Franco Bronzini: “La sociedad uruguaya tendría que estar más futbolizada, creérsela más”

El periodista y gestor cultural argentino cambió de orilla del Plata y de forma de vida.

Los sillones aún embalados y las cajas delatan que el periodista y gestor cultural Franco Bronzini es un recién llegado a este departamento en Malvín. La vista espectacular a la rambla, al Río de la Plata y a la isla de las Gaviotas valen toda incomodidad. “Me encanta la costanera”, así la llama, como para que no queden dudas de su procedencia. “La relación que ustedes tienen con el río es algo muy sano, muy lindo”, dirá en un pasaje de su charla con Galería sobre un tema del que también habla en primera persona: por qué tantos argentinos han dejado en estos años pandémicos su país natal, y por qué han elegido Uruguay, esa suerte de hermano menor gritón, cascarrabias (¿acomplejado?) y enchufado a un voltaje mucho más bajo como destino y hogar.

Él llegó con su familia —esposa y dos hijos mellizos de 14 años—, el 29 de junio de 2020. Adelantaron seis meses el arribo planeado. En Argentina la pandemia empezaba a hacer estragos y acá todavía no había pasado lo peor. En el apartamento, muy austero aún para ser casa y muy funcional desde ya para oficina, gobiernan unos libros desprolijamente diseminados por mesas y muebles y una guitarra acústica, que resultó ser muy terapéutica en los tiempos del confinamiento. Hoy está separado, pero todos los suyos siguen viviendo en Montevideo. Llegó a ver qué pasaba por acá y hoy está a cargo de la sección Contexto argentino en Búsqueda y el programa Geografías inestables en Radio El Espectador. Se movió, se conectó, visualizó, ofreció y cuajó, cuestiones que son tan vitales en Buenos Aires como acá, pero que allá parecen manejarse mucho mejor.

Bronzini, que cumple 58 años en un par de semanas, es amante del deporte, hincha de Obras Sanitarias y San Lorenzo en Argentina y de Peñarol en Uruguay. Este último amor nació viendo las épicas batallas entre equipos rioplatenses durante las copas Libertadores de los años 70 y 80 y se renovó para llevarle la contra a su hijo varón, que se hizo de Nacional. Sus dos hijos son deportistas: el varón juega al fútbol y la mujer hace atletismo y tenis. En el mundo cultural, su currículum vitae incluye haber trabajado durante cuatro años en Milán y Roma para Italia Cinema, una institución estatal de ese país, a fines del siglo pasado. Entre 2005 y 2006 fue vicedirector artístico del Teatro Colón de Buenos Aires, teniendo participación en la creación de la Ley de Mecenazgo. En la capital argentina condujo y produjo varios programas radiales. Y pese a haber vivido y trabajado en dos países donde la oferta deportiva, periodística y cultural es exponencialmente superior a la uruguaya, dice que se siente muy cómodo acá.

Claro, admite, hay mucho para crecer. Horacio Ferrer, escritor uruguayo que debió irse a Argentina para componer con Astor Piazzolla Balada para un loco, Chiquilín de Bachín y María de Buenos Aires y convertirse en el “poeta del tango”, decía —apelando al lunfardo más porteño— que la capital uruguaya era un “quedate piola” y la argentina era un “tirate un lance”. En esa definición de principios, con la que Bronzini está de acuerdo, están también las fortalezas y las debilidades que le encuentra a su nuevo lugar en el mundo.

En rigor, no es tan nuevo: “Mi relación con Uruguay existe desde que nací. Mi padre, un militar de carrera, vino a la Argentina de grande, después de la Segunda Guerra Mundial. Él empezó muy de abajo, se desarrolló en el sector textil y muy temprano conoció Punta del Este. Se fascinó con ella, te estoy hablando de fines de los años 50. A partir de ahí empezó nuestra relación con Punta del Este, tuvimos casa, primero mis padres, luego yo, y además teníamos trabajo para la empresa familiar en Montevideo. Salvo los cuatro años que estuve en Italia, venía a Uruguay no menos de seis veces al año. Punta del Este era el lugar que yo había escogido para morir, a Montevideo la tenía subvalorada. Era obvio: ¡Punta del Este fue mi adolescencia, fue felicidad, y Montevideo era trabajo!”.

¿Por qué decidieron venirse en 2020?

Te quiero aclarar algo, ni mi familia ni yo fuimos parte de esos que emigraron cuando la pandemia, con mucho resentimiento con la Argentina, diciendo que acá encontraron “la libertad que allá no había”. Todo eso resultó una mentira. En realidad, hay dos grupos de argentinos que se han venido a Uruguay en estos años. En uno están quienes lo hicieron por temas impositivos; en Argentina está instalado hace mucho tiempo que todos los empresarios son malditos y yo entiendo que muchos estaban cansados de escuchar lo mismo, de que les pusieran un impuesto atrás de otro. Pensaron que luego de la pandemia iba a ser peor y decidieron irse. Esos eligieron venirse a Uruguay porque no les iban a cobrar impuestos y porque estaba cerca. De esos, yo te diría que el 80% ya volvió a Argentina; y si no volvieron ellos, volvió su familia, que es peor. Y en el otro grupo están los que estaban hartos de la forma de vida en Argentina. Eso no tiene que ver con Cristina (Fernández) ni Mauricio (Macri) sino que estábamos cansados. Yo estoy en ese grupo, sigo queriendo a la Argentina como antes, pero estaba cansado de un sistema de vida que me agotaba.

¿Cómo es esa forma de vida?

Si vivís en Buenos Aires, tenés una familia con hijos y querés que estos tengan actividades además del colegio, tenés que vivir arriba del auto y sufrir un tránsito imposible. Además, es muy complicado el tema de la seguridad fuera de los límites (de la ciudad). Yo tengo hijos que son muy deportistas y los lugares para practicarlos en el Gran Buenos Aires cada vez eran peores; veías barras bravas en partidos de chicos de nueve años. Entonces sumás la cantidad de horas arriba de un auto, la inseguridad, la falta de libertad para los hijos, todo eso comenzaba a jorobar… Además, Argentina tiene un sistema que no te ayuda a crecer. Yo tengo mucho que criticar a los empresarios argentinos, hasta los años 90 yo fui uno, pero siempre te cambian los impuestos, sos el culpable de todo, el sistema político no te da una ayuda, si tenés todo en blanco y hacés las cosas bien, el sistema financiero no te ayuda a crecer. A Argentina la salva que la educación todavía es bastante buena, que hay una enorme resiliencia y una enorme creatividad. Esto es lo positivo; lo negativo es que es un país imprevisible y eso te termina cansando. La mayoría de los que nos vinimos no estábamos cansados de un gobierno sino de un sistema. A mí no me gusta nada (el presidente) Alberto Fernández, pero ni él ni los impuestos fueron lo que me hicieron venir.

¿Y qué encontró acá?

Lo primero que me sorprendió fue el respeto. Argentina es un país irrespetuoso en la cotidianeidad, con los maestros, con las autoridades, con la ley, con todo. Uruguay es respetuoso. Lo segundo es la tranquilidad con la que transitás por la calle, algo que para mí es increíble. Hago cantidad de actividades que allá no podía, como ir al Centro o que los chicos puedan andar en bicicleta. Obvio que te pueden afanar, pero esa no es la norma. Y después esto (señala a la rambla de Malvín)… Esto no lo tenemos en Buenos Aires. La costanera, la relación que ustedes tienen con el río, es algo muy sano, muy lindo. Ustedes son un país que está en crecimiento a lo largo de todo este siglo, después de (el presidente Jorge) Batlle fue todo crecimiento para Uruguay, de a poquito. Tienen que pegar un salto pero van creciendo. Institucionalmente son un país muy sólido, muy previsible, de reglas de juego claras. ¡Para nosotros, que la Argentina sea previsible es como un cuento de ciencia ficción!

Creérsela más. Franco es inquieto. La pasión de su hija por la raqueta lo hizo meterse en la Asociación Uruguaya de Tenis. También está queriendo bucear en el mundo de los podcast. También tiene en carpeta incursionar en la gestión cultural en Uruguay. Tampoco sería la primera vez: allá por 2003 fue el impulsor del festival Música en el Faro, de José Ignacio. El mundo empresarial, ese que comenzó su padre, ya quedó atrás.

Y repite, insiste, enfatiza, que Uruguay no es un país chato. Como vendedor, sería excelente.

“Yo me reunía con argentinos que habían venido en la pandemia y aunque algunos hablaban de la libertad de acá —cuando allá no estábamos presos— en algún momento decían que extrañaban la vida cultural de allá. Mirá, yo me moví en el mundo cultural argentino desde que nací y te puedo asegurar que esta gente allá no hacía ningún programa de ese tipo. Los que realmente aprovechan la movida cultural de Buenos Aires conforman un núcleo muy reducido de gente que se mueve en las artes plásticas o la música. El resto es puro verso. Los jóvenes sí pueden tener ofertas y las aprovechan, ¡pero no los de mi edad! Los de mi edad salen a morfar, y acá se morfa casi tan bien como allá”. Bronzini lo cuenta entre risas, pero se pone más serio a la hora de pensar qué tipos de argentinos (o extranjeros en general) tendrían que radicarse acá.

Culturalmente, ¿se puede traer algo de Buenos Aires para acá?

A mí me parece que de Buenos Aires hay un montón de cosas para aprender. Uruguay es mucho más chico, pero está teniendo una movida cultural. Lo que sí me parece, y es una de las pocas críticas que le tengo, es que se la creen muy poco. ¿Te acordás cuando desde el gobierno repartieron camisetas celestes a los chicos que iban a hacer las Pruebas PISA? Yo lo critiqué bastante en la radio porque me parecía que estaban futbolizando la política, algo que me parece que no está bien y que nosotros ya lo habíamos vivido en la Argentina. Cuando el fútbol se te va metiendo de golpe en la política no te lo sacás más porque te maneja todo. Pero la sociedad uruguaya, al revés que la política, sí tendría que ser más futbolizada. Siendo solo 3 millones y algo de gente, los jugadores uruguayos de fútbol se la recontra creen. “Yo estoy acá, vení, ganame”. ¡Capaz que no son tan buenos (risas), pero eso es lo que transmiten! Esa actitud es lo que tendría que extenderse a toda la sociedad. El día que dejen de hablar del “paisito” y se den cuenta del entretejido social que tienen… La media social uruguaya es muy alta; lo que necesitan es romper con algunos prejuicios que tienen de ustedes mismos.

Supongo que sí ha sentido ese choque de idiosincrasias entre el uruguayo y el argentino. ¿Cómo ve la relación?

Yo estaba trabajando en una producción documental para Italia sobre un festival de cine en Buenos Aires en la que se presentó esa extraordinaria película uruguaya, 25 watts. Entonces entrevisto a los directores, que me parecieron brillantes, y les pregunto sobre el vínculo entre Uruguay y Argentina. Uno de ellos, creo que Juan Pablo Rebella (el otro era Pablo Stoll), me dice: “Lo que veo es que ustedes, los argentinos, tienen un complejo de superioridad y nosotros, los uruguayos, uno de inferioridad”. Eso fue en 2001, en ese momento quizá la diferencia entre los dos países era enorme, no es lo que es ahora. Uruguay desde entonces creció y Argentina pasó por muchas crisis. Creo que la relación ahora es mucho más pareja.

Ahora, muchos uruguayos que se iban a Argentina iban con una mano atrás y otra adelante. Usted veía porteros de edificio uruguayos en Balvanera y no hay ningún portero argentino en Pocitos. Es otra la inmigración según el sentido en que se dé, ¿no?

Hay algo que el gobierno uruguayo va a tener que resolver pronto. Uruguay tiene una base social muy alta y está en la fantasía de buena parte del hemisferio sur, se transformó en una especie de Meca. La gente de plata que quiso venir ya se vino; entonces, Uruguay tiene que definir qué país quiere ser. No puede ser un país megaproductor como Argentina y Brasil por un tema de tamaño, pero sí tendría que meterse en la cabeza el ser un hub científico y tecnológico. Atraer científicos y técnicos. Y artistas. Acá ya hay muchos. Nosotros crecimos con el humor uruguayo en Argentina, con Telecataplúm. Uruguay tiene tres escritores que no fueron premios Nobel simplemente porque fueron uruguayos: Juan Carlos Onetti, Mario Levrero y Marosa Di Giorgio. Yo sé que Argentina tampoco ganó ninguno, pero Onetti tuvo que publicar en Buenos Aires para poder trascender afuera. En Argentina hoy está lleno de jóvenes científicos extraordinarios, Uruguay —que ya atrajo a los cabezas de varias empresas tecnológicas— tendría que atraerlos. Y mientras tanto que siga con los temas del campo o los financieros.

Sin cortes. En momentos en que se habla de que Uruguay importa de Argentina “la grieta”, ese eufemismo que indica que rechazamos más “al otro”, que apoyamos a los propios, sobre todo en términos políticos, para este periodista el “paisito” es todavía un spa. No solo sería un gran vendedor del país, también sería un inflador psicológico para alguien con crisis de patriotismo que lo requiera.

¿Qué impresión tiene de la clase política uruguaya? ¿Y del periodismo uruguayo?

Es un poco relacionado con lo que decía de la sociedad uruguaya. El periodismo uruguayo para mí en estos momentos es muy superior al argentino.

¿En qué lo nota?

En todo. Son mucho más honestos. Yo escucho en la mañana a Gabriel Pereyra (Sarandí) o a Joel Rosenberg y a Darwin (Del Sol). A Darwin en Argentina ya lo hubiesen cagado a trompadas, no existe ni la posibilidad de hacer ese humor político. Hay grandes periodistas que se metieron en esta guerra despiadada entre un bando y el otro y quedaron cortados, salvo muy pocas excepciones, como Hugo Alconada Mon, Carlos Pagni o Antonio Laje, que en su momento criticaron a los que tenían que criticar. Jorge Lanata es brillante y si en algún momento estudiás periodismo tenés que estudiarlo a él, que fundó Página 12 a los 26 años, pero hoy quedó totalmente cortado por esta situación. Para mí, el periodismo uruguayo está mucho mejor que el argentino. Quizá le falte algo a la televisión uruguaya, pero la radio me parece mejor, más sólida. En Argentina vos tenés todo una bajada de línea y ya sabés lo que va a pasar, qué es lo que se va a decir y eso es un delirio. No se busca la verdad sino ubicarte en qué bando estás. Ahora, cuando salieron unos cuantos grandes periodistas a decir que eran perseguidos y no sé qué, yo los seguía viendo en todos lados y diciendo lo que se les cantaba, ¡andá a decir lo que se te ocurra en Rusia! Creo que el mejor ejemplo de Uruguay es que podés tener a todos de todos los bandos sentados en una mesa. Los vi al otro día del plebiscito de la LUC. Eso en Argentina no hubiera pasado. Ahora hay una camada de políticos en Argentina, sobre todo de la Unión Cívica Radical, que van por un camino de consenso… Definitivamente esos son menos queridos por los argentinos que se vinieron acá para pagar menos impuestos y que fomentan la guerra (sonrisa amarga). Yo no sé qué guerra pueden querer en un país con un 50% de pobres…

¿Sigue siendo Uruguay el país donde quiere terminar sus días?

Sí, totalmente. Y más ahora con la posibilidad de viajar a Argentina cuando se me antoje. Uruguay, además, tiene mucho para crecer.

¿Argentina no?

Argentina sí. Pero yo no sé si voy a poder ver a una Argentina a la cual yo me pueda adaptar en su sistema de vida cotidiano. Insisto: me voy de ahí y vengo acá por un tema cotidiano, no por un tema político. Vine a Uruguay porque la cotidianeidad del uruguayo es más afín a mi forma de ser. Hay muchos más que quieren venir y no vienen por lo caro que les resulta Uruguay. Yo realmente acá soy feliz, la paso muy bien. Y veo que tienen un montón para crecer. Pero, pese a que son receptores de propuestas, son muy conservadores en algunas cosas todavía.

¿Por ejemplo?

Yo creo que tendrían que arriesgarse más en todo. Está cambiando, hay gente que se anima a hacer cosas que otros no. Es gente, ojo, que sabe que la puede pifiar, que le puede ir como el culo.

Horacio Ferrer tenía razón.

Y bueno, sí. Y yo creo que es eso lo que le pasa al porteño. ¿Sabés cómo es su filosofía? Perdón con cómo la voy a expresar, pero es más o menos así: si total me patearon el culo siempre, voy a jugarme a hacer la mía.