Nº 2095 - 29 de Octubre al 4 de Noviembre de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAmérica Latina ya lo probó todo: monarquías, virreinatos, comunismo, socialismo, dictaduras militares, oligarquías, socialdemocracias y populismos varios. Casi nada de todo esto funcionó bien. Lo que hemos probado poco es del liberalismo clásico. ¿Será que ha llegado su hora?
Veamos el caso de Argentina. Ya va por el noveno default; está entre los cinco países con más inflación del mundo; los niveles de pobreza llegan al 50% y sigue creciendo; el peso argentino cada día vale menos porque están emitiendo billetes para pagar el déficit fiscal; el “Estado presente” no ha dejado de crecer. Lo han probado todo y nada les funciona.
El problema no son las personas, sino las malas ideas que guían su accionar. La creencia de que el Estado lo puede todo y debe hacer todo los tiene anclados desde 1930. A partir de la década del 40 todo empeora con Perón: gasto, derroche, corrupción y populismo, que dura hasta hoy.
Las ideas liberales fueron las que permitieron a Argentina ser una potencia mundial. Juan Bautista Alberdi las plasmó en la Constitución de 1853 cuyos principios rectores fueron la libertad (no solo política, sino de comercio), un Estado focalizado en sus funciones básicas de juez y gendarme y la propiedad privada.
Desde hace unos años, economistas como Javier Milei, José Luis Espert, Agustín Etchebarne, Gustavo Lazzari, Diego Giacomini, Aldo Abraham o Roberto Cachanosky, entre otros, han difundido las ideas de la libertad en la academia, las empresas y, sobre todo, en los medios de comunicación.
Lo han hecho con tanta persistencia, datos duros y evidencia empírica irrefutable que tales ideas están permeando en toda la sociedad, en especial, entre los más jóvenes. Ya muchos están viendo que las diferencias entre peronistas, radicales y el grupo del expresidente Mauricio Macri utilizan —a grandes rasgos— las mismas ideas para gobernar. De hecho, han dicho que Macri practicaba un “kirchnerismo de buenos modales”.
El modelo “tripartita”, donde gobernantes, empresarios y sindicalistas se repartían el botín, argumentando “defender la industria nacional” o “poniendo dinero en el bolsillo a la gente” para “redistribuir riqueza”, está agotado.
Las encuestas muestran que el movimiento libertario está captando cada vez más adeptos: del 1,8% de votos que obtuvo José Luis Espert en las últimas elecciones primarias (PASO) al casi 15% que muestran las encuestas hoy es un gran salto.
Salvando las distancias, el Uruguay está en una encrucijada similar: o se sigue gobernando con las ideas estatistas o se da un giro hacia políticas más liberales, donde se premie la iniciativa individual, la meritocracia, el éxito bien alcanzado y se apoye a quien lo necesite, pero no haciendo del necesitado una víctima o un esclavo.
De este lado del Plata los liberales también están buscando organizarse (lo cual no es fácil para quienes llevan la libertad en sus genes y detestan todo tipo de ataduras). Pero ningún gran logro se obtuvo sin renunciar a algo. ¿Será la hora de volver al liberalismo que supimos disfrutar en el Río de la Plata o habrá que seguir esperando?