¿Qué sensación tuvo al conocer la casa?
Fue muy grata, me la imaginaba un poco más grande, lo único. Me estoy quedando en la casa. ¡Es cómoda! Es muy, muy cómoda y me gustó tener la experiencia porque era lo que faltaba para completar todo lo que imaginaba.
La proyectó de manera remota. ¿Cómo fue el proceso?
Ya había una construcción que no tenía nada que ver con lo que resultó finalmente. Toda la casa la hice por teléfono. Hacíamos videollamada y yo iba corrigiendo. Alguna vez pensé: “¿habré hecho bien en decirle a Ama que podía hacer la casa? Si me sale horrible va a ser un papelón espantoso”. Pero salió bien. Había hecho una maqueta muy rudimentaria. La maqueta mandaba, y si había un error, no iba a ser un gran error. La casa es genial, y cumple la función para la que fue pensada. Aunque la imaginaba un poco más grande, habitándola me di cuenta de que es perfecta, cómoda, que te sentís bien en esa casa. Es muy posible que hagamos unas pequeñas modificaciones en el mobiliario en la parte del living, pero realmente es muy agradable. Lo genial es que ni aun con la dificultad de la pandemia el proyecto se postergó, al contrario, se hizo en el momento que nos tocaba.
Amalia, ¿por qué convocó a Edgardo Giménez?
Lo admiro muchísimo hace muchísimo tiempo y tengo la suerte de conocerlo, y la verdad es que fue lo primero que se me ocurrió sin dudarlo por todo lo que implica y todo lo que es Edgardo. Es un artista más allá de su talento. Es adorado por todos los demás artistas, que eso tampoco es muy corriente, y en todas las generaciones. Sin dudas yo pensé en Edgardo. Lo llamé y dije: “va a pensar que es una locura”, era jugado, pero quedé encantada cuando aceptó porque traer un poco de la magia de Edgardo a José Ignacio lo sentía como sumamente necesario. La casa en sí es una obra de arte.
“El verdadero arte es el que no te deja ileso”. Giménez crea obras escultóricas, gráficas, casas, muebles y también frases, como esa de 10 palabras que habla sobre el poder de una pieza artística de atravesar a todo aquel que se le cruce. Si no, no es arte. A propósito de Casa Neptuna en José Ignacio, cuenta reconfortado que uno de los artistas residentes de FAARA salía todas las mañanas al exterior solo a mirar su particular arquitectura. “Eran estadías largas, de meses, no venían cuatro días como yo. Eso me parece genial. Los artistas necesitan ese estímulo del color y las formas, es una especie de inyección a la imaginación. Siempre que estás en un lugar que no se parece a la cosa habitual, se despiertan otras sensaciones”.
Aunque su relación con el arte pop es producto de la casualidad —primero hizo arte, luego los críticos extranjeros se encargaron de etiquetarlo como artista pop—, Giménez se identifica con este movimiento que acerca el arte a la gente. “El arte es tan necesario como comer todos los días”, dispara.
¿Cómo ve al arte pop en la actualidad?
El pop sigue teniendo actualidad porque es el único arte que podés disfrutar sin tener una preparación previa. Es un arte directo. Lo que ves es lo que es, no tenés que ir a consultar un libro. Aparte yo no creo en esas cosas que tenés que ir a leer tres tomos de libros para entenderlas. Pienso que entender, podés entender, pero después que entendés te puede seguir no gustando. Entender no es gustar, es conocer, y si conocés y no te llena, no pasa nada. El arte te tiene que tomar entero, tiene que estimularte. No es una pasión pasiva, al contrario, uno vibra con eso, es una especie de pila, de energía. O sea, si eso que estás viendo te permite distraerte en otra cosa, no estás frente a una obra de arte.
Se hizo una muestra en el Museo Mar del Plata en Buenos Aires de pop nacional. El pop nacional argentino no tiene nada que ver con el pop americano, el inglés. A tal punto que Pierre Restany (crítico de arte francés) le puso pop lunfardo, para que quedara bien nacional. ¿Sabés cuántas personas fueron? 3.700.000, y a la gente no la amenazabas para ir.
¿Busca a través de sus obras el acercamiento al arte de personas que nunca se aproximaron?
Claro, la gente que nunca entró a un museo después de esa muestra va a empezar a entrar a los museos.
¿Dónde encuentra el estímulo para crear?
No lo sé, me sale naturalmente, soy rápido para crear. Me decís que querés tal cosa y yo ya la tengo fotografiada en mi cabeza, después tengo que bajarla a la realidad. Pero a tal punto que una vez un tipo me hizo un encargo, le hice las cosas, le dije: “Bueno, pagame ahora”, y me dijo: “¿Cómo te voy a pagar si no te costó nada?” (risas). Pero con lo que hago me juego entero, me desespera hacerlo perfecto, no creo en el arte chatarra, no creo que puedas estimular a nadie haciendo fierros retorcidos oxidados, paso de largo.
¿Cuándo se da cuenta de que algo está perfecto?
Cuando las cosas llegan al campo de la emoción, si una cosa me conmueve mucho internamente.
¿Entonces es el primer conmovido por sus obras?
Cada cual es libre de conmoverse o no. Pero por supuesto que yo sí.
¿Qué está pasando con el arte en general en Latinoamérica?
A. A.: Están pasando muchísimas cosas y está muy potente. Me parece que de todas partes del mundo nos están mirando, que ya era momento. Y eso me parece muy productivo.
E. G.: En Argentina hay gente de muchísimo talento, pero las autoridades no ayudan en esa dirección. Es una pena porque esa es la carta que tiene un país para mostrar quiénes son. Daría prestigio. Dado que la cosa política es de un desprestigio extraordinario, la única cosa prestigiosa que tienen para mostrar es la gente que no se pasa robando ni haciendo cosas contra el país. Es algo que a ellos les sale gratis y es sumamente necesario, porque el arte te pinta un país. Esa parte es complicada pero no creo que se solucione a la brevedad, en un futuro cercano. No lo veo tan claro.
¿Por qué creen que no se recibe el apoyo suficiente?
E. G.: ¿Quién dijo que los políticos son sensibles al arte? Debe haber alguno, no puedo abrir juicio de la totalidad de un mundo en el que conozco a pocos, pero muy pocos son los que se acercan al hecho artístico. Los intereses son otros, y aparte por lo general la gente está metida en ese mundo y al otro no lo ven. Es otra frecuencia.
A. A.: Lo ideal sería que vean y que sientan. Sería maravilloso que se acerquen, que coleccionen, que se involucren, siempre que sea genuino. No conozco muchos políticos que tengan una colección.
¿Cómo debería ser ese apoyo?
E. G.: En vez de esas esculturas horrendas que ponen en vía pública, tendrían que poner belleza, porque eso va dirigido al pueblo y al pueblo hay que darle lo mejor si uno quiere que ese pueblo sea sensible; hay que ponerlo en contacto con la belleza para que sus cabezas funcionen.
“Vivir sin humor es una auténtica tragedia”. Giménez habla del caso de una pareja que tenía uno de sus monos —figura frecuente en las obras del artista— decorando el living de su casa. “Empezaron a discutir. Ella vio el mono y dijo: ‘Vamos a otro cuarto porque no podemos discutir esto que es terrible al lado del mono’”. O el de la arquitecta que vivía, paradójicamente, en una casa hecha por Giménez, que nunca estudió arquitectura. “Esta mujer me dijo: ‘La casa tiene un grave defecto. No me deja salir, se me vencen las cuentas porque estoy tan contenta en mi casa que todo se me va atrasando’”. Teniendo en cuenta que “todo lo que aburre no es arte” es otra de sus frases de cabecera, el artista percibe ambos casos como el éxito más rotundo.
A sus 80 años, Giménez tiene la audacia de admitir que no conoce de fuertes angustias y depresiones. “Nunca me pasó. Esa es mi historia y qué le vamos a hacer, tengo que lidiar con eso”. Puede que sea algo genético, considerando que se crio con una familia en la que “si surgían dramas, a los 20 minutos se convertían en comedia”. “Entonces dije: claro, las cosas son dramáticas porque uno las ve desde un ángulo; las ves desde otro y te matás de la risa de eso”, subraya. Su atípica familia fue involuntariamente clave en su carrera. No lo alentó ante sus evidentes inclinaciones artísticas, pero tampoco lo frenó o lo instó a dedicarse a la medicina o abogacía. “Decían: ‘Che, qué raro es este chico, mirá la música que le gusta’. Me gustaba la música clásica barroca y ellos estaban a años luz de eso, pero lo sensacional fue que no quisieron trazar otro destino para mí, dejaron que me lo trazara yo”.
En un momento complicado para Argentina, inauguró este año la muestra Había una vez, que reúne obras producidas durante su carrera. Es de suponer que no cree en aquella frase que dice que el arte es un reflejo de su tiempo o de la realidad.
No, no, no. El arte es un reflejo de lo que piensa el artista. Yo trato de no hacer juego con lo que hace juego toda la gente. Entonces a mí me parece genial tener tu propia experiencia frente a las cosas sin conectar con la desgracia, porque no sintonizo. Prefiero seguir con mi alegría, yo estoy bien. Hay una amiga mía que dice: “Hay días que me levanto contenta, pero hay otros días que me levanto muy contenta”, y adhiero a ese pensamiento ¡y lo decreto! (risas). Uno cambia las cosas que le disgustan, pero si estás bien para qué vas a cambiar.
Su arte siempre ha sido muy alegre, optimista.
Sí, por supuesto. Es por eso que de repente me parece mal que los artistas se pronuncien a favor de cómo está el mundo. Ya sabemos que el mundo está horrible, pero trabajemos en contra de lo horrible, trabajemos cada cual desde su vida aportando a una cosa positiva, a una cosa que te levante el ánimo. En la última muestra la gente lo pasó sensacional, estaba feliz. Y eso es lo que hace falta.
Alegría genuina. Amalia Amoedo acota que la alegría de Giménez es genuina y potente. La empresaria y el artista no recuerdan cuándo se conocieron. Ella siente que “de toda la vida”. Sí se acuerda de que de adolescente frecuentaba muestras junto con su abuela, la empresaria Amalia Lacroze de Fortabat —más conocida como Amalita Fortabat— y que Edgardo siempre estaba en la vuelta. Y que su obra siempre le provocó felicidad. Entre risas, el artista cita una frase del profeta Mahoma, otra de las tantas que siempre tiene a mano: “El que hace reír a sus compañeros merece el paraíso”. No está en sus planes retirarse, ni dejar de hacer muestras ni libros, como los tres gigantes que reposan en la mesa del living de Amoedo, que deben pesar unos tres kilos cada uno y reúnen una selección ilustrada de buena parte de su obra. “No me quiero jubilar de nada, para nada. Forma parte de lo que soy, es así, qué vas a hacerle. O sea, esto no tiene remedio”. n
Potenciar la creatividad
Durante los últimos días de octubre, tanto Edgardo Giménez como la historiadora del arte y curadora María José Herrera dieron inicio a FAARA Sur, un nuevo programa de residencias de la Fundación Ama Amoedo en Casa Neptuna. Herrera y Giménez trabajan juntos desde 1999, cuando se reunieron por primera vez a conversar en un bar. “Fue amor a primera vista, me encantó lo que me contaba y a él lo que yo estaba proyectando hacer”, cuenta Herrera, para quien trabajar con el artista “es un placer”. “Compartimos la característica de querer hacer las cosas lo mejor posible sin correr, sin enloquecer”, agrega. “Me encanta la forma en la que a través de muchas décadas ha logrado darle distintos significados a una obra que siempre estuvo inspirada en la imaginación más desatada. Él puede imaginar cosas muy disparatadas y cuando las hace quedan muy bien; cosas que si uno las plantea verbalmente, decís: ¿cómo se te ocurre? Tiene esa capacidad como todo buen artista de tener la imagen y poder realizarla, y una actitud, una forma de ver las cosas, de encontrar la belleza en las cosas más cotidianas y sencillas. Es un artista que quiere que los demás se diviertan, disfruten, y que por medio de la belleza se enriquezcan”, describe la curadora.
FAARA Sur, la nueva residencia de la fundación, está destinada a conectar agentes culturales (artistas, escritores, cineastas, bailarines, historiadores de arte, curadores) en un encuentro de producción creativa con el fin de incentivar el diálogo interdisciplinario latinoamericano. El objetivo es proporcionar tiempo y espacio para la concentración en tareas específicas, creando un marco propicio para el pensamiento crítico, la reflexión, la lectura y la conexión con el entorno.
La residencia FAARA para artistas, en tanto, comenzará su segunda edición en 2023. Al mismo tiempo, la fundación presentará sus nuevas iniciativas, que incluyen becas y programas para fortalecer el arte de la región, con un foco en las escenas de Argentina y Uruguay.