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    ¿Cuántas vidas vale tu causa?

    Columnista de Búsqueda

    N° 1951 - 04 al 10 de Enero de 2018

    El 10 de octubre de 1970, dos comandos del grupo terrorista Frente de Liberación de Quebec (FLQ) secuestraron al agregado comercial británico en Montreal, James Cross, y al ministro de Trabajo canadiense, Pierre Laporte. El FLQ venía operando en Quebec desde hacia siete años, plantando bombas y robando bancos. Sus acciones violentas ya habían provocado cinco muertos y decenas de heridos en la zona de Montreal, por lo que la reacción del gobierno canadiense fue fulminante: declaró la Ley Marcial y sacó el Ejército a las calles. Esa crisis terrorista fue conocida como la “crisis de octubre” y se saldó con la muerte de Laporte, que fue estrangulado por sus captores y abandonado en el maletero de un coche en las afueras del aeropuerto de Saint-Hubert. Varios miembros de la banda terrorista terminaron en prisión y otros se fueron a Cuba.

    De aquella crisis quedó para la memoria colectiva la entrevista que dos periodistas le hicieron a pie de calle al entonces primer ministro canadiense, Pierre Trudeau. Después de que Trudeau le preguntara al periodista si él estaba dispuesto a vivir en una sociedad que tolerara el secuestro de ministros y luego de que el periodista, increíblemente, le contestara que sí, el mismo periodista le pregunta hasta dónde tiene pensado llegar con sus medidas. Trudeau contesta: “¿Que hasta dónde tengo pensado llegar? Solo míreme”.

    Hay otra frase, menos conocida, que también trascendió en aquel conflicto y fue la que pronunció René Levesque, fundador del separatista Partido Quebequés: 'La independencia de Quebec no vale una sola vida'. Es decir, en una democracia, la causa, por poderosa y magnética que sea, no puede estar por encima de la vida de las personas. Sobre todo si se supone que mejorar la vida de las personas es el leitmotiv de cualquier idea política que se discuta en la arena democrática.

    Los hechos han dado la razón tanto a Trudeau, quien se mantuvo firme y mesurado en el uso legitimo de la violencia desde el Estado democrático (aunque algunos lo cuestionan por haber rayado la ilegalidad en las redadas de aquel octubre de 1970), como a Levesque: el separatismo quebequés ha optado por manifestarse en exclusiva con argumentos y recursos propios de la democracia. Y si bien no ha logrado su objetivo final, tan mal no le ha ido. Como tampoco les ha ido mal a los canadienses en general.

    Asumiendo que, con todos sus problemas y sus defectos, en Occidente vivimos en sociedades democráticas que resuelven sus conflictos a través del debate, parece interesante preguntarse cuántas vidas sería justo sacrificar en pro de una causa política, la que sea. No hay que olvidar que, por ejemplo, en el caso de cualquier secesionismo (incluido el de Quebec) lo que se está discutiendo en esencia es cómo administrar un territorio y poca cosa más. Más allá del disfraz épico e histórico con que se quiera revestir el punto, en el más radical de los casos lo único que cambiaría sería la gestión de la cosa pública. Siempre que, claro, estemos hablando de que el cambio que se desea incluya mantener el sistema democrático.

    Pero eso no siempre es así; de hecho, asistimos a un montón de movimientos y tendencias de claro corte antidemocrático que, pese a la abundante evidencia empírica en su contra, siguen proclamando su superioridad moral sobre la democracia. Y es que la idea, allá arriba en los cielos, puede permanecer inmaculada e intocada, siempre que no se ensucie en la realidad.

    El asunto de que esa causa que yo y los míos encontramos fascinante hasta el punto de convertirla en el centro de nuestra existencia, deba ser obligatoria para el resto, no es nueva. Ha sido el motor de un montón de movimientos que han resultado un horror, tanto a derecha como a izquierda.

    Lo novedoso en el rubro de los que se dedican a imponer sus buenas ideas al resto sería más bien que se han producido nuevos cortes de campo y, por ende, nuevas superioridades morales. Y es que cuando una causa se convierte en algo tan poderoso que logra ver a toda persona que no se pliega a su jugada como un potencial enemigo, es que la causa ha dejado de ser política para convertirse en moral. Y cuando una causa comienza a ser moral, su destino es intentar imponerse sobre todos aquellos que “no entienden” o, peor aun, “se niegan” a reconocer las bondades de tal causa.

    Hace una semana comentaba el caso de August Ames, una joven actriz porno que se suicidó tras ser acusada globalmente (y esta clase de acoso también es relativamente nuevo) de ser homófoba a partir de unos comentarios en Twitter. Su caso es paradigmático de cuando una causa (supuestamente generosa, como sería el combate a la homofobia) se convierte en un monstruo colectivo que ve a los individuos como simples hormigas a pisotear. O como peones en un ajedrez moral que solo ellos, los chicos de las antorchas, logran descifrar y, por tanto, liderar.

    La aniquilación virtual de la joven canadiense, que padecía depresiones, me recordó, por la estupidez y la violencia contenidas en el proceso, el caso de aquel ecologista argentino que estaba dispuesto a sacrificar a una orca que había vivido siempre en cautiverio y para la que sería imposible sobrevivir en libertad, si esa muerte servía para la causa. La causa del ecologista, claro, no la de la orca que se proponía liquidar. Con Ames fue la misma lógica, la del iluminado y su idea que no admite el menor matiz y que es capaz de tasar en vidas su efectividad.

    El error de esta forma de concebir la política, que coloca la causa colectiva (definida solo por ese grupo y que no admite matices desde el exterior) por encima de la vida de las personas, es resumido de manera precisa por Isaiah Berlin: “Si uno está verdaderamente convencido de que existe una solución para todos los problemas humanos, de que uno es capaz de concebir una sociedad ideal a la cual el hombre puede acceder si tan solo hace lo necesario para alcanzarla, entonces mis seguidores y yo debemos de creer que ningún precio es demasiado alto para abrir las puertas de semejante Paraíso. Una vez que se expongan las verdades esenciales, solo los estúpidos y los malevolentes ofrecerán resistencia”. Precisamente para evitar este mesianismo moralista y peligroso es que ninguna causa debería valer más que una vida.

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