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    ¡Sálvese quien pueda!

    Por Lector

    Sr. Director:

    No le estoy enviando esta carta porque me sienta o me crea una persona merecedora de alguna consideración especial. Soy un lector más pero me sentí agraviado por una columna que fue publicada en Búsqueda la semana pasada y aspiro a que esta carta se publique.

    Fui aludido directamente en la columna del Sr. Raúl Ronzoni ¡Sálvese quien pueda! de la última edición de Búsqueda. Me tomo, pues, la libertad de solicitarle que publique las siguientes reflexiones respecto a lo escrito por el autor.

    Surge inequívocamente de la mencionada columna que el Sr. Ronzoni comparte su opinión sobre la mediocridad de los políticos de todos los partidos, al grado de señalarme que tengo la obligación de dirigirme a ellos en lugar de hacerlo a los periodistas. A la sugerencia, exhortación o lo que fuere adelanto que —por razones obvias— no habré de hacerle caso.

    El Sr. Ronzoni empieza por reconocer (¡cuán noble de su parte!) que tengo el pleno derecho a ejercer la libertad de opinión pero que en lugar de ejercerlo dirigiéndome a los “periodistas” (nunca lo hice; me dirigí solo al director periodístico de Búsqueda, el Sr. Andrés Danza, al respecto de una única columna firmada por él) yo tenía la obligación de dirigirme a “mis compañeros políticos de todos los partidos”. En suma, me acusa de “refugiarme” (¿?) como “gestor en un cómplice espíritu corporativo”.

    ¿De dónde saca tan insólita conclusión? Él es quien alude a, por lo menos, dos corporaciones que existirían en el país: la de los “periodistas”, a la que yo no aludí, y la de “mis compañeros de todos los partidos políticos”, a la que tampoco aludí. El Sr. Ronzoni dice “todos los partidos”. Todos es todos. Bueno, entonces cabe un “aviso a los navegantes”: advierto a mis “compañeros” (¿?) de todos los partidos que el Sr. Ronzoni, uno de los afortunadamente pocos catones uruguayos, ha dictaminado que soy un gestor de un no sé qué cosa (¿banda?, ¿grupo?, ¿sociedad secreta?, ¿logia?). Intuyo que se refiere a algo cuando afirma que soy gestor “en un cómplice espíritu corporativo” (sic).

    No sé si mis compañeros de todos los partidos políticos lo sabían, pero desde ahora lo saben: soy gestor de eso(“¡Sálvese quien pueda!”) y que, en mi condición de tal, espero la remuneración que me corresponde de algunos compañeros de todos los partidos. Con toda franqueza, no tuve más remedio que tomar “en solfa” todo el tema de gestor “en un cómplice espíritu corporativo”. Es lo que merece un autor de tal dislate.

    Pero en las líneas que siguen voy a referirme a un tema muy serio que no puedo soslayar porque atañe a la razón por la que uno siente que tuvo el privilegio de vivir muchos años. Y tiene, además, que ver con el legado que uno pretende dejar a los hijos y a una sociedad que me ha dado muchísimo; entre otras, en la actualidad, el privilegio de dictar un curso en la Facultad de Derecho de la Universidad Claeh, actividad que tiene bastante que ver con lo del legado al que me referí algo más arriba.

    El Sr. Ronzoni me ha insultado de, por lo menos, tres maneras: la primera, con el título de su columna ¡Sálvese quien pueda!; la segunda, con su afirmación de que en el pasado hice “gárgaras” en defensa de su libertad (la libertad de opinión de los periodistas), y la tercera, por afirmar en público que adolezco de una “enfermedad” contagiosa (¿?): “A la vejez, vituela”.

    Respecto al título: eso solo puede significar que yo soy o que mis ideas son un peligro para el país y que conviene que la población se aleje de mí o de mis ideas tan pronto sea posible, ya que, entre signos de exclamación, se le exhorta a “salvarse como pueda”. Esa aberración no la admito.

    Repecto al segundo insulto: si me guío sobre cómo define el diccionario de la RAE el vocablo gárgaras, le encargo el tema al Sr. Ronzoni, ya que está demostrando a través de la columna que dio motivo a esta carta ser un experto en la materia.

    Pero no puedo dejar de preguntarme: ¿a cuáles de mis gárgaras del pasado se puede estar refiriendo él? Especulo que quizás se trate de mi columna regular en Correo de los Viernes durante varios años de dictadura. Para mí, un honor y un privilegio. Créame, Sr. director, nada heroico de mi parte pero tampoco “gárgaras”. Tampoco fue “gárgara” un episodio de mi vida que generó una amistad con el Dr. Enrique Tarigo que duró hasta los últimos días de su vida y, sin duda, de la mía.

    Me retrotaigo a diciembre de 1978. En el país era presidente (¿?) el Dr. Aparicio Méndez y era comandante en jefe del Ejército el general Gregorio Álvarez. En Argentina, gobernaba el general Videla. No sé si 1978 fue el peor año de la represión en los dos países pero, sin duda, estuvo entre los peores. El Dr. Tarigo había sido invitado a participar presencialmente con una disertación —que versaba sobre pluralismo político, un tema del que se hablaba poco en esa época por estos lares— de su autoría al Segundo Coloquio Latinoamericano sobre Pluralismo Cutural.

    El Comité Central Israelita del Uruguay había elegido al Dr. Tarigo como representante del Uruguay. Pero el Dr. Tarigo había sido procesado arbitrariamente por la Justicia militar en su calidad de gerente general de El Día y el juez le negó el derecho de salir del país. Desoyendo el consejo de amigos más prudentes ofrecí leer su disertación en Buenos Aires en una sesión abierta al público.

    El Dr. Tarigo tuvo la gallardía de incluir en el proemio de su disertación, que luego se publicó en un libro que recogió la suya y las de todos los demás participantes, lo siguiente: “A sabiendas que se me ha vedado la concurrencia (…) he de aceptar, honrado y complacido por ello, que el Dr. Elías Bluth, designado al efecto por el Comité Central Israelita del Uruguay, tenga la gentileza de leerla (su disertación) en mi nombre”.

    No pude menos que ponerme a la altura de las circunstancias y de la nobleza del Dr. Tarigo. Antes de leer su disertación, lo califiqué como uno de los “titanes morales” del Uruguay junto a figuras como José Serrato, Dardo Regules, Juan Andrés Ramírez, Óscar Secco Ellauri, Justino Jiménez de Arechaga y muchos otros.

    Culminé mi introducción con las siguientes palabras: “Si hoy Tarigo no se encuentra físicamente entre nosotros es porque está pagando con su ausencia el precio de haber puesto a prueba en su carácter de gerente general del diario El Día los límites de la vigencia del derecho de información en el Uruguay”. Si esa fue una de mis “gárgaras” del pasado en defensa de la libertad de opinión a que se refiere el Sr. Ronzoni, no me arrepiento de ella.

    Respecto al tercer insulto: en las últimas oraciones de la columna el Sr. Ronzoni afirma que yo le pedí al Sr. Danza que “omita su opinión o mienta”. Con esas cinco palabras (en “buen romance”, como él mismo las califica) el Sr. Ronzoni pretende no solo resumir —muy equivocadamente, a mi juicio— el contenido y el propósito de la carta que envié a Búsqueda en su oportunidad, sino que declara públicamente que adolezco de una “enfermedad”: “A la vejez, viruela”. Me temo que, en ese caso, incurriré en el acto poco solidario: el de esperar que de ella se “contagien” muchos de mis conciudadanos.

    Elías Bluth

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