• Nombre: Emilio Izaguirre • Edad: 39 • Ocupación: Periodista • Señas particulares: Jugó al básquetbol de los 6 a los 24 años; cada vez que viaja lo hace de noche; mide casi dos metros
• Nombre: Emilio Izaguirre • Edad: 39 • Ocupación: Periodista • Señas particulares: Jugó al básquetbol de los 6 a los 24 años; cada vez que viaja lo hace de noche; mide casi dos metros
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Su voz es impostada? Mi voz es la que tengo, mi papá tiene el mismo tono que yo —cuando llamaban a casa siempre me confundían con él— y fue por eso que empecé a trabajar en la radio. Yo no quería dedicarme a esto, lo mío iba por otro lado, me gustaba mucho la parte médica del deporte. Después me fui enamorando de la radio con 17 años. La gente me decía que le gustaba escucharme y hoy me reconocen por mi voz en lugares muy extraños: desde un portero eléctrico, en el restaurante de comida rápida que doy la vuelta con el auto y me dicen: “Me parecía que eras el de Canal 4”.
Hablando de cosas insólitas, ¿cuáles son las desventajas de medir casi dos metros? Debo decir que no tengo muchas dificultades, si me quejo es por costumbre. Sí me han pasado algunas cosas insólitas, como estar en el supermercado con Julia y Salvador (sus hijos) en brazos y que se me acerque alguien a pedirme que le alcance algo de una góndola. ¿Y con los niños que hago? Yo siempre bromeo en casos así, que ellos me pasen algo de abajo, porque me cuesta agacharme.
Es fanático del asado, ¿eso lo hace un buen asador? Soy muy carnívoro, puedo vivir a carne de vaca y pescado, pero diría que soy un asador promedio. Me gusta variar y no tengo problemas de ceder mi puesto si viene alguien con ganas de hacer parrilla. También soy un enamorado de los quesos. Pero ahora estoy incursionando en la gastronomía de las meriendas saludables para que mis hijos se lleven al colegio, me copa y ellos se copan conmigo.
Hizo viajes increíbles… Sí, soy bastante viajado. Cuando me recibí me fui de mochilero con un amigo por América del Sur, hicimos el norte argentino, Bolivia y Perú. Cuando estábamos en una plaza de Cusco nos paramos y dijimos: “Bueno, ¿qué hacemos? ¿Pegamos la vuelta?”. Hasta que mi amigo propuso cruzar el Amazonas de punta a punta. Fue la peor idea que se nos podía ocurrir y estaba claro que era lo que íbamos a hacer. Nos embarcamos a las cuatro y a las seis fue aquel terremoto de 2007 que dejó miles de fallecidos en la costa de Perú. Mis padres estuvieron cuatro días buscándonos porque estábamos incomunicados en el barco. Desde el agua no se sintió el temblor. Me enteré recién cuando atracamos y salimos corriendo a buscar un teléfono público. Me voy a acordar siempre de esa charla que tuvimos con mamá, no me habló, solo lloró, y yo le pedía que se quedara tranquila que estábamos bien. No sé si lo volvería a hacer. Ahora siempre quiero volver a mi casa.
¿Cómo fue tener una infancia con un pie en Brasil y otro en Uruguay? En Barra del Chuy me quedaba todo al alcance de la bicicleta, era una infancia cargada de libertad. Me acuerdo que estaba lleno de terrenos baldíos donde jugábamos al fútbol, me acuerdo de las escondidas interminables en la cooperativa de viviendas. No tiene nada que ver con la infancia de mis hijos. Me costó mucho acostumbrarme a Montevideo. Cuando en 2002 me vine a vivir a la esquina de 8 de Octubre y Jaime Cibils, con una parada de bondi en frente, pasé noches enteras sentado en la cama pensando: “¿dónde estoy?”.
¿Qué lo llevó a contar su experiencia con el cáncer? Pasé muchos años sin hablar de eso hasta que necesité sacarlo de mí. Yo pasé del Amazonas a estar encerrado en una mutualista viendo cuál era el nivel de células cancerígenas que podía tener mi cuerpo. Era un tema muy sensible, pero desde que lo hablé mucha gente se acercó para contarme que les tocó vivir o están viviendo algo similar y les hizo bien escucharme, verme donde estoy, que tengo una familia, entonces dejé de verlo como una lucha personal y lo asumí como un mensaje que quizás alguien estaba necesitando, y ojalá le pueda ir tan bien como a mí.
Desde que lo superó, ¿se volvió más cuidadoso con su salud o es más de la filosofía de que hay que disfrutar la vida porque son dos segundos? Una mezcla de las dos. Aprendí a preguntarme: “Si yo me muero hoy, ¿estoy orgulloso de la vida que llevé hasta ahora?”. Eso también me ayudó a amigarme un poco con la idea de la muerte. En su momento la respuesta era que sí, yo estaba orgulloso, pero me quedaban un montón de cosas por hacer. Entonces traté de hacer las que pude, y vivir y disfrutar hasta el momento que me fuera. No me fui. Y lo que empecé a hacer fue a trabajar la salud desde la prevención, estando más atento a mi cuerpo y no tanto desde el lado de los chequeos médicos. Me conozco, como lo que me hace bien, sé que necesito tomar agua y hacer ejercicio, y apelo a los medicamentos como última instancia. Si me duele la cabeza no voy directo a la pastilla, pienso un poquito por qué me duele, si dormí mal, si no me hidraté, si algo me hizo estar estresado...
¿Cómo vive la paternidad? Yo siempre quise ser padre y llegué a pensar que no iba a poder. Hoy en mis hijos encontré cosas que no hubiese esperado jamás. Yo pensé que la paternidad era algo más vertical, pero me encontré con que en realidad tengo dos amigos que me hacen caso. Todas mis decisiones laborales fueron pensando en ellos, en que a las cuatro de la tarde los quería pasar a buscar por el colegio. Si algún día tienen algo que criticarme que no sea no haber estado. Prefiero equivocarme estando a que el error sea no estar.