil de resolverlo, transformándolo sobre todo en productos rentables, como la gasolina que estoy usando en estas etapas del sur de México. Esta expedición tiene la misión de concientizar, de enseñar lo que ocurre, preguntar qué está pasando en los países, costas, litorales para que entre todos aprendamos a respetar la naturaleza.

¿Qué representa el mayor peligro: las medusas, los plásticos, los piratas, los tiburones, la soledad?

Las medusas son lo más peligroso, y que te caiga —literalmente— un rayo encima durante una tormenta. Los piratas muchas veces me ayudan desde la “solidaridad entre navegantes”, aunque nunca se sabe cómo pueden reaccionar. Los plásticos son un drama muy grave y tristísimo, consecuencia de la codicia humana, y la soledad es maravillosa cuando estás feliz y contento con tu propia compañía.

¿Qué otros imprevistos pueden surgir?

Frecuentemente llego a islas desiertas, en algunas es peligroso porque hay mucho narcotráfico, piratas y pueden suceder cosas muy feas. Pero, bueno, tengo que ir a tierra para reparar la moto, entonces cuando veo que hay peligro intento escapar. Pero en la mar hay más peligros. El peligro mayor, como te decía, es que te caiga un rayo. Pero antes de que te caiga un rayo, los plásticos se meten en la turbina de propulsión y tienes que tirarte al agua y sacarlos como sea. Eso puede durar cinco minutos o cinco horas. Y no tengo más remedio que hacerlo lo antes posible porque el tiburón está viendo las sombras y cree que soy un atún muerto.

El primer problema son las tormentas, porque se declaran sin aviso, en poco tiempo, a mar abierto y lo peor es que, literalmente, te caiga un rayo encima. Y si te cae un rayo encima, hay poco que hacer. Pero en fin, sueñas con que no pase, no te concentras en el problema, sino en la solución y cuando está muy mal, me tiro al agua con un cabo y espero a que amaine. Y luego, lo que tenemos que hacer todos nosotros ante la tormenta: lucha, determinación, fuerza, sin pensarlo. No hay problemas, hay soluciones. Da igual que sea una traición esa tormenta, un accidente, un examen, un fracaso, un negocio, da igual. Después de la tormenta viene la calma, o sea que a la tormenta hay que lucharla con determinación total para intentar superarla. E insisto: después de la tormenta viene siempre la calma, el sosiego, la armonía.

¿Y qué siente en esos momentos?

Estás en un sitio sobrecogedor, donde te das cuenta de eso, de que estás vivo de milagro y que estás intentándolo todo por ser lo mejor posible y por dejar una estela de luz, que es lo único que vas a dejar en esta vida. Intento vivir en la verdad, en la libertad, sin hacer daño a nadie e intentando hacer el mayor bien posible.

Como yo navego el 100% del tiempo de pie para evitar daños en la columna vertebral y que la piel se me infecte, se esquilme, lo más complicado de lo que me queda del viaje será la resistencia física, ya no soy tan joven, por no decir que soy bastante vejete. Pero la mejor parte de navegar es que de repente veo los delfines que me acompañan, parece que me están animando, son como ángeles.

¿Eso es lo mejor de las expediciones?

Lo mejor de las expediciones son las personas que encuentro en todos lados, de todos los países, pasaportes, religión, condición, cultura, no importa. Ahí en la mar somos todos hermanos de verdad, no teóricamente. Ahí estamos todos ayudándonos y nos queremos de una manera natural porque sabemos lo que hay ahí fuera y sabemos que la ayuda que entregas te va a volver tarde o temprano. Y entonces, ahí sí somos solidarios.

Usted además es experto en historia, ¿siempre le gustó?

Mi padre me aconsejó saber de historia porque el pasado condiciona el presente y el futuro. Hay que conocer la historia lo mejor posible para saber quiénes somos y a dónde vamos.

¿Por qué eligió replicar la expedición de Magallanes y Elcano­?

Es la expedición más importante de la historia de la humanidad porque nos permitió saber dónde estamos. Antes la humanidad estaba ciega. Los fenicios no se querían aventurar, tampoco los griegos­, tampoco los romanos ni los portugueses. Pero los españoles­, sí. Se la jugaron y descubrieron un nuevo continente. Cuando ya se sabe que hay un nuevo continente resulta que Vasco­ Núñez de Balboa descubrió que había otro mar y otra vez España se la vuelve a jugar. Seis años después, nada más, de descubrir que había otro mar, llamado mar del Sur por Vasco Núñez de Balboa, luego rebautizado como océano Pacífico, España decidió descubrir qué había más allá.

¿De niño soñaba con ser aventurero?

Hoy, sigo con la misma ilusión y los mismos sueños de ayer. De niño soñaba ser libre y difundir libertad y verdad. Igual que ahora. Gracias a Dios y a mucho esfuerzo y compromiso, lo consigo.

¿Cuando navega, tiene alguna cábala?

En la Catedral del Mar todo está presidido por Dios. No hay espacio para nada más.

¿Se enfermó durante alguna de sus expediciones?

A veces se me infectan las heridas que me hago navegando. Ese es el mayor problema.

¿Cómo se cuida?

Llevando una vida sana, respetándome y respetando a los demás y a la naturaleza de Dios.

¿Qué sacrifica en su vida por estas expediciones?

La zona de confort. Nada se consigue sin esfuerzo, renuncia, trabajo y riesgo..., todo ello, incompatible­ con la zona de confort.

¿Qué es lo más preciado para usted?

La libertad, como en todos y cada uno de los momentos de mi vida.