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    “La dictadura del pensamiento estúpido”

    Sr. Director:

    Con mucho regocijo leí la nota de Marcos Cantera Carlomagno de la edición del día 6 de abril pasado. Precisa y certera, como todas las suyas.

    Excelente ese pasaje en que nos habla del “triunfo del pensamiento estúpido propio de lo políticamente correcto. La mentalidad de todos y de todas. El fin de la libertad de expresión. La nueva forma de totalitarismo. Se acabaron los negros, los indios y los homosexuales, por decirlo en pocas palabras. El falso progresismo, una de las peores consecuencias de la Guerra Fría, nos impuso esta dictadura del pensamiento estúpido”.

    Pero, sin embargo, no es cierto que se hayan acabado ni los negros, ni los indios, ni los homosexuales. Por supuesto, siguen existiendo. Aunque a algunos no les guste el nombre que tienen. Y se lo quieran cambiar.

    Pese a esos intentos, propios de las almas tutoriales (al decir de Carlos Vaz Ferreira), siempre termina por imponerse la lógica elemental que cantaba Martín Fierro en su payada con El Moreno: “A todo se ha de poner el nombre con que se llama”.

    Al fin de cuentas, hasta el mismo Tabaré Vázquez sabía dar la razón a Marcos Cantera y a Martín Fierro.

    ¿O será que nadie se acuerda de aquel famoso apotegma: “Festejen, uruguayos, festejen”?¿Será que las uruguayas no tenían nada para festejar?¿O que eso de “uruguayos” comprendía a ambos sexos (sexos, no géneros)?

    Claro que algunos podrían decir (ahora, con las cartas a la vista) que en verdad las uruguayas no tenían nada para festejar (los uruguayos tampoco). Y por eso no las inventaban a participar de la fiesta.

    Pero lo cierto es que una y otra vez la realidad traiciona eso que Marcos Cantera llama, no sin cierta razón, “el triunfo del pensamiento estúpido propio de lo políticamente correcto. La mentalidad de todos y todas”.

    Hace algunos años, un excelente amigo me obligó (el pedido de un amigo es una orden) a recorrer el país, hablando en radio, televisión y Juntas Departamentales, en contra del proyecto de Aratirí.

    En una de esas ocasiones, luego de la conferencia en la Junta Departamental (no me acordaré del nombre del departamento para poder dejar el nombre del máximo jerarca —o jerarco— departamental en el olvido), me quedé a una charla en la Intendencia al día siguiente, sobre otros temas que también mucho me interesaban.

    La charla la abrió el máximo jerarca (o jerarco) del gobierno departamental, y como se trataba de persona políticamente correcta, la inició tal como prescribe eso que Marcos Cantera denomina “el pensamiento estúpido“ (en un sentido, me imagino, que no intenta ser innecesariamente ofensivo).

    O sea: “Vecinos y vecinas, compañeros y compañeras”.

    Muy bonito y políticamente correctísimo.

    Lo malo fue que de inmediato entró al tema de fondo y anunció en forma categórica que “los técnicos de la Intendencia ya están ocupándose de esos problemas que tanto preocupan a los presentes”.

    No pude contenerme y, olvidando las buenas maneras, me rendí a la tentación. Y, sin pedir la palabra, interrumpí al jerarca (o jerarco) y le pregunté por cuál extraño motivo su Intendencia no admitía técnicos femeninos y reservaba esos puestos para los hombres. Y afirmé, además, que los preocupados no éramos solamente hombres, ya que había numerosas mujeres presentes y en la misma actitud (o sea, preocupadas y no preocupados). La respuesta indignada fue que en esa Intendencia no se hacían discriminaciones y había “técnicos de ambos sexos”. Y, por supuesto que mi intervención no autorizada le resultaba algo impertinente.

    “Pues presento mis excusas, repuse sin poder ocultar mi regocijo, pero como Ud. habló solamente de técnicos —y no de técnicos y técnicas— pensé que solamente los habría del sexo masculino”.

    Estuve por decirle también que no es políticamente correcto admitir que haya técnicos de ambos sexos, sino que tienen que ser de ambos géneros. Por suerte para mi integridad física, me contuve.

    Pues las miradas no matan. Pero lo cierto es que los llameantes ojos del jerarca (o jerarco, no quiero recordar bien) me dejaron un buen moretón.

    Y es que tales incoherencias suceden a todos los que intentan forzar las reglas naturales y bien fundadas del lenguaje. Para ceder a la corrección política (léase: “pensamiento estúpido” como dice Marcos Cantera).

    Bien enseñan los que de esto saben un poco (porque han estudiado mucho, y, sobre todo, han aprendido mucho más que yo) que “el género es una propiedad de los nombres y los pronombres que tiene carácter inherente y produce efectos en la concordancia con los determinantes y los adjetivos y que no siempre está relacionado con el sexo biológico. Los seres humanos no tenemos género, tenemos sexo” (por suerte, anoto yo, porque nunca pude envidiar su vida a las amibas).

    También nos enseñan, con la sabiduría que da el estudio y permite zafar de la estupidez que denuncia Marcos Cantera, que “el criterio básico de cualquier lengua es obtener economía y simplificación. Obtener la máxima comunicación con el menor esfuerzo posible, no diciendo con cuatro palabras lo que puede resumirse en dos”.

    Desde ámbitos más cercanos, pero no por ello menos atinados, enseña el escritor Hugo Burel que “no estoy muy de acuerdo con esa diferenciación gramatical. Lo que hace es entorpecer el discurso al dotarlo de una aclaración permanente de hacia quién va dirigido. Personalmente, sigo hablando como siempre y prefiero no estar aclarando lo obvio, lo que ya está contemplado en el propio lenguaje. La corrección política abusa de los recursos y es una cosa que me parece excesiva e innecesaria. Se me entiende sin que diga todos y todas, niños y niñas” (entrevista en “El País” del día 20 de abril pasado).

    En estos días se publicó en la prensa nacional una solicitada de los damnificados del régimen de las AFAP. Su título: “Cincuentones: errores flagrantes del Fiscal de Corte”.

    Sin duda alguna, quienes perpetraron ese adefesio eran políticamente correctos. Pues no dicen que “a la fecha del dictamen ya había trabajadoras y trabajadores sufriendo el daño”. Y se hace referencia a “los recursos que presentaron muchos trabajadoras y trabajadores”.

    Sí, así mismo: “muchos trabajadoras”.

    Cualquiera, que no esté algo desequilibrado por eso que Marcos Cantera denomina “pensamiento estúpido”, podría detectar fácilmente una falta de concordancia tan ridícula como reveladora. Pero ya sabemos que la coherencia no es una característica propia de la “corrección política”.

    Esa frasecita, de inmediato, me hizo retornar al título de la nota “Cincuentones”.

    ¿Será que las “cincuentonas” no tienen problemas con el régimen de las AFAP? Y si no los tienen ¿por qué presentaron recursos? Y si presentaron recursos porque tiene problemas ¿por qué las dejaron fuera del título de la nota?

    ¡Qué injusticia! ¿O tal vez —¡horror!— discriminación?

    Por supuesto, la cosa no terminó con el título. Sigue algún párrafo de antología: “¿Quiénes son los perjudicados que ya existen (otra vez ¿será que no hay perjudicadas?). Primero: todos aquellos (¡Caramba!, y aquellas ¿por qué las dejan afuera?)”.

    “Segundo: todos aquellos que se jubilaron por la ley 16.713 habiendo desempeñado actividades bonificadas, por ejemplo, las docentes (más caramba aún:¿ cómo es eso de que las docentes puedan estar comprendidas en todos aquellos?).

    Y aunque todo esto no es poca cosa, continúa el párrafo afirmando que: “Y tercero, todos los que se han jubilado por causa común desde el 1º de abril del año pasado hasta la fecha” (lo cual me hace pensar, en forma políticamente correcta, que ninguna mujer se ha jubilado por causa común desde aquel 1º de abril hasta la fecha).

    Esta última inferencia es consecuencia incuestionable, si es que hemos de respetar el pensamiento políticamente correcto (o pensamiento estúpido, según Marcos Cantera).

    Y la cosa continúa, para más diversión de los que nos regocijamos con estas tonterías.

    Pues se hace referencia a quienes “no solamente poseían un derecho adquirido, sino que, además, han sido poseedores de un daño adquirido”.

    Lo que confirma mi anterior conclusión: se habla de cincuentones porque las mujeres no sufrieron daño (pues, de haber sido damnificadas, se tendría que hacer dicho “poseedoras y poseedores”, pero como se hace referencia únicamente a los poseedores, hay que admitir que eran todos hombres).

    Pero si esta conclusión es correcta ¿por qué se nos habla antes de “trabajadoras y trabajadores”?¿Y por qué presentaron recursos si no eran poseedoras de un daño adquirido?

    Y el texto continúa. Y se hace aún más divertido cuando afirma que “a las víctimas solamente las puede defender la Suprema Corte de Justicia”.

    Entonces ¿había cincuentonas entre los damnificados? ¿Y por qué motivo la Suprema Corte ha de defender solamente a las víctimas? ¿Por qué dejar fuera de la protección a “los víctimos”? Me parece que acá hay discriminación en sentido contrario…

    Y termina la poco coherente solicitada afirmando que “por lo tanto, deberemos defendernos a nosotros mismos”.

    Lo cual me deja perplejo. Las cincuentonas ¿por qué no se defienden? Pero presentaron, según dice la solicitada, recursos jurisdiccionales. Al fin de cuentas ¿en qué quedamos? ¿Se defienden o no se defienden?

    Alguno políticamente incorrecto podría pensar que si de dedicaran a ser coherentes y escribir a cada instante cosas como “nosotros y nosotras”, el texto puede terminar siendo excesivamente engorroso y hasta incomprensible.

    Y para terminar, la frutilla de la torta, que aparece al final, porque el comunicado viene suscrito por la Asociación de Trabajadores de la Seguridad Social.

    A esta altura del mamarracho ya ni siquiera me pregunto por cuál extraño motivo se discrimina de esa forma a las mujeres (esas trabajadoras que no pueden estar nunca incluidas en el vocablo “trabajadores”) y no se les permite ingresar a la Asociación… ¿Será que las trabajadoras no tienen derecho de asociarse? Me parece que me debo una urgente relectura del artículo 39 de la Constitución nacional.

    Este que he comentado no es un ejemplo aislado. En casi todos los textos que emanan de gente políticamente correcta sucede eso: comienzan haciendo la ritual reverencia a eso que Marcos Cantera llama el pensamiento estúpido… y prontamente la realidad y las necesidades del lenguaje las llevan al olvido del lenguaje inclusivo. Demostrando así, con la feroz contundencia de los hechos, que Marcos Cantera tiene mucha razón.

    Para terminar con el adefesio, no puedo dejar de señalar la inquietud que me ha causado eso —repetido dos veces— de “las trabajadoras y los trabajadores”.

    Las y los feministas y feministos políticamente correctos armaron su buen escandalete por la antigua costumbre de utilizar primero el apellido del padre (en aquella épocas lejanas que algunos añoramos, venía primero el nombre del padre y luego el de la madre, ahora puede ser cualquier cosa y en todo sentido).

    Sostenían que eso era discriminatorio.

    Y yo, con cierta melancolía, me pregunto si eso de “trabajadoras y trabajadores” (siempre ellas primero) no exhala también algún tufillo discriminatorio. ¿O será que la discriminación por la prioridad solamente juega en tema de apellidos y para el lado femenino de la situación?

    Por supuesto, ya me imagino que las feministas y los feministos saldrán diciendo que son casos diferentes…

    O que yo soy un viejo retrógrado, o simplemente, un imbécil.

    Lo cual podrá ser cierto o no, pero en cualquier caso lo considero preferible a practicar “el pensamiento estúpido propio de lo políticamente correcto. La mentalidad de todos y todas”. Como tan bien y con tanta elegancia lo dice Marcos Cantera Carlomagno.

    Enrique Sayagués Areco

    CI 910.722-5

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