23 de abril. Un anochecer, una víspera. Una multitud se reúne en la explanada de la Intendencia. Banderas tricolores: rojo, azul, naranja. En el suelo, cajas con una suerte de candelas: botellas con velas metidas en arena. Cada uno toma la suya.
23 de abril. Un anochecer, una víspera. Una multitud se reúne en la explanada de la Intendencia. Banderas tricolores: rojo, azul, naranja. En el suelo, cajas con una suerte de candelas: botellas con velas metidas en arena. Cada uno toma la suya.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSe forma la marcha. Unos jóvenes exclaman: ¡en primera fila los niños! Se ven muchos carteles. Una cifra se repite una y otra vez: 1.500.000. Un millón y medio de muertos reclaman justicia.
Miro la pantalla del IMPO. Desde allí se difunde habitualmente la agenda de derechos del gobierno, aunque también se transmiten partidos de fútbol de Uruguay. Esta vez no se han tomado el trabajo de emitir algo alusivo a lo que sucede allí delante.

Una multitud congregada está esperando para marchar y exigirle a Turquía el reconocimiento del genocidio: la planificación de la destrucción de la nación armenia cometida entre 1915 y 1923.
No solo a Turquía. Si se lee la lista de países que han reconocido este genocidio, el primero del siglo XX, el que pautó la senda a otros genocidas, no se da crédito a los ojos. Somos muy pocos los países que exigimos reconocimiento y justicia por ese millón y medio de torturados y asesinados que deambularon por el desierto con sus niños y ancianos.
Uruguay fue el primero en declararlo. ¡Qué tiempos aquellos! El 24 de abril se cumplieron 100 años de barbarie turca y 50 de civilización uruguaya. Lo que tantos armenios que recalaron en Uruguay contaban, lo que vieron y sufrieron los sobrevivientes que huyeron a países como este, aquí se escuchó. Los perpetradores debían pedir perdón y la Humanidad debía buscar justicia. Y el Parlamento uruguayo lo dijo.
¡Qué tiempos aquellos! Los intereses geopolíticos tenían menos peso que grandes pensadores como Martínez Moreno.
La semana pasada, en el puerto, cerca de mi casa, un montón de terneros eran metidos en barcos para enviar a Turquía. Muy buen negocio. En verdad, reconocer que los turcos masacraron varios pueblos no impide a Turquía comer buena carne.
Pero los estados tienen miedo de que Erdogan se enoje como con el Papa.
Cuando estuve hace tiempo en Grecia, en Creta, cada vez que entraba a un antiguo monasterio veía una placa donde se recordaban los “500” griegos que fueron metidos allí para ser asesinados por el ocupante.
En Cinemateca, vi un film sobre la guerra sucia contra los kurdos a finales del siglo XX: miles de desaparecidos en manos de los turcos. Y otro, durísimo, sobre los griegos expulsados de Turquía a principios del siglo XX. A veces el dolor inspira a las musas.
Curiosamente, esa noche del 23 de abril también miles de compatriotas estaban prendidos del televisor viendo un súper novelón turco que bate los ratings.
A la mañana siguiente, fui a tratarme una tendinitis. Las fisioterapeutas de mi sociedad se pasaron entre las blancas cortinas comentando lo emitido la noche anterior. El novelón les generaba una auténtica pasión.
Qué hermosas las turcas. ¡Y el peladito!
Entre los electrodos, yo guardaba silencio.