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    ¡Ahora sí!: a subirse al estribo de Brasil

    N° 1993 - 01 al 07 de Noviembre de 2018

    “Tengo claro que Uruguay tiene que subirse al estribo del Brasil porque será una superpotencia de las que corta el bacalao grueso en el mundo”, declaraba José Mujica al recibir al expresidente (hoy presidiario) Luis Inácio Lula Da Silva, en su visita a Montevideo en mayo de 2010.

    Pasaron ocho años y “cambia, todo cambia”: Lula está preso por corrupto, junto con varios dirigentes del Partido de los Trabajadores y empresarios que se sumaron al saqueo organizado por políticos estatistas. Es la misma receta que repite el socialismo en todo tiempo y lugar: centralización del poder, mercados regulados, beneficios repartidos por el político de turno, tráfico de favores, corrupción y recesión. Como bien decía Margaret Thatcher: “El socialismo fracasa cuando se les acaba el dinero... de los demás”. Y se acabó.

    Ahora ganó Bolsonaro. Lo califican de “extrema derecha” porque le registran algunas declaraciones infelices durante su larga trayectoria pública. Parece que eso vale más que veintisiete años en el Parlamento sin tacha de corrupto ni tirano, que su bien elaborada propuesta de gobierno o que el discurso que leyó apenas se supo ganador. El tiempo dirá.

    Lo que está claro es que Brasil se hartó del socialismo y parece que quiere probar con un poco de liberalismo. El liberalismo no es golpe militar, sino que es darles seguridad a los ciudadanos. No es legislar a favor de los empresarios, sino del mercado. No es limitar los derechos sociales, sino exigir la contrapartida de la responsabilidad. Esto fue lo que propuso Bolsonaro en forma clara y sin pelos en la lengua. La gente lo entendió y lo votó.

    Parece que tampoco les fue bien a los que jugaron “al medio”, sea al gradualismo o a la evolución. ¡Nada de paños tibios! O defiendes el libre mercado y vas por la privatización de empresas públicas ineficientes (como Ancap) o no lo defiendes. O estás a favor de la integración comercial al mundo y pateas el Mercosur, o mueres con él. O permites el porte de armas para que los ciudadanos honestos se defiendan, o las dejas en mano de los delincuentes para que te sigan matando. Lamento decirlo, pero hemos llegado a un punto donde no hay lugar para los grises.

    Brasil ahora va a ir por el mismo camino que condujo a la prosperidad a países como Corea del Sur, Nueva Zelanda, Estonia, Chile o los países nórdicos que abandonaron la socialdemocracia: abrir los mercados, bajar impuestos, reducir burocracia y flexibilizar las relaciones laborales.

    Los temores de un Bolsonaro golpista, homofóbico y racista no tendrán cabida si se abre la economía y liberan los mercados, ya que serán los individuos —haciendo sus elecciones en libertad— quienes decidirán comprar, vender, fabricar o servir a homosexuales, negros, extranjeros o marcianos. Salvo que Brasil se transforme en un totalitarismo con libertad de comercio como China, las opciones antidemocráticas no tendrán cabida.

    Mucho más miedo meten las declaraciones de Constanza Moreira: “Brasil parece haber inaugurado un Estado teocrático con Dios como referente. Y el principal derecho será el de la propiedad privada. Nadie que esté en sus cabales democráticos puede estar festejando esto”. Es exactamente al revés: solo las dictaduras y las monarquías feudales impiden la propiedad privada, porque es el medio que tiene la gente para ganarse la vida por sus propios medios, sin necesidad de someterse al monarca, al partido o al gobernante de turno.

    Uruguay debe subirse al estribo de este proceso hacia mayor libertad y menos Estado. O mejor aún: que se suba directamente a la montura y tome las riendas del cambio.

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